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Hoces del Esva, monumento natural

Recorrido por el valle de Paredes, un gran desconocido

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Hoces del Esva, monumento natural
Hoces del Esva, monumento natural  
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ALBERTO CARLOS POLLEDO ARIAS Posiblemente el valle de Paredes, a pesar de haber sido denominado «Pueblo ejemplar» en 2001, sea un gran desconocido para muchos asturianos. Para acceder a él desde la zona central de Asturias, nos dirigimos por la carretera de La Espina (N-634) hasta el pueblo de Brieves, bañado por los ríos Llorín y Esva, en el que contemplamos la torre de los Avello, del siglo XVI, después de haber girado a la izquierda en dirección a Paredes por la AS-221. Atravesamos Rellón de Merás -qué pena que haya desaparecido de este lugar la lápida romana dedicada a Júpiter, utilizada en una cuadra como dintel, hallada y perdida en el siglo XIX-, solar de la familia Merás, además de diversos y preciosos caseríos asentados entre fértiles praderas, acompañados siempre por el rumor de ríos y regueros que circulan por doquier, antes de llegar a San Pedro de Paredes. Nueve kilómetros de amena y sombreada calzada, entre pinos y eucaliptos, a veces encajonada entre prietas laderas, hasta dar vista al pueblo y su hermosa vega. En primera fila destacan torre y campanario de la iglesia parroquial de San Pedro, construida en el siglo XVIII. Curioso es el Cristo articulado que se oculta en el banco del altar mayor, que tan sólo se puede contemplar durante la procesión de Viernes Santo, y el pequeño dolmen megalítico hallado en la aldea, lugar que, por cierto, tiene unos hórreos notables, con la particularidad de que el acceso a alguno de ellos se hace a través de un arco que sale directo del edificio principal.

Tengo suerte porque nada más posarme del coche me adopta un cachorro del que no logro averiguar su raza, pero que no me abandona hasta llegar de nuevo a él. Por lo que me cuentan allí heredó esa costumbre de su progenitor, que también acompañaba en la excursión a cualquier senderista. Perros viajeros con vocación de lazarillos.

Entre la iglesia y el cementerio parte el camino por el que antiguamente se trasladaban los vaqueiros de Valdés, con familia, aperos y ganado, a las brañas de verano de Cangas del Narcea, Somiedo y Tineo. Nada más atravesar el puente sobre el río Esva nos desviamos a la derecha para comenzar la excursión por una caleya bien empinada, empedrada en muchos sitios y en regular estado de conservación. Unos pocos cientos de metros y, sobre ella, observamos una construcción circular de piedra denominada «cortino», bastante común en el occidente astur, destinada a proteger del ataque de los animales -principalmente del oso, aunque no es el caso en esta zona- las colmenas que guarda en su interior. Panales que se ven también en otras partes del monte, siempre protegidas de los vientos; no hay duda de que la miel es una pequeña ayuda a la economía familiar por estas latitudes. Vale la pena probarla y comprarla.

Siempre ascendiendo, no hay que olvidar que partimos de una altitud de 155 m en Paredes, hasta alcanzar los 400 m en Adrao en corto recorrido. El río, desde esta altura, es una cinta de plata que juega al escondite entre la fronda y que a veces brilla ufana en la profundidad del desfiladero, entre tanto acaricia el monte circular e inconfundible de La Granda que, debido a nuestro encumbramiento, ya no puede ocultar sino que se integra en primer término, en una panorámica espectacular por tierras de Tineo, Navia y Valdés.

Ya en el alto, va siendo hora de reponer energías y compartir el almuerzo con mi acompañante improvisado, mientras contemplamos las construcciones de Adrao, poblado vaqueiro de invierno, con el «forno» de cocer el pan adosado a la casa, la cuadra en la planta baja y sobre ella la vivienda. Escasos habitantes tiene, aunque en alguna casa se ve ropa tendida. En la Edad Moderna los vecinos de Adrao, como pago de parte del foro, tenían que suministrar a los propietarios del solar de Merás todas las cucharas de palo que necesitaran a lo largo del año.

El camino, perfectamente señalizado como PR-AS 1, nos lleva, primero por llano y más tarde en vertiginoso descenso -¡cuidado con los resbalones!-, a través de monte Reilloso entre rebollos y castaños principalmente, hasta toparnos con un desvío a la izquierda que a media ladera nos trasladaría a Calleras. Proseguimos el descenso por el monte Cabanón hasta otro cruce. El de la izquierda, cercano al lecho del río, también nos llevaría hasta el embalse, ya en tierras de Tineo. Por allí cerca, en Ese de Calleras, se juntan los ríos Navelgas y Bárcena dando lugar al Esva, que, después de sobrepasar un profundo barranco de cerca de 200 m de desnivel y atravesar el Paisaje Protegido de la Cuenca del Esva y el Monumento Natural de las Hoces del Esva, en los que traza maravillosos meandros, aposenta su caudal. Después de fusionarse en Brieves con el río Llourín pasa a denominarse Canero.

En este último cruce divisamos a la derecha, en un cortado sobre el río, la cabaña El Almacén, que se encuentra sin puerta pero con sólida techumbre, en caso de aguacero sirve para cobijarse. Al otro lado del camino hay una mesa con bancos ideal para degustar el bocata; lo malo es que a su vera tropezamos las huellas horribles de la civilización hecha realidad en chatarra azul de automóvil, que algún cafre abandonó en este entorno protegido y que nadie fue capaz de retirar. Un poco más adelante está el desvío a la antigua central de Electra del Esva, a la que le llegaba el agua necesaria para impulsar las dos turbinas, desde El Banzao, por un túnel de unos 300 m.

Siempre acompañado del cachorro, espero que no se llame «Arturo» o algo parecido, llegamos a Bustiello de Paredes. El río se ensancha y vemos junto al puente lo que, si hubiera salmones, sería un excelente pozo. Como no los hay nos dirigimos hasta el aula didáctica que se encuentra en la otra orilla. Pasamos al lado del bar Casa Suco y tomamos la carreterita, prácticamente sin tráfico, que nos aúpa al país de los naranjos: Longrey; destaca el colorido de sus frutos por todos los rincones entre edificios cuidados y notables hórreos y paneras. Dos kilómetros entre feraces praderías que nos acercan al punto de partida después de, sin prisa, unas cuatro horas.

Aquí, en Paredes, en el bar-tienda Casa Obispo, hace muchos años coincidí en el comedor con don Severo Ochoa. Es un chigre delicioso, en el que para enterarse de los avatares del pueblo y contemplar una partida al tute de las de antes hay que comer en el bar. Un pote de berzas sensacional, unas patatas guisadas con costillas de cerdo exquisitas, lomo, chosco, postres caseros? M.ª de los Ángeles, la cocinera, se encarga de que todo esté en su punto.

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