ALBERTO CARLOS POLLEDO ARIAS
Crecida importante lleva el río Narcea cuando, con las primeras luces, en busca de las arriscadas tierras de Belmonte paso por Marcel y observo un pilar, nacido en la misma vega, que en compañía de otros nonatos soportarán el firme de una autovía esperanzadora para el castigado occidente asturiano, pero que, a la vez, es ilusoria y tal parece un espejismo incómodo que acumula años de retraso, tantos que, como los estudios geológicos realizados para que aguante su estructura sean tan satisfactorios como en Doriga y La Espina, no se adivina para qué década del siglo XXI entrará en funcionamiento. Entre parques eólicos, minas a cielo abierto, canteras, carreteras tercermundistas y, para colmo, la destitución, con nocturnidad y alevosía, del creador y director de uno de los mejores museos etnográficos de toda la península Ibérica, ubicado en Grandas de Salime. Querido Pepe, la indignación se palpa en la calle porque todos los asturianos de bien, que somos todos menos algunos politicastros descerebrados, te apoyamos. Tan grande es la exasperación que en todas las conversaciones salen a relucir los votos y a quien se los otorgarán las próximas elecciones. Por algo será.
Abandonamos el cauce del Narcea cuando perseguimos, aguas arriba, el del Pigüeña; sobrepasamos Silviella y atravesamos el Escobio: de él dijo Jovellanos cuando realizó el viaje Gijón-Pravia-Belmonte en julio de 1792: «Por esta bella carretera (que algunos pasan a caballo) se va un buen trecho con la peña sobre el sombrero, el río bajo los pies, la sorpresa en la imaginación y el susto en el pecho». Dejamos atrás la capital del concejo y proseguimos en dirección a Somiedo; hay, aproximadamente, unos siete kilómetros hasta el cruce que, por un estrecho puente sobre el río, nos llevará al comienzo de la excursión. Pronto, en el trasluz de las ramas, vemos los tejados rojizos de Llamosu, pocas chimeneas exhiben el calor del hogar; el número de vecinos es escaso, salvo fines de semana y vacaciones. Vale la pena hacer un alto para recorrer sus caminos empinados entre antiguos hórreos y paneras, al lado de algunas viviendas de construcción tradicional. La capilla de Santa María Magdalena, ubicada en el centro del pueblo, se encuentra en regular estado de conservación y ofrece escaso valor. Cerca del pueblo se descubrió en el año 1957, con motivo del acondicionamiento de la calzada, la escultura ginecomorfa -relacionada con el Bronce final o con la cultura y creencia de los pueblos prerromanos- conocida como el «Ídolo de Llamosu».
Al poco de salir del pueblo, junto al antiguo canal subterráneo que abastecía de agua a la central de Las Lleras, un nutrido grupo de cazadores con chaleco fosforito sacan de los remolques ladradores sabuesos y grifones que en seguida levantarán los jabalíes en lo más espeso del monte. El asfalto se convierte en un tirabuzón empinado hasta llegar a Montoubu, lugar en el que escasean los aparcamientos. La aldea, perfectamente integrada en este paisaje montañoso a 700 metros de altitud, está cercada al Este por la sierra del Contu; el Cantu'l Burgu, por el Oeste; el Picu Monegro y el Colláu de Pornacéu, por el Sur, y Llamosu, por el Norte. Hermoso poblado agrupado en corto espacio de terreno, con construcciones tradicionales, bastantes de ellas remozadas por los vecinos que, aún viviendo lejos, se acercan hasta aquí para gozar de paz y sosiego.
Un chucho negro y otro canela vienen hacia mí ladrando a la vez que menean el rabo jubilosos, cuando estoy contemplando un trozo de lienzo, disimulado bajo la hiedra, de lo que fue una torre bajo medieval; resto que se encuentra al lado de la iglesia de San Juan, de construcción análoga a otras de la comarca y de exiguo valor arquitectónico. Crece a su vera un tejo centenario notable por su porte. Aperos tradicionales bajo los hórreos, también algún coche en ruinas, casas cerradas, ladridos de canes amarrados y el ruido de un tractor nos despiden cuando iniciamos la subida por una pista que se eleva con prontitud entre el murmullo de torrentes apresurados que cruzan el camino hacia el río homónimo del pueblo que nace por los altos de La Cruz y rinde aguas al Pigüeña en la cercanía de La Casa'l Sol. El Cándanu se llama el primero que encontramos, antes de llegar a las cabañas, diseminadas por ambos lados de la ruta, de Braña el Monegru, situada en la falda del pico de mismo nombre; altitud que se distingue por una pista horrible que se prolonga hasta la cima a 1.488 metros, y por un repetidor de televisión que la corona. Más arriba sale a nuestro encuentro otro reguero, el Vallina.
Vamos por un sendero engañoso, por uno de los que en lenguaje ciclista se denomina «rompe piernas»; es cierto que da algún respiro cuando pierde su inclinación unos pocos cientos de metros, aunque pienso que lo hace para tomar fuerzas y extremarla todavía más. Así llegamos a la Braña los Fuexos, enclavada en un delicioso circo protegido de los vientos, en la que pocas construcciones quedan en pie, que ya da vista a lo más alto del recorrido, en La Bobia, a unos 1.400 metros, entre las vegas de Cueiru y Taxa. Es imprescindible dar una vuelta por esta vega de ubérrimos pastos, decorada con los restos de antiguos chozos y cabañas para contemplar un maravilloso paisaje por tierras de Teverga, Belmonte y Grao, siempre que la niebla, tan querenciosa por estos lares, lo permita. En este sitio había una venta que, además de proporcionar alimento y reposo a los caminantes, les servía de refugio los días más duros del invierno y de orientación con la campana que tañían desde ella los cegadores días de niebla. No en vano nos encontramos en el Camín Real del Puerto de La Mesa; principal vía de comunicación entre Asturias y Castilla hasta el siglo XIX, que comenzaba en la mansión romana de Vallata (Viadangos). Por su importancia merece mención aparte la descripción de la sierra del Contu que desde aquí y por el primitivo paso, en un tramo de más o menos seis kilómetros nos acerca hasta la venta de La Corredoira, en las cercanías de San Martín de Ondes y Dolia. Excursión ideal para los largos días de primavera y verano.
Siglos de historia vamos hollando en nuestro andar, cuando en la Pousa'l Sal observamos un tramo de calzada perfectamente conservado. En la soledad de la montaña imaginamos a los guerreros romanos, sobre hermosos corceles, vigilando el paso cansino de los esclavos cargados de lingotes de oro. Proseguimos asomados sobre el solar de Montoubu y llegamos a Valmaría; a la derecha de la senda y a ras del suelo topamos un manantial. Los piornos aprietan la senda y la ocultan en algún momento antes de llegar a Prialvaré, desde aquí continuamos, siempre por llano, hasta El Acebo, en donde encontramos un descenso a Montoubu. Ya en su vertical divisamos el pico romo de La Carcabina, Fusneo, La Escrita, el Llano los Medios y la braña las Rozas. Unas perdices, incómodas por nuestra presencia, levantan el vuelo con un aleteo atronador mientras pían sin cesar. Llegamos a Campa la Madeíra cuando la senda se dirige a la cima de la sierra, cambia de ladera y oteamos Tulinas, Las Villas y Noceda en tierras mosconas. Alcanzamos la campera abierta del Colláu de la Forcada y vemos el descenso a Llamosu y una panorámica sobresaliente del valle. Por el hito de Peñas Negras avanzamos hasta la venta de Porcabezas e iniciamos el descenso hacia la de La Corredoira; a su vera contemplamos una diminuta capilla. Desde este lugar, si hicimos la ruta circular, descendemos a San Martín de Ondes. Forman esta aldea tres barrios: La Quintanona, La Murria y La Capilla, agrupados en torno a una pequeña plazoleta con un hórreo en el centro. En el primero de los tres barrios contemplamos una torre, probablemente construida en los siglos XVI o XVII, que en uno de los sillares de la fachada sur tiene una inscripción invertida con la fecha de 1693.
Sin prisas y disfrutando del entorno tardaremos unas cuatro horas en realizar el recorrido de ida y vuelta: Montoubo-La Bobia. Horario que se amplía al doble si partiendo de San Martín de Ondes vamos por Llamosu y Montoubu hasta el punto de inicio por el trayecto descrito.