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Por las foces del río Aller a Vegarada

El monumento natural, lleno de tajos y escarpaduras, mantuvo aislado hasta 1979 el pueblo, al que sólo se accedía por un camino de herradura

 
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Por las foces del río Aller a Vegarada
Por las foces del río Aller a Vegarada  
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ALBERTO CARLOS POLLEDO ARIAS Hay momentos en que la mirada, a causa del desastre que la nueva carretera está causando en el lecho del río Aller, detesta posarse sobre el entorno del que fue, hablando de ríos menores, el más hermoso de Asturias. Es preocupante su deterioro pero, como el resto del paisaje es sobresaliente y maravillosa la ruta que vamos a realizar, seguimos la carretera hasta Collanzo, en donde nos desviamos hacia Casomera, antigua capital del municipio. Dicen que este nombre viene de casa-homera porque antiguamente no había aquí más que una casa ocupada por hombres. Proseguimos por La Paraya, lugar en el que encontramos la central eléctrica de Viesgo, fundada en 1918, que canaliza las aguas de los ríos Mera y Llananzanes. M. Valdés Gutiérrez nos cuenta lo siguiente en el número 15 de la revista «Covadonga», publicada en 1923: «En Paraya hay una casa misteriosa. Tiene grandes ventanales y está profusamente iluminada. Por un lado salen tres hilos rojos, brillantes, que van muy lejos; por el otro lado sale una tubería de hierro de un metro de diámetro que sube un kilómetro por la montaña. El agua de la montaña baja sigilosamente por esa tubería, entra cautelosamente en aquella casa encantada, y dícese por allí -yo no lo afirmo- que el agua, en virtud de no sé qué ensalmos le hacen allí dentro, sale por los alambres como llevada por los demonios, y de tal manera enfurecida ya que a 100 kilómetros de distancia todavía quema, alumbra, mueve fábricas de laminar el hierro y talleres para moler cuarzo, arrastra grandes trenes de carbón, y ¡qué sé yo cuántas cosas más?!».

Calzada adelante nos topamos con el salvaje espectáculo de las Foces del Río Aller, monumento natural admirable de unos 500 metros de longitud cuyas tajaduras se abren paso entre los picos Panda y Sierru del Campanal y se elevan hasta una altura de 224 metros. Foces nacidas para sublimar la belleza, engendradas en un mano a mano entre la Naturaleza y el Creador: estáticas en el tiempo, mutantes entre la niebla, el sol y el orbayu; hurañas en noches de lobos, y mágicas a la luz de la Luna. Por otra parte, causantes del aislamiento de Río Aller hasta el año 1979, en que el camino de herradura se transformó en estrecha calzada hermanada con el cauce. Peligrosa donde las hubiera según la Provisión Real del 10 de junio de 1551: «es camino francés por donde pasan muchos peregrinos e romeros para señor Santiago y san Salvador de Oviedo e no ay otro tan conveniente para ello el cual diz que es muy áspero y está mal aderezado y reparado así por las grandes crecidas e llubias que ascaecen como por que le atraviesa un río seis o siete veces de tal manera que es muy dificultoso e peligroso caminar por él tanto que se despeñan muchas vestias e peregrinos e se ahogan en el dicho río muchas gentes mayormente en tiempos de niebes ?»

En Río Aller (860 m), lugar en el que comenzamos la ruta a pie, por la escasez de aparcamiento, abandonamos el vehículo poco antes de penetrar en el pueblo. Aldea hermosa con antiguas construcciones tradicionales alrededor de callejas angostas y empinadas. Una de sus casas, perteneciente a los Lobo, está edificada en un lugar que domina gran parte del valle, sobre una torre medieval. La ermita, bajo la advocación de San Lorenzo, es de estilo asturiano: de una sola nave rectangular, con espadaña rematada por una cruz de hierro y dos vanos para las campanas, aunque, como tantas otras, sólo dispone de una.

Los tejados se ocultan con rapidez cuando, después de atravesar la plaza del pueblo, remontamos la pista de hormigón que, a la par que asciende, reclama la presencia del río Carbayalín, lecho jadeante sumido en lo profundo del valle que por el Norte resguardan las abruptas y singulares formas de la peña Las Crespas. El rumor del río va in crescendo hasta que se escurre bajo el puente del Arenal, lugar en el que abandonamos la pista para tomar el camino antiguo. Este primer tramo, aunque en muy mal estado, aún conserva el secular empedrado hasta la cabaña y cuadra rectangular de La Basqueta. No olvidemos que caminamos por una primitiva vía romana. Ésta avanzaba por tierras castellanas desde el Puente de Villarente a La Vecilla, cercana a los cauces del Porma y el Curueño y penetraba en Asturias por el puerto de Vegarada (1.564 m). Siempre siguiendo el camino principal, atravesamos las riegas, tumultuosas en épocas de lluvia y deshielo, de Las Cangas, La Solana y La Campona. Atrás quedan en el olvido las matas de avellanos y los castaños centenarios que abrieron paso a vetustas hayas mutiladas, retorcidas, fantasmagóricas; esqueléticas por el letargo invernal, se apoyan en los lindes del camino, al que en breve donarán su umbría. En la cabaña de La Costona, bien lo indica su nombre, la pendiente se agudiza hasta encontrar una pradería cercada y cerrada con una verja de hierro; un falso llano hasta la cabaña del Acebal y retoma su inclinación, entre piornos y pastizales, hasta encontrar un abrevadero y el singular peñón del Xerru la Extremaoria a su izquierda; algo más adelante se alzan las cabañas de La Texera y la majada de la Brañuela (1.450 m) en donde observamos una ermita, recién rehabilitada, que en su tiempo estuvo acompañada de un hospital de peregrinos; señal inequívoca de que esta vía fue muy transitada en siglos pasados por viajeros y peregrinos, además de arrieros que con destino a los mercados de Rioseco, Villalón, Villamañán y León, transportaban a lomos de mulas carne, salazones y aperos de labranza, amén de otros productos que canjeaban por pan, vino, cereales paños? Aquí, después de traspasar las Vegas de la Reina, se encuentra la antigua alberguería del Mesón del Puerto y, a escasos kilómetros, la estación de esquí de San Isidro. Este paso se encuentra bajo la depresión y en la confluencia de dos sierras: la del Ajo y la de la Serranía de las Fuentes de Invierno.

Como la ruta es circular, desde el citado Mesón del Puerto retornamos a las luminosas praderas de Vegas de la Reina, en donde cuadras y cabañas asentadas en la ladera del Xexa (2.064 m) se aderezan gran parte del año con niebla y nieve. En este paraje henchido de belleza da sus primeros pasos el río Aller, conocido por estas alturas como río Carbayalín; sus aguas resplandecientes protegidas por la arboleda se deslizan con premura elaborando rápidos y ruidosas cascadas. Proseguimos el descenso por la pista hasta alcanzar los pastizales y cabañas de Vega Baxu. Allí mismo observamos un camino que se aleja monte arriba; de continuar por él, nos trasladaría por Las Morteras y Collá la Muezca (1.931 m) hasta el pueblo leonés de Canseco. Pronto, siempre con el río a nuestra derecha, llegamos al coqueto conjunto de viviendas y praderías cercadas de Carbayalín. Desde este lugar parte un camino que cruza a la margen derecha y va a unirse con el que trajimos a la ida, que además se une por la collada Caniecha con las Foces del Pino. Desde Carbayalín, pasando por las cabañas de Penón, Talabarda, y la Casa del Monte, alcanzamos en rápido descenso el puente del Arenal, en donde confluye nuestra andadura con la de ida.

Magnífico paseo a la sombra de hayas, fresnos, robles, avellanos, acebos, castaños y espineras, entre los cuales podremos otear algún venado, corzo, zorro o jabalí. Por el cielo, águilas, buitres, torcaces y un sinfín de aves que alegrarán nuestros pasos por estos andurriales. En ocasiones, los días más crudos de invierno, se suman a ellos gráciles y silenciosas becadas.

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