IGNACIO GRACIA NORIEGA
El personaje que figura en la portada de «El fundamentalismo democrático», de Gustavo Bueno (Planeta Madrid, S. A., 2010), no debiera despistar al lector: no se trata de una continuación de «El pensamiento Alicia». Tampoco debe interpretarse la palabra «fundamentalismo» del título en un único sentido, ya que tiene varios, pese a que el concepto de la democracia del individuo de la portada sea un poco talibanesco. De seguir el sendero luminoso del co-timonel planetario de la portada podría suponerse que la democracia que los españoles se dieron a sí mismo y que a otros países menos afortunados les impusieron los americanos, es el «final de la Historia», lo que resulta sorprendente en el contexto de una «progresía» que hasta no ha mucho consideraba que la denostada «democracia formal» o «burguesa», era el paso previo que facilitaría, por la vía de la permisibilidad, la gran sociedad socialista del reino fulgurante del hombre sobre la tierra. Aunque el personaje de la portada no es ajeno a tentaciones milenaristas, al menos alguna enseñanza útil obtuvo de la experiencia de las socialdemocracias europeas.
«El fundamentalismo democrático», cuyo subtítulo es «La democracia española a examen», se divide en dos partes claramente definidas: el planteamiento de la cuestión y algunas muestras de corrupciones democráticas no delictivas, esto es, la teoría y los ejemplos. Según Bueno, el fundamentalismo democrático es una teoría más que una práctica, pero una teoría de fuerte incidencia sobre la práctica. En cuanto a la «corrupción», no se refiere, claro es, a los manejos del Ayuntamiento de Marbella o a los hermanos de Alfonso Guerra, aunque como observaba el viejo y muy sagaz Alberto Lista, en la primera mitad del siglo XIX, la democracia tiene muchas manos y muchos estómagos. La teoría fundamentalista es que siendo la democracia el sistema perfecto, es incorruptible. Lo más que se alcanza a admitir es que algún ministro o algún funcionario sean corruptos. Winston Churchill, más realista y con mejor formación democrática (pues como señala el profesor Rafael Anes, la democracia no sólo debe estar asentada, sino asentada sin interrupciones), opinaba que la democracia es un sistema muy deficiente, pero no conocemos otro mejor. Negar la corruptibilidad de la democracia es lo mismo que afirmar que la democracia es el punto final de la Historia. Después de la democracia, el paraíso (¿del proletariado?).
Entre los ejemplos más vistosos del libro figura el frenesí jurídico del juez Garzón, decidido a juzgar a los muertos, variante del terrible juez de «Diez negritos», la novela de Agatha Christie, que impartía justicia después de muerto. El caso de Garzón es el de un exceso de Montesquieu, en tanto que Z. adolece de una deficiencia de Tocqueville. La degeneración del principio de la independencia del poder judicial, los plazos del aborto, los estatutos de autonomía, el europeísmo y la opa de Endesa son algunos casos analizados por Bueno como perversiones no delictivas, porque el pensamiento no delinque. En la página 371 niega categóricamente que la democracia marque el fin de la Historia. Los imperios duran menos que los planetas, y la democracia menos que lo imperios. Sin embargo, apunto yo: ¿obedecen las anunciadas catástrofes del «cambio climático» a que Z. aguarda que el fin del mundo nos agarre a todos bajo pulcros sistemas democráticos, es decir, confesados?