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Viajes con mi tía sin salir de su casa

Fotos de la memoria familiar que componen la historia de un pasado en el que todo se aleja y empequeñece

 
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Viajes con mi tía sin salir de su casa
Viajes con mi tía sin salir de su casa  
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ALFONSO LÓPEZ ALFONSO Nadie sabe lo que va a pasarle a nadie, salvo que triste y fatalmente va a envejecer.

Jack Kerouac

Tengo una tía abuela que siempre me dice lo bueno que soy. De pequeño me agradaba mucho oír eso, que alguien tan mayor como mi tía -por entonces ya era vieja- aprobara mi manera de conducirme en la vida, pero con los años todo se ve de manera distinta y ahora no estoy demasiado seguro de que me agrade ese elogio que me dedica cuando voy a visitarla. De la bondad, de los buenos sentimientos, dicen los escritores que importan, siempre sale mala literatura. Por eso ellos se dedican a poner patas arriba la infancia y a sacar, si falta hiciera, los trapos sucios de sus tías abuelas. Y por eso yo casi deseo que mi tía esté equivocada. Lo peor de nosotros, dice José Luis Piquero en «El fin de semana perdido», mantiene el mundo en marcha. Voy pensando estas cosas al subir la renqueante escalera de casa de mi tía. Ella, blancuzca y piadosa, me abre la puerta únicamente para susurrar «pero qué bueno eres», volviéndose enseguida hacia el salón. «Ya estamos, hombre», pienso con fastidio mientras la sigo.

La casa de mi tía no es muy grande, pero para lo que ella ocupa y teniendo en cuenta la lentitud con que se mueve, le sobra espacio. La compró con su marido hace demasiado tiempo. Él enfermó pronto del corazón y no tardó mucho en morir. Desde entonces ella, como no tuvieron hijos, permanece entre estas paredes custodiando su memoria. A mi tía, no sé la razón, le gusta mucho el bronce. En el salón hay una lámpara de bronce con tulipas de cristal transparente y bombillas de esas en forma de vela que apenas iluminan nada. Más fea la lámpara, todo hay que decirlo, que un puñetazo en la barriga. El salón da además a un patio interior, así que es bastante oscuro, pero como ella dice, para ver la televisión está de sobra bien. Hay tapetes de punto de cruz por todas partes: tres sobre la mesa, varios en el mueble grande, donde está el televisor, uno sobre la mesilla del teléfono, otro sobre la mesa camilla en la que ella guarda el anís y el vino Sansón que siempre me ofrece para merendar, acompañado de unas pastas. Hay también un reloj de bronce que mi padre le trajo de Portugal y ella tiene colocado en lo más alto del mueble. Una vez me mandó bajárselo porque tenían que venir a buscarlo para arreglarlo y al hacerlo, como pesa un quintal, casi me cae en la cabeza. En la mesa, sobre el tapete central, hay tres candelabros de diferente tamaño, aunque todos del mismo material, por supuesto, bronce. Y como ella siempre come en la cocina, los candelabros están rodeados de fotografías convenientemente enmarcadas que le dan al lugar cierto aspecto de santuario.

Entre esas fotografías están la de su boda, varios retratos de mi difunto tío, algunas de Moncóu, el pueblo del que ella y yo venimos, y la de mi abuelo Valeriano en los años de la guerra. Ella dice que esa foto se la hicieron a mi abuelo antes de que lo hirieran en Extremadura por agosto del año treinta y ocho. En la foto reconozco los brazos de mi abuelo y esa manera suya de llevar la camisa remangada por encima de los codos. Reconozco las manos, grandes y callosas, capaces de apretar sin inmutarse las ortigas. Y me hacen recordar el día que se estrenó el pastor de batería en mi casa. Mi padre lo había traído la noche anterior y aquel día temprano, cuando llevó las vacas a la Teixera, lo dejó instalado para que el ganado no pasara a la tierra del vecino. Por la tarde, al ir a buscar las vacas, mi abuelo recogió el pastor y se lo trajo a casa echando pestes. Lo tenía cogido por el asa y en la misma mano llevaba apretujado el cable enroscado. Le dijo a mi madre que aquel aparato no funcionaba y se lo tendió despotricando contra las ideas de mi padre. Mi madre fue a cogerlo, pero la descarga que soltó se lo impidió. Mi abuelo miró entonces extrañado a mi madre y después al aparato. Ella se acercó, esta vez con más precaución, y apagó el pastor. Eran aquellas manos, no sé lo que tenían. Dios, tarareó Rabindranath Tagore, está donde el labrador cava la tierra dura, está con él en el sol y en la lluvia, con el vestido manchado de polvo. Es difícil que mi abuelo pensara lo mismo durante la guerra. En la foto reconozco el cuerpo y el alma del campesino disfrazado a la fuerza de soldado, obligado a hacer dios sabe qué cosas para sobrevivir. Aunque el gesto le queda un poco raro, me gusta su modo de agarrar el cinturón, cómo mete el dedo pulgar por dentro. No es muy propio de él, pero me gusta. Es posible que lo hiciera para parecer más soldado.

Entre las fotos de Moncóu, en una se ve a una niña en el camino, delante de casa Perico, a un hombre que camina hacia ella y más al fondo, en la pendiente del camino, cerca de casa Pruida, una gallina. No tiene mucho que ver, pero esto me lleva a una escena en la que mis padres, en la casa de Moncóu, se recitan cantares. Ella entona como reprochándole: «Si te quise fue de burla. Si te hablé de fantasía. Si eres tonta abre los ojos, que logré lo que quería»; y él le contesta burlón: «Permita Dios que diluvie como en tiempos de Noé, y que se lleve a mi suegro, mi cuñada y mi mujer». Creo que en el original era suegra, pero él lo cambiaba para meterse con el abuelo. La memoria es así de caprichosa, en ella todo avanza veloz, tanto que hasta la tierra propia merma y parece más pequeña de lo que es en realidad, o quizá sea efecto de la foto, no sé.

En otra de las fotografías un grupo muy grande de personas posan después de acabar el trabajo. Están contentas. Hay varias cestas y paja esparcida por el suelo, algún anciano, muchos jóvenes. Reconozco a varios parientes de La Viña. La faena colectiva recién finalizada es motivo de alegría. Parece relacionada con el pan nuestro de cada día, con la trilla.

-¿Qué, ya estás viajando? -me dice mi tía, a la que llevo un rato sin prestar atención- Anda y véteme a la compra, cielo.

Hay más fotos, pero ahora debo salir. O quizá no, a ver si escarmienta y deja de una vez de repetir que soy muy bueno.

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