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Ricardo Vázquez Prada

En recuerdo de un hombre grande que nos dejó en una noche de Reyes

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Ricardo Vázquez Prada
Ricardo Vázquez Prada  

GERARDO LOMBARDERO Aún sigue presente en la memoria de muchos asturianos. Aquel hombre grande, alto, de mirada socarrona, desdeñoso en el vestir y de palabra precisa, que llevaba todavía grabada en la frente la huella de una militancia ideológica inasequible al desaliento, pero abierta al futuro y sus consecuencias. Dirigía el diario «Región» -hoy extinto-, aunque también amaba la radio como un medio vivo y vivaz, hasta el punto de sacar tiempo como fuese para acudir a su cita de Radio Asturias, junto a otro periodista que también dejó su afable huella en Oviedo: Julio Ruymal.

Yo llegué por la redacción una mañana de primavera, con una carpeta azul bajo el brazo y la ingenua pretensión de publicar allí algún puñado de versos que traía preparados. Corría el año 1969 y recuerdo que, en un pequeño cubículo, tras una mesa de trabajo, me recibió Mercedes Cabal Valero a quien nunca olvidaré. Fíjense ustedes: un poeta bisoño, un joven de 18 años que pretendía iniciar una andadura casi imposible. Pues puedo asegurarles que ella no desdeñó nada de lo que le dije. Es más, tendió la mano, ese gesto amistoso que siempre espera como un buen augurio aquel que va a pedir algo, y leyó algunos de los poemas con atención y cierto detenimiento. Nunca agradeceré tanto un gesto tan humano como aquél.

Desde luego que no conseguí publicar mis balbuceantes versos, pero la generosidad de aquella dama que llevaba sobre sus espaldas «Ecos de sociedad», le impidió dejarme marchar por donde había venido sin una compensación posible, y ésta fue una entrevista para su sección que me hizo al momento. Toda una página entera para quien sólo hubiera pedido una pequeña esquina del periódico. Y fue en ese momento, mientras trataba de responder a sus preguntas con toda la coherencia posible de mi juventud primera, cuando a mis espaldas hizo presencia el gigante que llevo hoy en mi memoria, que no era otro que don Ricardo Vázquez Prada, Ricardo para siempre. Comoquiera que fuese, pues los hechos exactos ya no los puedo recordar con precisión, salí a la calle más tarde, con la entrevista que se publicaría al día siguiente, un apretón de manos del director y su promesa de que me publicaría algunos artículos que yo debía enviarle. Hay hechos que marcan una vida desde sus comienzos, pero recordemos que, detrás de cada hecho, si es para bien, siempre hay una persona generosa.

Hoy guardo todos los artículos que publiqué en el diario, en envejecidas carpetas, como el papel soporte en el que fueron impresos. Papel endeble, amarilleado por el tiempo y de una tipografía imposible y desconcertante para los días que actualmente vivimos. Hace poco menos de un mes, recibí una llamada en la que me solicitaban la copia de una reseña publicada en «Región», para una tesis doctoral que está elaborando un licenciado en Arte. Logré encontrarla, pues los tengo guardados sin organización alguna, y me di cuenta de que entre el color sepia que habían adquirido, las líneas ondulantes del texto y mi mala vista, era una tarea complicada para el peticionario reproducirla. No obstante, dado el paso del tiempo, consideró que la aportación le vendría de perlas como vulgarmente se dice. Hay una anécdota del gran maestro que fue, que no olvidaré nunca tampoco. Ocurrió tres años después, cuando una de mis primigenias novelitas quedó finalista en el desaparecido premio «Ciudad de Oviedo». Contaba en ella la historia de un anarquista en el frente de guerra asturiano. Por supuesto, ante mis primeros intentos de que fuese publicada -dejando aparte la calidad dudosa de la misma-, la primera respuesta que obtenía era que, al tratarse de un rojo, no sería posible bajo ningún concepto. Enterado Ricardo de este extremo, me pidió el original, que leyó en un par de días, dándome una conclusión desconcertante y aleccionadora a la vez: «¿Qué les pasa?, ¿es que no hubo anarquistas en España cuando la guerra?»

Han pasado muchos años desde entonces, pero estos días me han recordado al gran Vázquez Prada. Él, como Dolores Medio, novelista ovetense de su tiempo, quiso que la mágica noche de Reyes fuera determinante en su vida, como lo fue para la escritora de aquí. Ella publicó una novela sobre esa noche en la que todos los pequeños -y algunos mayores- esperan con deleite, y Ricardo la escogió para esperar en la cama, con un pequeño transistor en su pecho mientras escuchaba su emisora preferida, la llegada de la última visita y la más inesperada: la Parca. Se lo llevó subrepticiamente en medio de su duermevela sin lamento alguno, a pesar de que su gran humanidad -en todos los sentidos- hubiera podido meter mucho ruido.

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