ALFONSO LÓPEZ ALFONSO A. L. A. A. L. A.
América, América. Alrededor de mi casa todo es América. Temprano salgo a la calle, cruzo un puente y siguiendo las vías del tren llego a un centro comercial con John Fante en la cabeza: «Avanzaba dando puntapiés a la espesa capa de nieve. Hombre asqueado a la vista». Está nevando, no cuaja pero nieva. América. La artificiosidad decorativa del interior del centro comercial recuerda a América.
América, América. Alrededor de mi casa todo es América. Salgo temprano a la calle, cruzo un paso de cebra, camino por una avenida muy ancha, como esas de los suburbios residenciales de las ciudades que se ven en las películas americanas, donde da la impresión de que hay que coger el coche absolutamente para todo: para ir a por el periódico, para hacer la compra, para pillar marihuana, para todo. Camino y camino en línea recta hasta llegar al supermercado. Lo alcanzo por fin. Justo al lado hay un gran lavadero de coches donde el empleado se entretiene sobando las monedas del cambio que lleva en la riñonera. El supermercado tiene fuera un aparcamiento muy parecido al de Clerks. Todo está quieto, calmo, parece inquebrantable. Soledad, aburrimiento, desolación no siempre son antagonistas de belleza. Quien busque lo bello lo encontrará en cualquier parte. Existe en la calma chicha de las medias mañanas y los mediodías de estos supermercados solitarios. Está en la sonrisa de las cajeras, fingida como los peores orgasmos, en las historias que esconden cada uno de esos uniformes verdes. Esa muchacha, que del mismo modo que se levanta cada día sabiendo que las cosas están jodidas se consuela también pensando que todo cambiará algún día, es la mismísima encarnación del american way of life. Todo está jodido, pero todo puede cambiar, sólo hace falta trabajar en ello. El sueño, ella lo tiene claro, siempre llega tras el esfuerzo. Pero no tras tu esfuerzo ni el mío, muñeca, podría decirle, porque la vida es retorcida e insana, cenicienta como una novela de Charles Bukowski, y muchos días no hay dios quien se acerque el gollete de la botella a los labios para darle un lengüetazo. Ese tipo solitario que mete artículos en el carrito, barba entrecana, espalda ancha, camisa de leñador, cejas pobladas, pelo revuelto, ojos almendrados y muy, muy duros, rodeados de arrugas bajo las que asoman unos pómulos rojizos atravesados por pequeñas venas, podría ser perfectamente Henry Chinaski. Un tipo como ese ha tenido que recorrer cada puticlub de la región. Ha rodado por ahí, cada noche del brazo de una mujer distinta, de borrachera en borrachera, de vomitona en vomitona, de resaca en resaca. Ha vivido lo suyo y podría enseñarnos dos o tres cosas a quienes le rodeamos. Se ha dejado llevar de aquí para allá convencido de que al final del camino sólo hay hombres y mujeres que hacen el amor en moteles de mala muerte. Quizá leyó a Jack Kerouac, pero no pudo imitar su escritura y hace tiempo que dejó de parecerle puro. Ahora se encuentra más cerca de Neal Cassady. Hay mucho más de lo que se «Oye» y también hay mucho más de lo que se «Nombra», piensa. Vamos, pienso yo que piensa.
En «Ni un pelo de tonto» la nieve jugaba un papel importante. Paul Newman era el perdedor más encantador que se recuerda. Si aquí nevara de verdad, al menos sería posible escapar durante unos días, o durante unas horas, de esta espesa grisura. Lo malo no es perder, lo malo es verte perdido, o sentir que has perdido y no levantar cabeza. Se puede perder, pero hay que hacerlo por atrevimiento y con estilo, como Paul Newman en «El buscavidas», como Steve McQueen en «El rey del juego». Lo peor es que normalmente se pierde más bien a lo Ken Loach o a lo Mike Leigh. Al menos Marcelino, que está en la mesa de al lado en esta aséptica cafetería de barrio enchufándose la séptima u octava cerveza, y yo, que le acompaño en el sentimiento, perdemos así. Si se abriera la cámara sobre nosotros el inicio de esta película podría ser muy parecido al de «Lloviendo piedras»: un paisaje de égloga y una furgoneta que circula por una carretera secundaria, pero ¿qué pasa cuando se acerca y vemos el interior de la furgoneta? Allí van dos tipos en paro buscando ovejas que robar para poder seguir tirando. Así no se puede perder. Se parece demasiado a vivir. No se puede perder a lo Rossellini, hay que perder a lo John Sturges o lo John Ford, hay que perder como John Wayne en «Centauros del desierto», vagando, buscando, siempre adelante con la conciencia de que lo que no te mata te hace más fuerte. Si hay que perder, que sea a la americana, que sea a lo John Cassavetes y no a lo Fassbinder. Peter Falk, en «Una mujer bajo la influencia», perdía de puta madre, Colombo parecía un puto contratista nacido para luchar contra lo que se pierde. Si hay que perder, perdamos a lo Jim Jarmusch, con épica silenciosa, soñando con un paraíso que nunca existió.
-¡Tienes miedo! -casi me grita Marcelino desde su mesa, al lado del ventanal.
Pongo cara de no entender un carajo y repite:
-Tienes miedo y por eso has suprimido la esperanza. La esperanza es lo último que se pierde, muchacho.
-Yo no tengo miedo.
-Sí. Tienes miedo. Tienes miedo.
-Vale, Marcelino, pues tengo miedo.
-Claro. Tienes miedo. ¿Por qué tienes miedo?
-No sé, Marcelino, déjame hombre.
-No, venga, ¿por qué tienes miedo? Yo no te voy a hacer nada.
-Ya lo sé, Marcelino, anda, calla un poquitín.
-Vamos, muchacho, ¿por qué tienes miedo?
-No sé? Porque es como en América -contesto al hilo de lo que estaba pensando para quitármelo de encima.
-Qué va home, si tamos en La Corredoria -me espeta.