ALBERTO CARLOS POLLEDO ARIAS
¿Cada valle da nombre a un río o, por el contrario, es el río el que denomina al valle? Ni lo sé ni tampoco me importa en demasía. El caso es que tres cuencas ilustres del concejo de Teverga, Valdecarzana, Valdesampedro y Valdesantibáñez, acunan en sus laderas aguas cristalinas, bravas, provocadoras, molineras, frías, enérgicas, peripuestas y rumorosas que nacen en altos emblemáticos y soberbios de la cordillera Cantábrica. Nacen de la nada, sorben en la caliza, se arrastran por el pastizal, susurran y toman forma entre abedules, escobas y espineras a la vez que, con firmeza, reclaman compañía. El viaje es largo y el compadrazgo es imprescindible; el terreno es traicionero y una simple sima puede acabar con su existencia. Por eso ahora, apresuradas, salpican, gritan, saltan y culebrean entre hayas fantasmagóricas de crecidas raíces, mientras desnudan enormes pedruscos cargados de musgo y bruñen los cantos rodados.
El río Teverga no nace de un soplo del Espíritu Santo; tampoco es que le dure mucho el nombre, hasta Caranga tan sólo, por no decir que desaparece mucho antes, pero vamos por partes. El Valdecarzana se asoma a este mundo por los altos de San Lorenzo, pasa por la braña de Tuiza y se mece entre el antiguo camino real y la carretera, mientras engulle el caudal que desde las alturas le envían numerosos barrancos y se arrima a Villanueva. Aquí, no hace muchos años, finalizaba entre dos hórreos la carretera sinuosa que ascendía desde la capital del municipio, y probablemente la iglesia de Santa María, de estilo Románico, declarada monumento nacional, estuviera en mejor estado que ahora. Nunca mejor dicho, olvidada de la mano de Dios y de los organismos correspondientes: Iglesia y Estado que, al igual que en otros muchos casos, no son capaces de rehabilitarla. Mientras tanto el Valdecarzana se une en San Martín y Entrago a los otros dos. El Valdesampedro, de los tres citados el más caudaloso, juega con ventaja y es más feliz porque recibe las aguas del Páramo que desciende desde el manantial de la Reguerina en el alto de Ventana y tiene tres privilegios: el de atravesar Monte Grande, seguramente el hayedo más hermoso de Asturias. Deslizarse por tierras de El Privilegio; Páramo, Villa de Su y La Focella integraban el territorio denominado El Privilegio, concedido por Bermudo III en 1033, toda persona nacida en aquel territorio debía ser considerada noble y libre de todo tributo, con la única condición de que todos los años mandara celebrar una misa por el alma del rey Alfonso V. En tercer lugar, con categoría mitológica, visita la mansión de las diosas Venus y Diana cuando, desde el desfiladero de la Estrechura, penetra en el monumento natural de Cueva Huerta, para retornar a la luz del sol unos cientos de metros más abajo. Requiere y reúne aguas de arroyos, torrentes, regueros y ríos, siempre a la sombra de la sierra de La Sobia, para confluir en San Martín con los anteriores topónimos de valle que, una vez sobrepasada la capital, pasa a denominarse río Teverga; título totalmente inmerecido, porque si el concejo obtiene matrícula de honor en belleza, el curso de agua merece un suspenso ejemplar.
Las paredes verticales de Valdecerezales todavía acogen lo que es un cauce de montaña que en Las Ventas embalsan para sumirlo, con alevosía y por sorpresa, en el túnel vergonzante y tenebroso de Oliz, que lo traslada al embalse de Valdemurrio, a mayor gloria de la central hidroeléctrica de Proaza, condenándolo a muerte sin juicio previo. Remedando a Paulo Coelho, unos cientos de metros más abajo, comprobando que el líquido elemento había desaparecido para siempre, junto al río de Piedra me senté y lloré.
Es inadmisible y escandaloso el aprovechamiento hidrológico del río Teverga, que ni tan siquiera los días de intensas lluvias acompañadas de fuerte deshielo logra acarrear el tan cacareado mínimo caudal ecológico que, por lo menos, lo transforme en un arroyuelo anoréxico. ¡No! Ahora es un mar de piedras, guijarros, pedruscos, guijo, plásticos descoloridos a modo de banderines colgando de los arbustos, botellas; porquería, demasiada porquería para una vez, diseminada por una superficie que debía ser cristalina para reflejar el cielo azul, el gris de las nubes y los árboles a contraluz, pero que sin agua se convierte en terrario de piedras y arena apto para albergar reptiles y anfibios, no truchas y salmones. Aunque para lavarle la cara, no la conciencia de la empresa que se lleva casi la totalidad del agua, parece ser que van a construir una escala salmonera. Colmo de los colmos, ahora que los salmones están en peligro de extinción y en el Teverga se moja el cauce sólo cuando llueve; vivir para ver. A que va a ser verdad eso de que cada tierra tiene lo que se merece, porque ni la Consejería de Medio Ambiente ni la Confederación de Aguas ponen coto a tamaña injusticia que humilla el área geográfica por la que transcurre.
Aunque de Proaza para abajo la situación no es más satisfactoria -recordemos que desde que se fusionó con el Quirós se llama Trubia- porque en este tramo su nivel está a disposición del salto de agua. Tan pronto queda seco, sin espacio vital para amparar un añal, como crece más de un metro y arrastra lo que encuentra al paso. Vamos, la misma situación que padecen Nalón y Narcea cuando abren las presas correspondientes. ¿Alguien ofrece más?