La Nueva España

Sentidos que se abren al viento en la cumbre de Penanegra

El Camín Real de la Mesa, plagado de rastros de fauna salvaje, acerca al caminante a magníficas panorámicas de peñas y cordales

11.05.2010 | 10:03

El alto del puerto de San Lorenzo es la divisoria entre los concejos de Teverga y Somiedo. Se accede a él por la deliciosa carretera que une San Martín con La Riera. Al puerto de San Lorenzo no le falta ningún sello de calidad, reúne todos los requisitos para que el acercarnos a su estructura se convierta en un rito y, por qué no, también en un mito, ya que hace siglos entró a formar parte de la historia de Asturias: fue y es un punto crucial en el Camín Real de la Mesa. Aunque no sólo es admirable por su pasado, pues guarda en su entorno belleza a raudales; sus montes cobijan y dan hogar a la totalidad de la flora y fauna asturiana. La vida, en su espacio geográfico, está en ebullición en las cuatro estaciones del año, y las noches, cuando la niebla concede su venia, hacen añicos el mapa estelar. Desde toda la bóveda celeste surgen constelaciones: Andrómeda, Casiopea, Osa Mayor, Osa Menor, Pegaso, Lira? estrellas que pugnan por hacerse ver. Tanto que vuelven mágicas las tinieblas, más si los aullidos del lobo resuenan por Penanegra.


No estará de más, para situarnos en el tiempo, hacer una somera referencia a su historia. Don Claudio Sánchez-Albornoz propone el inicio del Camín Real de la Mesa en la mansión romana de Vallata (Viadangos), situada en la vía de Astorga a Tarragona del itinerario de Antonino. Seguía el curso del río Órbigo, se acercaba a Asturias por Villarroquel y La Magdalena a los Barrios de Luna, continuaba por tierras que hoy oculta el pantano y se dirigía a San Emiliano por Puente Orugo, para tomar al sur de Torrebarrio, siguiendo el curso del río, el camino de Torrestío, pueblo inmerso en el centro neurálgico de un paraje de montaña sin par, antesala y ruta a cinco lugares emblemáticos de Somiedo y Teverga. El que asciende por el valle de Valverde a la collada del Queixeiro pasa por los puertos de Congosto y corona en Peña Orniz (2.191 metros), que asoma su cumbre sobre el lago del Valle. Otro se dirige por el valle de Sañedo hasta el alto de La Farrapona -donde hay un aparcamiento horrible, más propio de un campo de fútbol que de estas hermosas tierras- y nos traslada al conjunto lacustre más bello de Asturias: los lagos de Saliencia. Un tercero sube por el valle de Matamala hasta la collada de Las Navariegas, que abre paso a la collada homónima. Uno más camina por el valle de Valmalu hacia Ventana. Y por último, el del valle de Las Partidas: el Camín Real de la Mesa, vía militar romana, escenario de cruentas batallas entre moros y cristianos. Cuenta la leyenda que el Rey don Pelayo se sentó a mesa puesta con manteles para disfrutar y conmemorar con ricas viandas la victoria obtenida sobre los invasores musulmanes; avala esta teoría la cercana y de tétrico nombre fuente de los Huesos, que debe su topónimo a los restos humanos que se descubrieron en su cercanía. Más tarde fue camino de arrieros y paso exclusivo de carros a través de la cordillera Cantábrica. Hoy camino olvidado, únicamente recibe la visita de pastores, mastines y merinas; de vaqueros vigilantes del ganado y de excursionistas que siguen el mismo paso de los romanos por los lugares de La Mesa, La Magdalena, Piedra Jueves, San Lorenzo, Cueiro, Porcabezas, La Corredoria, Lodos, Capítulo y Santa Cristina, para finalizar el periplo en Cabruñana o Grao.


El camino que avanza hacia el Sur desde el puerto de San Lorenzo (1.349 metros), lugar en el que hay un aparcamiento, guarda en sus comienzos una panorámica circular, excepcional, de sierras, cordales y picos señeros; aunque empaña el paisaje el reluciente hormigonado del camino en la zona más empinada, que -junto con la cercana e injustificada pista que desde la braña de Tuiza asciende a la sin par, recóndita y preciosa de Llamaraxil, que disimulada entre praderas, soleada, silenciosa y profunda sólo presta oídos al rumor del río Bayo, que estremece la soledad con su canto- destroza el entorno y, además, facilita la labor de los cazadores furtivos. El mal está hecho y para remediarlo en parte el acceso tenía que estar restringido exclusivamente a uso ganadero.


La ruta se eleva arrimada a la peña El Cuervo (1.574 metros) entre hayas centenarias, acebos y piornos; no es extraño toparse con pasos de jabalíes y estiércol de lobo; al amanecer, en muchas ocasiones, observaremos las señales de orina con las que señalan su territorio. Yeguas, potros, vacas y terneros comparten alimento con los animales del bosque: los corzos se dejan ver en las postrimerías del día o en los neblinosos amaneceres por las esquinas de las praderas, prestos a refugiarse en la espesura al menor sobresalto. Así nos reciben, después de algo más de media hora de andar, braña y praderas del puerto de Piedraxueves (1.541 metros), «Petra Jovis», topónimo que confirma el origen romano de esta vía. Posiblemente en este lugar además de una venta hubiese una ermita construida sobre un ara romana erigida en honor del dios Júpiter.


La vega se descubre ante nuestros pasos; la ruta progresa con ligera inclinación y a la sombra de la sierra del Michu, que con una altitud máxima de 1.766 metros oculta al otro lado, a la vera del río Saliencia, los pueblos de Villarín y Veigas. Alcanzamos al final de la vega el mojón del Xuegu la Bola -nombre tal vez relacionado con las leyendas populares y el juego asturiano por excelencia; con bolas y bolos de oro enterrados y escondidos en tantas cuevas del solar astur-, collado que da paso a otra vista singular de tierras y picos de Castilla, Teverga y Somiedo. Destaca en primer término la cumbre afilada de Penanegra (1.833 metros), destino final de la caminata, aunque antes debemos atravesar y visitar la braña de La Corra, en la que admiraremos «teitos» perfectamente conservados al lado de otros en ruinas, algún corro y, como en todas las visitadas hasta ahora, buenas fuentes.


Si hasta el momento la ruta fue placentera, a partir de aquí se convierte en senda de media montaña; en época invernal con nieve o hielo se complica la ascensión y sólo es recomendable para montañeros expertos. Después de sobrepasar la braña topamos con la fuente La Marquesa, lugar en el que, siempre con la peña al frente, debemos desviar el paso a la izquierda para tomar cualquiera de las sendas que suben hasta la collada que da vista al magnífico hayedo que se inicia en las proximidades de Llamaraxil y asciende hasta la collada de Penanegra; guarda en sus entrañas urogallos, venados, corzos, jabalíes, lobos, raposos, y en muchas ocasiones recibe la visita del oso. Desde la collada citada en primer lugar la ruta se empina más y más, hasta llegar a la cima, que alcanzamos sin mayor problema, aunque hay que tener precaución, porque el precipicio al otro lado es considerable. La espectacular panorámica se extiende por los cuatro puntos cardinales. Aunque hay palabras para describirla, la expresión escrita nunca alcanza la intensidad de la mirada; para gozarla con plenitud hay que sentarse en la cúspide y abrir los sentidos al viento.


Ruta de ida y vuelta que podemos realizar, siempre sin prisa, en alrededor de seis horas.

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