En la actualidad, no quedan vaqueiros y muchas de las viejas brañas permanecen deshabitadas. Ahora los integrantes de aquellos grupos marginados han pasado a formar parte de los pueblos y aldeas que aún se aferran a su histórico solar. Se puede decir que los habitantes de las brañas de alzada fueron los últimos nómadas y que los elementos más sustanciales de su cultura han ido desapareciendo.
Conocer las peculiaridades de ese grupo supone un concienzudo estudio de investigación y un riguroso trabajo de campo. A ello se dedicó durante más de un lustro Adolfo García Martínez, publicando los resultados en el libro que ahora revisa. Fue precisamente el rigor investigador lo que le obligó a limitar su estudio a tres concejos: Somiedo, Belmonte y Salas, a sabiendas, además, de que otros grupos vaqueiros asentados en otros lugares de la región estaban siendo estudiados por otros expertos.
Su esfuerzo por conocer las raíces y las peculiaridades de los vaqueiros ha servido para ofrecer un amplio catálogo de lo que considera un grupo innovador y revolucionario. Las características de la cultura vaqueira, su organización social y sus relaciones de parentesco, así como su mentalidad son partes de una historia que permiten hacer el retrato de un grupo social que aún hoy es un gran desconocido.
Para el experto, el grupo vaqueiro comienza a perfilarse en el siglo XVI, cuando surgen unas relaciones de oposición entre éste y el resto del campesinado. Este enfrentamiento se apoya en la privatización que los vaqueiros hacen de la tierra a partir de cerramientos y control de los pastos comunales. Así se imponen dos formas distintas de economía rural a la que hay que sumar las suspicacias que levantaba el grupo con sus idas y venidas y sus constantes ausencias. A esta forma de vida nómada, tan distinta a la sedentaria de la mayoría de los campesinos, se une su dedicación a oficios como el de arriero, trajinero y comerciante, actividades que sirvieron para que se le relacionara racial y étnicamente con otros pueblos.
Estos trabajos tanto como su competitividad por los pastos les hace ser siempre mal vistos, dificultando su integración en la comunidad. A ello se unía la gran cantidad de ganado que subían a los pastos, la falta de solidaridad en los pagos de los impuestos concejiles y su ir y venir a través de lugares ocupados por otros agricultores. Todo ello provocó muchas de las fricciones que acabarían con la marginación del vaqueiro. Estos argumentos se irían reforzando después con otros de tipo étnico-racial.
García Martínez descarta que el vaqueiro tuviera un origen racial distinto al del resto de la población asturiana. A su juicio, si fuera así las autoridades civiles y la Iglesia lo habrían publicado. Por contra, todo indica que el vaqueiro de alzada, como grupo diferenciado, es el resultado de una adaptación o de la evolución de unas técnicas de aprovechamiento y de organización de unos espacios.
Junto a la evolución del grupo se desarrolló también la de la vivienda vaqueira. Las primeras construcciones debieron ser una especie de chozos circulares o todo lo más cabañas de planta rectangular con muros de piedra y cubiertos de tapines de escoba. También podían tener algún refugio para el ganado. Con el tiempo se irían haciendo múltiples reformas que dieron lugar a construcciones más complejas con medianiles para separar estancias. Todas las modificaciones y mejoras surgidas a lo largo de los últimos siglos han servido para acercar la vivienda en las dos últimas décadas a la del resto de los pueblos no vaqueiros.
Cada vez es mayor la integración del vaqueiro en la sociedad, la penetración de los bienes de consumo en el mundo rural, el abandono de la trashumancia y la mejora del nivel de vida son los factores que más van a facilitar esta posibilidad.
Otro capítulo que los diferencia es la religión. En el vaqueiro se reduce al ámbito privado, que en cierto modo deja de ser religión por la ausencia de ritos y cultos, mientras se mantiene la brujería y la magia.