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A mis noventa con retrovisor (y VII)

La vida intensa de la gente libre

n Alistamiento y final de la contienda

 
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La vida intensa de la gente libre
La vida intensa de la gente libre  
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TADEUSZ MALINOWSKI Dejamos Taskent cuando nos destinaron al koljoz «Molotov», alejado siete kilómetros de esa capital. Nos tocó la recogida de algodón, de la que, salvo por el capataz, sólo se ocupaban mujeres. Aquel hombre vestía una chaqueta negra de cuero y empuñaba un látigo, que usó cuando una muchacha uzbeca metió en el saco de mi hermana un puñado de algodón que extrajo del suyo para ayudarla a lidiar con la famosa norma de rendimiento por operario.

Nos encontramos ahí con gente singularmente amable. Incluso comencé a aprender uzbeco: «man non miejorán» («yo como pan»), «man rafta pajta miéchegan» («mañana recogeré algodón»)?

Llegamos a aquel lugar al atardecer. Una vez cumplidas las formalidades iniciales -entre ellas, la asignación de nuestra futura residencia; nos tocó en una escuela, donde acomodamos los bancos para utilizarlos como camas-, unos uzbecos ancianos se llevaron aparte a mi papá para charlar con él.

En esa y otras ocasiones notamos un hecho que se reflejaría posteriormente en la literatura: en Uzbekistán los interlocutores que intervenían en tales conversaciones privadas eran invariablemente ancianos. Sin duda, porque, como ya no trabajaban, se hallaban a salvo del control de los politruk -dirigentes y a la vez confidentes políticos-, así como de las posibles represalias. Además, eran ellos los guardianes de su cultura, más antigua que el mismo Estado ruso.

En aquella ocasión, pues, le preguntaron a mi padre si creía en Dios. Cuando contestó que sí, varios le abordaron a la vez: «¿Dónde está?», «¿dónde está?». En respuesta, recibieron un gesto que señalaba hacia el cielo estrellado -«ahí»- y luego hacia el corazón -«? y aquí»-. Entonces, entre sonrisas y palmadas de aprobación, se abalanzaron sobre él para abrazarle.

Mi hermana hizo buenas migas con las muchachas de su edad. Incluso la invitaban a cenar. Contaba que antes de llevarse la comida a la boca parecían rezar, añadiendo algo como «oplokbar» mientras alzaban hacia arriba las palmas extendidas, en un gesto de claro agradecimiento.

Pasaron dos semanas y nos devolvieron a la estación: porque la Policía -la NKVD- nos había denegado el permiso de trabajo.

Otra vez, días y noches de tren, piojos, falta de comida. Era noviembre. Paramos en la estación Kizil Tiepo, en la zona de Kagán (Bujara), con destino al koljoz «Stalin», en el que tampoco paramos mucho tiempo. No obstante, aquel descanso nos fue útil.

Era domingo. Papá y yo aprovechamos la ocasión y, apartándonos del resto, nos sentamos a la orilla de un ancho canal de riego; sacando buen partido del sol de noviembre, nos dedicamos a sacar piojos de entre las costuras de nuestras ropas.

De nuevo en viaje, ahora más largo y en dirección al Norte. Abandonamos Uzbekistán y nos adentramos en Kazajstán.

Nos apeamos en Akyr Tiube, a mitad del camino entre Dzambul y Lugavoi, y fuimos destinados al koljoz «Teren Uziek», a unos 3 kilómetros de la estación. Nos acompañaban otras 167 personas, todas con la ciudadanía polaca, aunque el grupo incluía familias de otras nacionalidades.

Las mujeres y los mayores, junto con las pertenencias, fueron transportados en carros tirados por camellos que más tarde me tocaría utilizar, aunque en aquella ocasión, como varón y joven, tuve que ir a pie. Resultó una dura prueba a causa del agotamiento debido a la prolongada carencia de alimento. Cada cierto trecho me sentaba a la vera del camino para recuperar el aliento y esperar a que cesara el aleteo del corazón.

En esta oportunidad nos tocó una localidad bastante grande, con suficientes casas vacías para alojarnos a todos en las mismas condiciones que los pobladores. Pronto nos hicimos a las costumbres del lugar, lo que resultaba imprescindible dado que recibíamos el trigo en grano, debiendo conseguir muelas de piedra, manuales y otros enseres para hacer harina. A pesar de estas dificultades, ahí ya fue posible una vida mínimamente normal.

Salvo mi mamá, que atendía la casa, trabajamos todos. Mi hermana fue designada como una especie de enfermera y asistente social al mismo tiempo. Como yo era practicante, además de zapatero, le di un cursillo de enfermería y ella se desempeñó satisfactoriamente. Muy pronto se ganó hasta tal punto el respeto y la simpatía de los kazajos que uno de ellos quiso comprársela a su hijo como esposa. Ofrecía por ella un saco de trigo, una oveja y 400 rublos. Nunca llegó a comprender las razones de la negativa. Convencido de que mi papá había rechazado su oferta por insuficiente, se lamentaba de no haber sido capaz de ofrecerle más.

Llegó un duro invierno continental con temperaturas bajo cero, nevadas y vientos tan poderosos que la mitad del agua de los cubos que yo acarreaba desde el pozo, alejado apenas unos cincuenta metros de la cabaña, se derramaba por el camino.

En enero de 1942, papá, capitán del Ejército polaco en reserva, entró nuevamente en el servicio activo. Fue en la cercana Lugavoi, donde el general Anders organizaba la Décima División polaca. En febrero me alisté también yo. Como estudiante de Medicina fui destinado a la unidad sanitaria, ya que había allí un hospital militar polaco.

Todos los días los zapadores enterraban entre tres y diez difuntos: invariablemente, se trataba de víctimas de la fiebre tifoidea, transmitida por los piojos. Los organismos debilitados por aquellas condiciones no resistían las prologadas fiebres producidas por esta dolencia. Nosotros nos salvamos de enfermar porque unos meses antes de la deportación hubo en Wilno un amago de epidemia de esta terrible enfermedad y fuimos vacunados.

En marzo de aquel inolvidable año 1942, empezó el traslado de nuestras tropas al Oriente Próximo, por tren hasta el puerto de Krasnovodsk para luego atravesar en buque el mar Caspio.

Al desembarcar en un pequeño puerto persa, Pahlavi, no me cansaba de observar la intensa vida de la gente libre. El contraste entre aquel espectáculo y la realidad soviética rusa, más trágica que grotesca, resultaba violento.

Un año después, mis padres y mi hermana siguieron el mismo camino: en uno de los últimos transportes polacos pusieron rumbo hacia la normalidad.

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