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Paisaje con realismo «de buena ley»

Esteve Botey, fascinación por Cudillero

El pintor obtuvo el Premio Nacional de Grabado en 1944 por una serie de seis litografías con el nombre de la villa pixueta

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Esteve Botey, fascinación por Cudillero
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RODRIGO VÁZQUEZ DE PRADA Y GRANDE El bellísimo pueblo pesquero de Cudillero, con sus casas escalonadas en las laderas de los montes, formando un singular y hermoso anfiteatro, fue uno de los paisajes asturianos que, junto a la desembocadura del Nalón y los Picos de Europa, fascinaron a los pintores de otras tierras españolas en los años finiseculares del siglo XIX y primera mitad del XX.

En aquellos últimos años del XIX, plasmaron Cudillero en sus lienzos, tablas, cartulinas y planchas de cobre o de cinc, entre otros, el pintor y grabador cántabro Tomás Campuzano, integrante de la «Colonia artística de Muros», formada entre 1884 y 1890, autor de dos óleos sobre lienzo, dos grabados y varias tablitas con escenas de pescadores al comienzo del muelle del Oeste; el valenciano Salvador Martínez Cubells, al que se debe el traslado a lienzo de las célebres «pinturas negras» de Goya, que pintó varios cuadros con gentes «pixuetas» en el mercado; su hijo Enrique Martínez-Cubells, que plasmó grupos de pescadores en sus barcas; el conquense Manuel Domínguez, que pintó rincones típicos en alguna de sus visitas a sus amigos de la «Colonia»; entre otros, una deliciosa calle de Riofrío, datada en 1887, o en sus viajes a El Pito, de 1891 a 1893, para colocar en techos del palacio de los Selgas los lienzos decorativos que no pudo llegar a realizar Casto Plasencia, muerto en 1890; y el madrileño Eduardo Chicharro, discípulo suyo, del que se conserva un magnífico lienzo, fechado en 1896 y dedicado al ilustrado farmacéutico Agustín Bravo, iniciador de una saga de asturianistas que llega hasta nuestros días.

Sin embargo, el artista que inmortalizó Cudillero en más obras en aquel período, ya en el siglo XX, fue Francisco Esteve Botey, un gran pintor catalán multifacético, residente en Madrid durante la mayor parte de su vida, que transcurrió entre 1884 y 1955. Esteve Botey fue pintor al óleo y a la acuarela y grabador -«dominador de todas sus posibilidades», diría de él Antonio Gallego en su «Historia del grabado en España»-; catedrático de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, después de haber sido profesor del madrileño Fomento de las Artes, de las Escuelas Normales de Barcelona y de la de Artes y Oficios de Madrid; presidente de la Sección de Grabado del Círculo de Bellas Artes, al que siempre estuvo muy vinculado; impulsor de los trabajos de grabadores y acuarelistas, a través del grupo de «los 24» o de la Agrupación Española de Acuarelistas; y, sin duda alguna, el teórico y tratadista del arte de la incisión de mayor importancia en la historia artística española.

Esteve Botey estuvo en Cudillero y lo pintó por primera vez en 1926. Curiosamente, aunque se ignora si el hecho tuvo alguna influencia en su viaje, lo hizo pocos meses después de que se hubiera estrenado en Madrid la película «José», rodada en la villa pesquera, con un argumento basado en la novela del asturiano Armando Palacio Valdés, que llamó «Rodillero» al lugar donde discurre su narración.

Todo parece indicar que estuvo en varias ocasiones durante aquel año. La primera, en el mes de abril, acompañado de su familia, su mujer Inés, y sus dos hijos, Francisco y Lolita; la segunda, en plenas vacaciones estivales, con sus discípulos en San Fernando pensionados en la Residencia del Monasterio de El Paular, una institución creada, en 1921, por el escultor valenciano Mariano Benlliure, en su época de director general de Bellas Artes, que dirigiría durante una década, desde 1923.

Testimonio de su primera estancia son algunas fotografías que conserva celosamente su nieta, la pintora, grabadora y profesora de Arte en un instituto madrileño Lola Alegre Esteve. Entre ellas, la que reproducimos en estas páginas. En ella aparecen los hijos de Esteve Botey, delante de una casa, con hórreo levantado sobre ella, ya desaparecida. Francisco sería, años más tarde, director de la Biblioteca de Toledo, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y autor de varias obras, entre ellas una notable «Historia de la Cultura»; Lolita, tras haber estudiado en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, seguiría como grabadora durante algunos años la andadura artística de su padre y la compartiría con su marido, el también pintor y grabador Luis Alegre Núñez.

En la segunda visita, lo acompañaban varios pensionados de El Paular a los que, años antes, había llevado, en «cursillos veraniegos», a pintar «en las doradas tierras castellanas de pan llevar de Buitrago y Sepúlveda, en las catalanas de Tossa de Mar, en las galaicas de Betanzos y en las mallorquinas de Pollensa y de Cala Figuera de Estany». Trataba de acostumbrarlos a la «pintura al aire libre», porque «el cuadro debe pintarse en el natural, mirando frente a frente los árboles, las rocas y las charcas, en vez de ampliar los estudios con peligrosas invenciones fuera de la verdad», tal como escribió en su «Evocación del viejo Madrid. Recuerdos y experiencias de un viejo pintor».

Cuando arribó a Cudillero, con su caballete plegable, su silla de tijera, sus pinceles y sus cajas de pinturas, cartulinas y planchas , Francisco Esteve Botey estaba ya en la cima de su espléndida carrera. Había nacido , en San Martín de Provensals (Barcelona), hijo, junto a otros dos hermanos, María Dolores y José María, de un comerciante radicado en el barrio de Poble Nou de la Ciudad Condal, que poseía una especial habilidad para tallar en madera pequeñas figuras, miniaturas perfectamente modeladas.

Fue un estudiante brillante y su paso por San Fernando fue, realmente, extraordinario: obtuvo premios en todas las asignaturas de la carrera, lo que le valió el máximo galardón como alumno con más aprovechamiento. En San Fernando fue discípulo de uno de los más grandes grabadores españoles, el vallisoletano Ricardo de los Ríos, un artista formado en la Escuela de Bellas Artes de París, donde residió varios años, «Caballero de la Legión de Honor» y reconocido internacionalmente con siete medallas de oro y tres diplomas de honor.

Su relación con él fue para Esteve Botey verdaderamente fundamental: de un lado, su maestro fue quien decidió que estudiara grabado, cuya «taumatúrgica ejecución» le atraía poderosamente por su complejidad técnica, por «el color rojo de las planchas de cobre, el verde esmeralda intenso y transparente del aguafuerte, aquel tórculo que lanzaba la prueba?». El lo recuerda en sus memorias: «Yo hube de dedicarme especialmente al grabado por la voluntad decidida del profesor De los Ríos». De otro, su estrecha amistad con su maestro le permitió «repatriar» para España, en 1920, las 40 planchas de cobre de «La tauromaquia» de Francisco de Goya. Esteve las compró a De los Ríos con dinero propio -25.000 francos- hasta que el Círculo de Bellas Artes lo adquirió, tras haber rechazado inicialmente su compra de la misma manera que antes lo había hecho el Estado, dando pruebas de lo que el artista calificó de «la desconfianza como norma».

Desde 1923, era catedrático de la Escuela Superior de Pintura, Escultura y Grabado de Bellas Artes de San Fernando, y había sacado a la luz dos del total de seis libros dedicados al arte, que escribiría a lo largo de su vida: «El grabado» y «El desnudo en el arte». El primero, que lo convertiría en «el principal teórico del grabado en su época», estaba prologado por otro prestigioso grabador, el mallorquín Bartolomé Maura Montaner , hermano del que fue varias veces jefe del Gobierno de la Restauración Antonio Maura, y reproducía varias obras originales de Esteve Botey. Fue editado en 1914 y hoy está considerado una auténtica «joya bibliográfica». El segundo, en el que hacía un recorrido por las creaciones pictóricas de lo que siempre consideró «la más bella expresión del Arte, síntesis de la Naturaleza, vituperada precisamente por quienes la miran con ojos profanos», el mismo año de 1926.

Pero, además, desde varios años antes, gozaba del más amplio reconocimiento a su obra. Tras haber alcanzado terceras medallas en las exposiciones nacionales de Bellas Artes de 1908 y 1910, el primer premio del Círculo de Bellas Artes en 1911 y una segunda en la Nacional de 1915, había obtenido una primera, en la de 1920, por un bello y vigoroso tríptico de motivo marinero, «Barcas en el puerto», cuyo título completo era «Barcas en el puerto de Barcelona», según escribió a lápiz en una de las pruebas que se conservan. Con aquel tríptico, de dimensiones poco habituales en aquellos años -49,4 x 64,5 cm el panel central y 48,5 x 32 cm cada uno de los laterales- y que, según escribió José Francés en «La Esfera», era «la culminación del género», se premiaba «su maestría indiscutible como grabador», diría años después Bernardino de Pantorba en su «Historia Crítica de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes». Y aquel máximo galardón sería refrendado después con medalla de oro en la Exposición Internacional de Barcelona de 1929.

Adscrito al realismo -Antonio Gallego lo calificaría de «un realismo de buena ley»-, Francisco Esteve Botey creó pinturas y grabados, fundamentalmente, de paisajes españoles y extranjeros con las distintas técnicas con las que trabajaba. Y, sin llegar a ser plenamente un «marinista» del modo en que lo fueron Campuzano y nuestro Martínez Abades, a lo largo de su carrera sintió una especial predilección por los motivos marineros. Después del tríptico doblemente galardonado creó, entre otro, un óleo sobre lienzo titulado «Costa cantábrica», que presentó a la Nacional de Bellas Artes de 1943, las litografías de Cudillero, el grabado titulado «Barcas», a una de las cuales llamó con el nombre de su madre, Natalia, y otro precioso grabado, el díptico «De vuelta de la pesca», también de gran formato, que fechó en plancha en 1946 y presentó a la Nacional de Bellas Artes de 1950.

A pesar de que su prestigio como grabador ocultó su gran versatilidad para las distintas técnicas artísticas, tal como recuerda su nieta Lola Alegre Esteve, los dibujos, acuarelas y óleos fueron el primer acercamiento de Esteve Botey a los paisajes de Cudillero. En aquella ocasión, repetiría su habitual forma de trabajar, pintando primero al óleo o a la acuarela directamente del natural , en una sesión rápida. Después plasmaría aquel paisaje con el buril o la punta seca sobre las planchas de cobre o de cinc, traduciendo con minuciosidad los matices y las múltiples calidades de sus grabados, en distintas gamas de rayados o de aguatintas.

Así hizo pintando primero las ocho acuarelas, datadas en distintas fechas de abril a septiembre de 1926, que testimonian los varios viajes que realizó a Cudillero a lo largo de ese año. Son todas ellas acuarelas de 30 x 20,5 cm, que expresan la maestría y precisión de dibujante de Esteve Botey, derivada de su disciplina de grabador, y su excelente paleta de acuarelista, que utiliza tonos cálidos, para mostrar, con frescura, rincones del Cudillero de aquellos años: «El baluarte», «Calle pendiente», «Viejas casas», «Calle de Riofrío»? Dos años más tarde, en junio de 1928, mostró aquellas acuarelas en la Galería Nancy, de Madrid, junto a un total de 37 obras. Las ejecutadas en Cudillero fueron reproducidas en varios periódicos madrileños, entre otros el «ABC», y resaltados por los mejores críticos, como Francisco Alcántara, que en «El Sol» habló de Esteve Botey como un artista «descriptivo, minucioso, brillante en ocasiones...»

A partir de ellas, realizó años después, en la década de los cuarenta, la serie de seis litografías titulada «Cudillero», dibujadas con lápiz graso sobre cinc de grano fino y cuyas planchas, con una huella de 30x40 cm, de media, son, desde 1998, propiedad del Museo de Bellas Artes de Asturias. La serie «Cudillero» no pasó desapercibida. Con ellas alcanzó el Premio Nacional de Grabado, concedido en 1944 por la Dirección General de Bellas Artes. Cada una de estas litografías, con la excepción, quizás, de la titulada «Una quintana», plasman rincones fácilmente reconocibles, como «El baluarte», delante del cual unos marineros descalzos trasladan a hombros las redes; «La Ribera», también llamado por su autor «El entierro del patrón», en la que un cortejo fúnebre discurre entre las lanchas «peseteras», barcas de remos en las que los bravos pescadores pixuetos se adentraban valientemente en la mar, «sobordadas» para protegerlas del oleaje; «Cargando el ocle», en la que aparece la playa de Olio con algunas de sus características rocas; «La plaza», donde el centro de la obra lo constituye el edificio conocido en su tiempo como «El granero», derribado en 1971; o, en fin, «La calle de Riofrío», en la que se ven lavanderas en un medio plano y un barril de madera para las conservas de escabeche en el río, «a remojo», para que ensanchara, como recuerda que se hacía el cronista Juan Luis Alvarez del Busto en su «Cudillero en el recuerdo»?

Esteve Botey conservó siempre especial cariño a esta serie dedicada a Cudillero y reprodujo una de las litografías, concretamente, «El entierro del patrón», en el volumen segundo de «El grabado en la ilustración del libro», una de sus más valiosas obras, editada en 1948. Y a la misma época de la serie corresponde «Campesina de Asturias», fechada en 1944, una litografía ejecutada directamente con lápiz, en plancha de aluminio pulimentado y estampada en prensa planográfica, que reproduce, asimismo, en la misma obra, así como un grabado al aguafuerte, «Hórreo», ejecutado a partir de un óleo sobre lienzo que plasma la más genuina construcción asturiana.

En la visita a Cudillero en los años cuarenta, Esteve Botey estuvo acompañado por su hija Lolita, que todavía cultivaba el grabado. Años antes había estado con él en Vigo, que le inspiró un bello aguafuerte titulado «Pescadoras», y había concurrido a varias exposiciones, entre ellas la organizada por la Asociación de Pintores y Grabadores, celebrada en el Círculo de Bellas Artes, en 1940, a la que presentó «Paisaje de Aranjuez» y la Nacional de Bellas Artes de ese mismo año, a la que llevó «Ruinas romanas del Retiro». Producto de su estancia en Cudillero es un grabado al aguafuerte de una hermosa de «Asturiana».

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