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Apuntes del natural

Las sebes o setos vivos, islas de naturaleza en los paisajes agrarios de la campiña atlántica

Cumplen un importante papel ecológico y constituyen reservas de biodiversidad

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Una hembra de tarabilla común posada en una zarza, en Villaviciosa.
Una hembra de tarabilla común posada en una zarza, en Villaviciosa. l. m. arce
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LUIS MARIO ARCE
Las sebes son uno de los elementos más representativos de los ambientes de campiña atlántica que caracterizan gran parte de los paisajes agropecuarios de Asturias y de otras regiones del occidente europeo. Se trata de agrupaciones de árboles y arbustos, vestigio de la vegetación natural, mantenidas a modo de deslinde entre fincas y de las cuales, tradicionalmente, se han obtenido múltiples beneficios añadidos: leña (y, en ocasiones, madera de mayor calidad); bayas y frutos; forrajes; plantas medicinales, aromáticas y comestibles; setas; caza...

También han cumplido las sebes la función de cortavientos (algunas se han plantado expresamente con esta finalidad), sobre todo para proteger cultivos (frenan los daños mecánicos y evitan la pérdida de la capa fértil superficial); de parasol, en beneficio del ganado; de barreras frente a la erosión hídrica, y de reguladores naturales de la humedad del suelo y del aire. Además, poseen interés estético y paisajístico y forman parte de la cultura rural, de una ancestral estructura de manejo del territorio adaptada a las características naturales de las tierras bajas y medias de la franja atlántica europea. Un sistema de producción caduco desde la aplicación de las prácticas intensivas, a partir de la década de 1950, que condujeron al diseño lineal de las fincas y a la supresión de las «barreras naturales».

Dichos valores antropocéntricos (muchos de los cuales repercuten igualmente en beneficio de las comunidades biológicas naturales), con ser importantes -y los responsables últimos de la conservación de las sebes más allá de la vigencia de los sistemas agrarios que las propagaron-, no son los únicos que adornan a estas formaciones vegetales, denominadas también setos vivos: un apelativo que expresa gráficamente el papel ecológico que cumplen como refugios de flora y de fauna silvestres en ambientes muy transformados por el hombre.

Carbayos, castaños, arces, fresnos, cerezos, avellanos y otros elementos arbóreos de los bosques naturales se integran en la estructura de los setos, como recordatorio del manto forestal que cubría los territorios de campiña antes de su conversión en espacios agrícolas. Más abundantes, y más relevantes en el papel de las sebes como lugares de concentración de fauna, son las matas, arbustos y arbolillos fruticosos, encabezados por la zarza o escayu, el elemento estructural de la mayoría de estas formaciones, a la que acompañan la espinera, el rosal silvestre, el sanjuanín, el laurel, el endrino, el saúco, el cornejo, el bonetero y especies menos comunes, como el grosellero de roca, la lantana, el peral silvestre, el cerezo de Santa Lucía, el ciruelo silvestre... una amplia y variada despensa (a la que aún se añade la hiedra, importante por su fructificación tardía, a finales de la estación invernal) que tiene un papel básico en la alimentación de los pájaros frugívoros, sobre todo en otoño e invierno, hasta el extremo de que este recurso probablemente condiciona la distribución invernal de muchas especies en Asturias y en el conjunto del norte ibérico. Los zorzales son las aves más dependientes de ese alimento, pero la nómina de pájaros que lo explota comprende al mirlo, el petirrojo, la curruca capirotada (voraz consumidora de frutos de hiedra), el camachuelo común, los estorninos negro y pinto, el carbonero común, el herrerillo, la urraca, el arrendajo y a la paloma torcaz, por citar los más comunes. Si hay avellanos, se incorporan a esa relación el pico picapinos y el trepador azul.

Durante la época de cría, el principal recurso que ofrecen las sebes a los pájaros son los insectos. Las especies residentes de dieta mixta insectívora y frugívora (petirrojo, mirlo, zorzal común) siguen dependiendo de estos medios, que ahora comparten con aves estivales como la curruca mosquitera. También son inestimables emplazamientos para los nidos, ya sea en árboles o en la espesura arbustiva, a menudo espinosa, que brinda el servicio añadido de la protección. El chochín o zarrica, el acentor común, el zarcero común, las currucas mosquitera y zarcera, el alcaudón dorsirrojo y el propio mirlo son inquilinos típicos. La buscarla pintoja se oculta en ellos para cantar. Y la tarabilla común los utiliza a modo de atalaya.

Otros muchos animales se benefician del alimento y de la protección que ofrecen los setos. Entre los mamíferos, destacan el erizo europeo, la musaraña gris, el ratón de campo y dos pequeños cazadores de roedores, la comadreja y el armiño (cuyo ambiente óptimo es la campiña, por la abundancia de presas), que seleccionan preferentemente las sebes asociadas a muros de piedras. La ranita de San Antonio, trepadora, se refugia en los zarzales inmediatos a puntos de agua.

Las sebes tienen su razón de ser en los ambientes rurales, pero no son ajenas al paisaje urbano. Aparecen -resisten- en los solares y en las periferias como últimos retazos de vegetación natural -aunque empobrecidas en su composición y con una estructura igualmente más simple- y a ellas se aferra la fauna que no se acomoda al asfalto y que acaba por desaparecer conforme avanza la construcción. Dentro de los parques y jardines urbanos también hay sebes, en general de origen artificial, y siguen siendo lugares predilectos para ocultarse, guarecer el nido o buscar alimento, aunque el perfil de sus usuarios está sesgado por la adaptación previa de la fauna a los cascos urbanos. Predominan entre ellos las especies de aves de dieta mixta y flexible, que consumen frutos, semillas, invertebrados y comida aportada por el hombre, y, en cambio, faltan o escasean los insectívoros estrictos.

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