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Antroxu, la reinvención del Carnaval

Las carnavaladas actuales son fruto de la evolución de las seculares mascaradas de invierno y resurgieron con fuerza durante la década de los setenta tras años de desidia

 
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Desfile de Carnaval en Avilés el año pasado.
Desfile de Carnaval en Avilés el año pasado. ricardo solís
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Oviedo, Ignacio PULIDO

El actual Antroxu es fruto de la evolución de una tradición secular prácticamente desaparecida durante la primera mitad del siglo XX y que tímidamente comenzó a resurgir a finales de la década de los setenta. Sus raíces se hallan en las mascaradas de invierno, un tipo de celebraciones muy frecuentes en Europa y que tienen lugar entre la Navidad y el Carnaval propiamente dicho. A pesar de que hoy en día las carnavaladas de ciudades como Avilés, Gijón u Oviedo gozan de un carácter distinto y de marcado sabor urbano, aún conservan el espíritu satírico de antaño.

El origen de las mascaradas de invierno se pierde en el tiempo. Hasta principios del siglo XX fue frecuente en Europa la presencia de fiestas invernales en las que la máscara y el disfraz actuaban como hilo conductor. «Las mascaradas de invierno se inician con el solsticio invernal y se dan en todas las sociedades agrícolas. El Carnaval actual viene a ser una extensión de todo esto renovado», precisa el documentalista Óscar González.

Durante las primeras décadas del siglo XX, los etnógrafos comenzaron a interesarse en las raíces de estas manifestaciones de dudosa procedencia. «En Asturias Fausto Vigil y Uría Ríu tuvieron una disputa en 1925 sobre dos mascaradas conocidas en aquel momento: los "Zamarrones de Pola Lena" y "Los Sidros de Valdesoto"», comenta González. Y añade: «Vigil los diferenciaba porque los "Sidros" podrían tener un origen medieval relacionado con los autos sacramentales. Por su parte, Uría Ríu afirmaba que su origen era prehistórico y sostenía que se trataban de símbolos totémicos que pretendían buscar un buen augurio para el año venidero».

Desde los inicios del cristianismo, las mascaradas de invierno suelen asociarse a fiestas religiosas como los días de San Esteban, de los Santos Inocentes, de los Reyes Magos, de San Antón, de San Sebastián, de la Candelaria, de San Blas y del Carnaval propiamente dicho. «Incluso se llega a Semana Santa. El día del Corpus aún hay figuras desprendidas de ese primigenio carnaval y que están absorbidas por la Iglesia», subraya González. Asimismo, cabe decir que todas y cada una de estas manifestaciones se iniciaban una vez concluida la matanza y recogido el fruto.

Numerosos estudiosos han asociado las mascaradas a ritos de fertilidad. «La gente mayor te transmite una sensación de que se trata simplemente de fiestas. No existe la conciencia de que sean rituales», advierte González, el cual prosigue añadiendo: «Existen casos en los que esta connotación es manifiesta». «Esto es muy claro en Sardonedo (León), donde un mozo se viste de toro o vaquilla que va acompañada por unos ayudantes con los coloretes pintados en rojo y que corren en búsqueda de las chicas del pueblo», afirma.

A pesar de que el Antroxu hunde sus raíces en las mascaradas de invierno, éste ha sido objeto de una evolución bien distinta, especialmente en los núcleos urbanos. Hasta principios del siglo XIX eran frecuentes en las ciudades las fiestas de máscaras que duraban varios días. No obstante, este tipo de festejos entró en declive, mientras que las mascaradas rurales se mantuvieron hasta mediados del siglo XX, en parte, gracias a su carácter aislado.

Hasta la centuria decimonónica, el Antroxu rural y el urbano compartieron elementos en común, tales como el empleo de toda suerte de trapos en los disfraces o la costumbre de tiznar el rostro con hollín. Por otra parte, ambos compartían un marcado carácter transgresor. No en vano, los mozos gustaban de tirar huevos a las fachadas de los edificios en ciudades como Avilés u Oviedo, mientras que en los pueblos se lanzaban piedras a las tierras de labor o las portillas de las fincas eran sacadas de sus quicios.

No obstante, a finales del XIX el Antroxu urbano se desmarcó definitivamente con la llegada de los capitales indianos y con la implantación de unos festejos más acordes con el gusto burgués. Por aquel entonces, el Carnaval era festejado en salones y casinos a la par que aparecían las primeras cabalgatas. Por su parte, el éxodo rural, la mejora de las comunicaciones y la industrialización asestaron un duro golpe a las mascaradas de invierno, que han comenzado a recuperarse hace apenas diez años.

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