El autobús volvió a casa

La colección de autobuses en miniatura Llaneza, en Mieres, la más completa de España, cuenta con 4.600 piezas, algunas auténticas joyas de la juguetería

09.02.2010 | 21:16

Guillermo Fernández Llaneza, director y propietario de la empresa de autobuses que lleva su nombre, mira en su despacho de reojo y con cariño la maqueta de un autobús que, en sí mismo, es ya una historia. Dice, como muchos grandes coleccionistas, que de las 4.600 miniaturas de autobuses, troles y tranvías de todo el mundo que ha llegado a reunir en Mieres, no tiene ninguna favorita; pero, sin duda, cuando hablar de ese viejo Chevrolet de 1937, que en principio llegó a España como un camión -y nunca mejor dicho-, para terminar convertido en un autobús, lo hace con especial querencia.

Pintada de azul y blanco la magnífica maqueta de este autobús realizada por el artesano catalán Jordi Reixach, trae a la memoria a los pasajeros y los viajes que, en los años cincuenta, realizó tanto por Asturias, como al extranjero. El viejo Chevrolet había sido fabricado en 1937 en los Estados Unidos. Por aquel entonces se los conocía como el «modelo de guerra». En su día llegaron a España como camiones y, al ser tan duros y fuertes, muchos terminaron siendo transformados en autocares, como es el caso del que protagoniza esta historia. Tras esta curiosa «reconstrucción» le pusieron un nombre y un oficio: «Pullmans Llaneza», destinado a excursiones, entierros y viajes a mercados, y como tal empezó a ejercer para la empresa en 1948. En el interior iban «los más pudientes», como se decía por entonces, mientras que en la parte superior, en el exterior del autocar, se ubicaban los del billete más barato. Más de uno llegó a perder la vida allí arriba por cuestiones tan simples como quedar dormido y ser golpeado en la cara por las ramas de algún árbol llegando incluso a caer del autocar en alguna ocasión. Los pasajeros se distribuían así: seis, arriba, y veinte, abajo. Las largas distancias no tenían secretos para este autocar que en 1950 llevó de excursión a París a un grupo de asturianos y hasta fue el lugar elegido para venir al mundo por un niño cuya madre lo alumbró en su interior, ejerciendo de improvisadas comadronas el padre de Guillermo Fernández, conductor, y parte de los pasajeros.

En 1955 el autocar fue vendido a un hombre de El Entrego, quien, años más tarde, a su vez, lo vendió a un vecino de León. Allí estuvo hasta que este último se jubiló. Entonces sus colores no eran los actuales: azul en la parte superior, y blanco en la inferior, sino dos verdes con distintas tonalidades. Tras fallecer su último propietario, el autobús languideció en un garaje, olvidado y cubierto por el polvo. Fue entonces cuando Fernández Llaneza fue avisado de su situación y acudió a León, donde, por segunda vez, volvió a comprarlo. Luego, una vez de regreso a Mieres, fue restaurado y hoy es una de las joyas del transporte asturiano que se pueden contemplar, a tamaño natural, en la cochera de Autobuses Llaneza.

Regresó el viejo autocar al sitio donde comenzó su historia en Asturias. Con el motor apagado y sin conductor ni pasajeros que celebrasen su llegada, envejece, porque el tiempo pasa para todo y para todos; pero, eso sí, envejece en casa.

Buena la armó Guillermo Fernández Llaneza el día que compró el kit para montar la maqueta de un autobús londinense cuando visitó el Museo del Transporte en Londres, en 1983. Desde entonces hasta hoy ha reunido en Mieres unas 4.600 piezas procedentes de todo el mundo. Entre ellas figura la de un autocar de 1920 que, con el nombre de Compañía de Autobuses Oviedo y firmado por Hispania, apareció en un salón del juguete de París hace doce años. «Me llamó un amigo anticuario a las nueve de la mañana por si lo quería comprar. ¡Claro que sí!, le contesté. Y con el interés añadido de que la Compañía de Autobuses Oviedo nunca existió. Un capricho de los jugueteros, supongo», dice.

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