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Año de nieves...

El frío purificador alivia la tierra de parásitos y limpia el ambiente

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MANUEL GARCÍA LINARES Alfonso Daudet escribía cartas desde su molino provenzal, yo quiero escribir esta carta desde mi ventana, en una buhardilla asturiana, al lado de la chimenea y contemplando cómo caen los copos de nieve sobre Zardaín o sobre una vieja y maravillosa panera que se va desmoronando, sin que a nadie le importe, al ritmo que se va desmoronando una gran parte de nuestra sociedad en la que, antes de la crisis, nos habíamos sentido como nuevos ricos.

Año de nieves, año de bienes -dice el refrán popular- ,y a mí me gustan los refranes populares porque son la esencia de la filosofía y la cultura de un pueblo. Lástima que a pesar del envejecimiento de la población nos queden ya pocos viejos con ganas de filosofar, como aquellos que al lado de la estufa del «chigre», o en el escaño de la tsariega te aconsejaban (herencia posible de aquellos sabios de los «consejos de ancianos») y desde su experiencia te hablaban de la naturaleza, de su utilización como autosuficiencia y de su conservación (no desde el ecologismo de café) sino de su uso cotidiano.

Contemplo la caída de grandes copos que van formando un manto inmaculado sobre los tejados de pizarra mientras dejan pasar el humo grisáceo que sale de la chimenea de una cocina de leña, en donde seguro que están preparando un pote de berzas que a las doce del mediodía, disfrutarán sus moradores con el placer de saborearlo, a la vez que adquieren las calorías necesarias para afrontar las bajas temperaturas. Veo los árboles, a la orilla del río, con sus brazos desnudos extendidos con manos gigantes, que juegan con la nieve que se va posando sobre ellos formando una postal navideña, al igual que los pinos y abetos de la ladera, nos hacen recordar un paisaje alpino. Veo pasar una garza con vuelo cansino y reposado, quizá porque no encuentra refugio o alimento, un vuelo similar al que ya están iniciando muchas familias que se acercan a los comedores o albergues de caridad, desorientadas por las bajas temperaturas de un invierno crudo y una economía en precariedad.

Lo bueno de la nieve, siempre lo digo, es que lo purifica todo; alimenta la tierra en reposo acabando con los parásitos y regenera el ambiente limpiándolo de molestos microbios; pero sobre todo me gusta la nieve porque lo vuelve todo inmaculado; es como una gran alfombra que oculta nuestra basura y, con un poco de suerte, nuestros defectos.

Me gustaría, de verdad, que esta nieve que cae nos hiciera recapacitar para ver la maravilla de naturaleza que tenemos, que volvamos los ojos hacia ella respetándola y aprovechando todos los recursos que nos ofrece gratuitamente, olvidándonos de demagogias baratas y de opulentas reuniones sobre cambios climáticos; que la crisis sea, de verdad, depurativa, y que descubramos nuevamente la tierra que hace germinar la semilla del grano que nos alimenta, o los brotes verdes que las vacas transforman en riqueza láctea; que los brotes verdes sean cosechados y contemplados por los campesinos, no por los demagogos o políticos vacíos de contenido que centran su cosecha de brotes verdes en «la caridad» de unos fondos públicos que emanan del cuerno de la abundancia estatal.

Hace un par de días llegaron los Reyes Magos de Oriente a mi pueblo, en una penosa situación de precariedad. Según comentarios, llegaron procedentes de la capital del concejo de Tineo, en donde abandonaron los camellos, por su alto coste, y al resto del municipio, quizás por la nieve (los camellos son para el desierto, al igual que las bicicletas son para el verano) llegaron a pie -con la ayuda de algunos vecinos- porque ni siquiera encontraron aquellos caballos vaqueiros que antaño tanto colaboraron. También para esto es bueno el manto de nieve, para ocultar nuestras vergüenzas y nuestras desidias o para ocultar cómo derrochamos -quizá por abundancia- no solamente dineros públicos, sino también alimentos, turrones y pasteles, en un alarde de grandonismo navideño, mientras algunas familias buscan en los contenedores algo para llevarse a la mesa familiar; se diría que esto es «vicio», si no fuese porque esta palabra ya ha caído en desuso.

Salen unos tímidos rayos de sol; se cubre de nuevo el cielo con espesos nubarrones que ensombrecen el recién nacido año 2010, caen de nuevo los copos mientras el «tordo y el papietso» buscan refugio sin dejar de trinar; esperemos que la nieve sea, de verdad, un buen augurio.

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