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Banduxu, la ruta de los puentes

A cubierto en el circo que forman La Mostachal, Picu Pelao y L'Oubiu,
el pueblo es una de las perlas del concejo de Proaza

 
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La torre defensiva medieval de Tuñón, que se levanta en un altozano.
La torre defensiva medieval de Tuñón, que se levanta en un altozano. alberto carlos polledo arias
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Al igual que una perla se instala Banduxu en la concha de los montes que protegen su estructura de los vientos. Enmascarado en el circo que forman las laderas de La Mostachal, Picu Pelao y L'Oubiu, antesala montaraz del delicioso puerto de Marabio, es el adorno más antiguo y preciado del concejo de Proaza, declarado recientemente como «bien de interés cultural», porque el pueblo, instalado a 660 metros de altitud, no se divisa hasta que nos encontramos a su vera.

Aldea prácticamente incomunicada hasta la década de los ochenta del siglo pasado; fue bajo el mandato de Sergio Marqués -así le aprecian en la zona- cuando se finalizaron las obras de la carretera que no se estira, más bien se encoge en un serpentín infinito de curvas sin vencimiento, entre pinos, robles y monte bajo, morada de una notable población de venados, corzos y jabalíes, por la que transita también algún ejemplar de oso pardo. Proaza, a pesar de no tener altitudes sobresalientes, en el momento que abandonamos sus vegas se convierte en un terruño enriscado, pendiente y duro en el que la fauna salvaje, más ahora que los pueblos están prácticamente deshabitados, tierras de labor, praderas para el ganado y montes están, de año en año, convirtiéndose en selva.

Dos son las maneras de acceder a Banduxu: por la calzada citada anteriormente que parte prácticamente de la capital del municipio, atraviesa Proacina y finaliza, después de aproximadamente 10 kilómetros, en este precioso lugar. La segunda, ya con cierta entidad montañera, primitiva vía de comunicación y la única que tenían, vamos a describirla a continuación.

En el kilómetro 21 de la carretera que une Caranga de Abajo con San Martín de Teverga, en el lugar que existe una parada de autobuses con marquesina, sitio en el que hay un pequeño aparcamiento en la orilla opuesta, abandonamos el vehículo para comenzar la ruta a pie. Un anciano puente atraviesa por encima del Teverga, que yo llamo río de piedra -reconozco que es clamar en el desierto si, a la ilegalidad manifiesta de no llevar ni el mínimo caudal ecológico, sumamos el desprecio que muestran las organizaciones ecologistas ante este desmán y son incapaces de presentar en Bruselas una denuncia en regla-, caminamos unos metros por la Senda del Oso y topamos con el desvío señalizado que, sin pérdida, nos acercará hasta nuestro destino.

Lo denomino como «camino de los puentes» porque hasta seis vamos a traspasar escuchando el murmullo sin par que el arroyo de Bandujo desgrana sin descanso; es un caudal apresurado, sombrío las más de las veces, espumoso, solidario porque acoge cantidad de torrentes; con aguas, depende del astro rey, transparentes, verdosas, tornasoladas; en ocasiones, pocas, tan lisas que, como un espejo mágico, reflejan las copas de los robles y el azul del cielo. Ésta es la senda que seguían, un día sí y otro también, admirables maestros y maestras cuando iban a «poner escuela» a un pueblo en que multitud de niños y niñas corrían y jugaban en sus caleyas.

El desfiladero abre sus puertas en el puente Llaneces por una vereda que se estira, en algunos tramos todavía conserva el empedrado original, empinada y resbaladiza, entre castaños que aportan el fruto esencial para las piaras de jabalíes que trasnochan alimentándose por estos dominios. Pronto el camino se refugia, en La Covanera, a la sombra de un murallón pétreo a modo de visera, antes de atravesar el puente, como su nombre indica, de Los Pontiquinos. Nos ladra un corzo, incómodo por nuestra presencia, y un bando de torcaces, ruidosas donde las haya, abandona veloz su posadero para perderse entre el ramaje. Escandalosas cascadas se despeñan en sucesión cuando llegamos a las vueltas de La Gualta; un gran peñón en precario equilibrio amenaza con tirarse de cabeza al agua. Prosigue el andar en un zigzag prolongado y piso por un paso que no da respiro hasta el llano La Pousa, topónimo magistral de un lugar en el que nos detenemos a tomar un respiro y sentarnos en un sillón de piedra a la medida. La umbría se acentúa cuando en la lejanía vislumbramos Banduxu y empieza la sucesión de puentes por Manxón y Malpica: Valmauro, Villaflor, El Paladón y La Toba, ya a los pies de la aldea, a la que entramos por el barrio de La Molina.

Nos encontramos ante un conjunto arquitectónico sobresaliente formado por los barrios, además del citado anteriormente, de El Toral, La Reguera, en donde está el lavadero y la fuente; Campal, las primeras casas que encontramos donde finaliza la carretera; El Palacio, La Torre y El Táranu. De su antigua importancia da fe el conocido refrán:

«En Banduxu canta el uxu (búho),

en Traspieña, la rapiega (raposo), y baxando pa Caranga la miseria puñetera».

La torre defensiva bajomedieval de Tuñón, muestra singular de la arquitectura civil asturiana que también se utilizó como cárcel y Ayuntamiento, está estratégicamente construida en un altozano que domina el entorno. Es de planta circular con tres pisos de mampostería que en lo más alto, protegido por un guardapolvos, enseña el escudo con las armas de los Álvarez de Bandujo, Miranda y Tuñón.

En la iglesia estamos ante el edificio religioso más antiguo del concejo que, a pesar de su gran pobreza estilística, disimula en sus cimientos la obra románica de la que sólo supervive parte de su única nave y el presbiterio semicircular al exterior.

Vale la pena perderse por sus caleyas para contemplar destacados ejemplos de hórreos y paneras, además de charlar con sus gentes; memoria ancestral viva los días de sol, cuando vecinos y vecinas de más edad se reúnen junto a la torre de Tuñón.

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