MARA HERRERO
Oviedo, M. S. MARQUÉS
«Cuando había vaqueiros de alzada, la sociedad los despreciaba y marginaba; ahora, que ya no hay, la misma sociedad representa y comercializa aquellas ideas morbosas que resultan más atractivas que explicar por qué se ha ido diluyendo la identidad vaqueira». Los vaqueiros de alzada de los concejos de Somiedo, Salas y Belmonte son desde hace más de treinta años centro de atención del antropólogo Adolfo García Martínez, autor de un estudio histórico-antropológico titulado «Los vaqueiros de alzada de Asturias», en el que trata de desmontar viejas teorías y arrojar luz sobre el origen, la forma de vida y las razones de la marginación de este grupo étnico.
García Martínez presenta ahora una nueva edición revisada del trabajo publicado en 1988. En ella analiza los estudios que sobre el grupo vaqueiro se han desarrollado en los últimos veinte años. Revisa a su vez algunas de sus propias creencias y los matices que ve adecuado introducir en la actualidad. Con la autoridad de quien lleva media vida dedicado a esta investigación, hace una apuesta por una necesaria terminología para los diferentes tipos de brañas, que debería basarse en aspectos como la ubicación, el tiempo de ocupación, la propiedad y organización del espacio y la construcción, entre otros.
En Asturias se puede hablar de tres tipo de brañas: estivales, equinocciales y de los vaqueiros. Son estas últimas precisamente las sometidas a estudio. Las brañas vaqueiras son pueblos o aldeas que se ocupan durante gran parte del año. García Martínez las describe en posesión de «tierras de labor, prados de guadaña y pastos colectivos propiedad pro indiviso de los vecinos de la parroquia». Estas brañas suelen tener escuela, capilla y hasta iglesia y cementerio.
No hay duda de que la trashumancia del vaqueiro de alzada se debe a la falta de recursos suficientes, ya sea en las brañas de arriba o en las de abajo, aunque para ellos el lugar principal es siempre el de arriba, quedando el de abajo en un mero refugio invernal. Sin embargo, a mediados del siglo XX se da un proceso de sedentarización en las brañas de abajo, lo que contrasta con lo que viene ocurriendo en la última década, cuando algunas familias optan por permanecer en las brañas de arriba. Un ejemplo es lo que sucede en El Puerto, lugar elegido por algunos vecinos para pasar el invierno por la calidad de los pastos, la extensión de terrenos y la mejora de las comunicaciones.
Una de las teorías más arraigadas en relación con el grupo es la que se refiere a la endogamia de los vaqueiros. Hoy, sin embargo, las cosas se ven con otra óptica y se considera demasiado arriesgado dar crédito a historias arcaicas a pesar de que se ha comprobado que en algunas brañas se practicó una estricta endogamia hasta mediados del siglo pasado. Las bodas entre vaqueiros de la misma o distintas brañas era lo más habitual.
Esta vinculación tenía cierta relación con el hecho de ser los protagonistas miembros de un grupo marginado y minoritario que se veían obligados a crear redes de relaciones internas. Para ellos, la endogamia es un medio para defender y conservar unos bienes colectivos no muy abundantes y necesarios para la supervivencia del grupo. Cerrando el círculo entre sí evitan tener que compartir con otros el derecho a la explotación de los recursos. En una palabra, el matrimonio era para los vaqueiros una estrategia para proteger sus bienes.
García Martínez lamenta en un extenso prólogo que abre el libro que permanezcan en pie en la actualidad los viejos tópicos raciales a la hora de hacer referencia al origen de este grupo étnico.
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