ALBERTO CARLOS POLLEDO ARIAS
Nada más lejos de mis intenciones que entrar en esa discusión perenne del tiempo y sus consecuencias inmediatas; cierres de autopistas y carreteras, retraso de trenes, aviones y autobuses, accidentes de automóvil, resbalones, caídas, nalgazos, trompicones, roturas de huesos y, por qué no, también algún bolazo de nieve que, a intención o por pasar cerca de donde se está produciendo una guerra incruenta, ponga a prueba nuestro buen humor. La culpa de todos estos males, para el habitante de las ciudades, siempre es de «Papá Estado» por no hacer bien los deberes, anticipándose a los embates y turbulencias de la naturaleza, que, para qué engañarnos, está muy por encima de las miserias del hombre, y cuando se enfada de verdad y se suelta la melena no hay quitanieves que dulcifique los meteoros correspondientes: lo único que hay que esperar es que escampe, que, por otra parte, es lo que hacen los vecinos de Ibias, Quirós, Ponga o cualquier otro pueblo de montaña. Ellos, en este aspecto, son más inteligentes y previsores; la matanza está a punto; el congelador, a tope de víveres, leña en cantidad, hierba para el ganado en la tenada y paciencia, mucha, para ver pasar los días sin sobresaltos.
Por eso, cuando prensa y radio anunciaron a bombo y platillo la dureza de esta última invernada y las recomendaciones pertinentes de dejar el coche en casa, como en Oviedo tenemos la gran suerte de tener el monte Naranco a tiro de piedra, como quien dice, a la vuelta de la esquina, no con las primeras luces aunque todavía temprano, emprendí un recorrido que, sin nieve y por las agresiones continuas que sufre su fisonomía -canteras, torres de alta tensión, construcciones anárquicas y chabolas- siempre me deprime. No en este caso, porque el níveo manto, además de ser bellísimo, oculta todas las miserias.
No voy a detallar el camino porque, ¿quién de los ovetenses no lo conoce?, que alce la mano el que no haya subido jamás hasta el Picu Paisano. Ya lo está viendo, nadie hace el ademán de elevarla, y es que todos los carbayones estamos hartos de ascender hasta él y, aunque no lo defendamos, más que orgullosos de vivir a su sombra. Sí me apetece, iba a decir, abandonar la ciudad por Los Pilares y la cercanía de la iglesia de San Pedro de los Arcos, y eso es imposible porque lo que resta del antiguo acueducto -su demolición fue una barbaridad tan grande como el derribo del noble Carbayón-, seis pilares tan ocultos por losa y edificios que es difícil llegar hasta ellos. El templo citado quedó disimulado con el crecimiento espacial de la ciudad y el encuentro con la sierra se retrasa hasta las inmediaciones de El Mirador, lugar en el que la panorámica revela, cuando la niebla lo permite y no reposa sobre sus tejados, los entresijos callejeros de una ciudad que a estas horas parece dormida; tan sólo el carillón de Cajastur y el repiqueteo en alguna iglesia del casco antiguo intentan espabilarla. La nieve, aún sin mancillar, envuelve espesa las dos plantas del antiguo pabellón de caza y salón palaciego del Rey Ramiro, convertida más tarde en iglesia de Santa María. Unos metros más arriba, para qué decirlo, llegamos al lugar mágico de San Miguel de Lillo: sus proporciones maravillosas ensamblan un juego imposible de planos y ángulos que crean un edificio arquitectónico inigualable; su diseño, al igual que el de la Cruz de los Ángeles, seguro que fue ideado por un espíritu celestial. De él afirmaba la crónica Silense «ser voz común entre cuantos la visitaban, no haber visto cosa igual en hermosura». Después de haber soportado con excelsa dignidad y durante tantos siglos las inclemencias del tiempo, parece que a los organismos encargados de velar por su conservación poco o nada les interesa el templo; quizás lo consideren una antigualla. Esto me recuerda, ya hace años, la invitación que me hizo un amigo a conocer su nueva residencia: un palacio en cuyo recinto aún se conserva una torre circular probablemente edificada en el siglo XIII. Sabedor de que sus muros guardaban una antigua y excelente biblioteca, además de una notable colección de documentos que comenzaba en el siglo XV, concluida la sobremesa le pedí conocer ambas joyas. Cuál sería mi sorpresa cuando me respondió que todo lo viejo, libros y archivo, lo había tirado a la pila de estiércol del ganado. Quien quiera, que saque la moraleja, porque las humedades de su fachada norte y la gran charca que se forma ante la entrada amenazan pinturas, estructura y futuro de San Miguel de Lillo. Eso sí, para lavarle la cara podaron árboles, helechos y espinos que enraizaban en su pared, algo es algo.
No sé cuánto durará, pero, a pesar del día de perros que representó la gran nevada, el sol inicia tímidos escarceos para abrirse paso entre renegridas y espesas nubes. Claro, que el mal tiempo no arredra a los amantes del deporte en la naturaleza; sufridos ciclistas en mountain bike, senderistas y corredores de fondo comienzan a llegar a las inmediaciones, mientras unos adolescentes disfrutan sobre trineos. También lo hacen recalcitrantes automovilistas que, a pesar de estar prohibido el paso desde el cruce que se dirige a Ules, se empeñan a toda costa en no mancharse los zapatos para hacer media docena de fotografías desde la ventanilla del coche, aunque para ello pongan en riesgo la integridad física de los viandantes y la carrocería de su automóvil.
Cuando sobrepaso la fuente de los Pastores el sol luce su mejor uniforme, a la vez que se abre una vista sobresaliente de la sierra del Aramo: en primera fila, tras los humos de la central térmica de Soto de Ribera, la mole divina del Monsacro, que vestida de blanca etiqueta disimula las horribles torres de alta tensión que cabalgan sobre su cumbre; tras ella, un rosario de cumbres crecidas en tierras de Riosa y Morcín, entre las que destacan Gamoniteiru, Gamonal y Mostayal. A su alrededor asoman montes de Proaza, Yernes y Tameza, Grado, Quirós? unos, romos y modestos; otros se yerguen altivos cuando se acercan a la cordillera Cantábrica.
Un trueno cercano celebra mi llegada al canto de la sierra y un embate de nieve y viento me envuelve cuando estoy contemplando, en la base de la estatua del Corazón de Jesús, la réplica a gran escala de la Cruz de la Victoria, realizada por el artista ovetense Rafael Urrusti. Se acabó lo bueno, es la una del mediodía y las nubes desterraron el paisaje. No a tientas, pero casi, paso al lado del Campo de la Reina y voy al encuentro de la carretera; la niebla, magnánima, oculta las canteras y sus nefastas cicatrices cuando transito por encima de ellas. Más abajo, a la altura de la parrilla Buenos Aires, un conductor que no respetó el cierre de calzada pugna con grandes acelerones por sacar entre el hielo un gran BMW, mientras todos los que ascendimos a pie o en bicicleta gozamos de una gran jornada.
Hasta Oviedo, todo cuesta abajo, mientras la nieve se acomoda sobre nuestra silueta, imitando un bello muñeco con nariz de zanahoria, bufanda al cuello, pipa entre los labios y botones de frac que un artista anónimo esculpió sobre la acera. Quiero creer que un soplo celestial va a darle vida de un momento a otro. Quizás mientras tomamos un caldín en El Mirador, El Descanso, Casa Lobato o cualquier otro haya cogido las de Villadiego.