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Desde la Antoloxía de Bolado, ninguna otra se ocupó del fin de siglo

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Xosé Lluis García Arias, primer presidente de la Academia de la Llingua, que se constituyó el 15 de diciembre de 1980.
Xosé Lluis García Arias, primer presidente de la Academia de la Llingua, que se constituyó el 15 de diciembre de 1980. 
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El punto de vista que adopta el antólogo en esta introducción resulta especialmente interesante por lo que tiene de aceptación, desde un escritor en castellano, de los principales postulados de los que parte el Surdimientu. El propio Argüelles quiere que en su trabajo haya «más hechos objetivos que opiniones», y lo consigue, porque la existencia de la lengua asturiana no es una opinión, es un hecho objetivo. Es esclarecedora la oposición que hace, a la hora de analizar el conflicto lingüístico, entre los que quizá sean los dos teóricos más importantes de la lengua asturiana, Jesús Neira y Xulio Viejo, profesores ambos de la Universidad de Oviedo. Tienen dos maneras enfrentadas de entender un mismo hecho: el habla de Asturias. Jesús Neira, nacido en 1916, niega la existencia del concepto «lengua asturiana», prefiriendo hablar de «abanico de bables». Para Xulio Viejo, nacido en 1968, escritor y poeta representado en la antología, «hablar de comunidad lingüística asturiana hace obligada la noción de lengua asturiana: de un sistema lingüístico unitario y diferencial». Desde los años setenta, y hasta hoy, Jesús Neira es el referente de muchas personas para el asturiano. En aquellos años, publicaciones de enorme difusión impulsadas por editoriales como Silverio Cañada o Ayalga fijan los principios ideológicos en los que se basa la cultura de Asturias de las décadas siguientes. Curiosamente, en lo que se refiere al asturiano, la línea que marcan es contraria no sólo al proceso de normalización, sino al propio reconocimiento del hecho lingüístico diferencial. Jesús Neira para los aspectos del asturiano, Carmen Díaz Castañón para los literarios e incluso Bernardo Fernández para el regionalismo político histórico se encargan de rechazar su especificidad. Tendrá que ser desde la propia lengua asturiana desde la que se dé contestación a todas y cada una de estas teorías de la negación, pero con un alcance social mucho más limitado. Sin embargo, la «Introducción» de José Luis Argüelles es la mejor prueba de cómo van calando en la sociedad estas nuevas ideas sobre la realidad lingüística y cultural de Asturias.

En lo que se refiere a las etapas literarias del Surdimientu, Argüelles incide en las fechas esenciales que marcan la evolución de estos años, aceptando la idea de que existen tres generaciones literarias diferenciadas. La primera, «de cuño militante», sería la que se organiza en 1974 alrededor de Conceyu Bable y supone la ruptura de la decadencia cultural a la que parecía abocada Asturias. Uno de sus logros sería la creación de la Academia de la Llingua en 1980. Sigue después una etapa de afirmación literaria, «de ajuste estético», con la segunda generación en escena, que tiene su momento de inflexión en 1987, cuando se convoca la I Xunta d'Escritores Asturianos de Villamayor y se sientan las bases para el desarrollo lingüístico, literario y editorial de las dos décadas siguientes. Frente a quienes quieren ver en los autores nacidos desde finales de los años sesenta hasta primeros de los ochenta una nueva ruptura generacional, Argüelles destaca la línea continuista: «Mantienen la exigencia del poema como artefacto literario que quiere la complicidad de la emoción del lector a partir de unas palabras precisas, no atrofiadas por el uso».

El núcleo central de «Toma de tierra», más de la mitad de los autores seleccionados, lo forman poetas que pertenecen a la segunda generación del Surdimientu. Para elaborar esta antología, José Luis Argüelles estableció la relación de poetas e invitó a cada uno a escoger de entre su obra diez poemas y a traducirlos él mismo al castellano. Es un criterio tan válido como otro cualquiera, pero nos hubiese gustado más que el propio Argüelles hiciese la selección de los textos, sin atenerse a un principio tan «democrático», que no sé si sirve para la poesía. De la nómina de autores llama inmediatamente la atención la ausencia de Felipe Prieto, un nombre que no se puede considerar propiamente del Surdimientu (es rigurosamente coetáneo, pero no parece que participe del movimiento reivindicativo de sus compañeros de generación). Sin embargo, su obra poética en asturiano, muy breve, se leyó en su momento con atención. Esta ausencia es tanto más destacable cuanto que era el poeta «incuestionado»: en los años setenta y ochenta, cuando se negaba la existencia del «sistema literario asturiano» y se restaba valor a la literatura en esta lengua, esos teóricos de la negación hacían siempre excepción con la obra de Prieto. También echamos de menos a Concha Quintana, pero esta poeta sí estaba en la relación inicial y su omisión parece responder a una decisión personal. En este capítulo de ausencias, de poner alguna objeción sería más bien por abajo, entre los más jóvenes. Autores como Sergio Gutiérrez Camblor, Pablo X. Suárez, Carlos Suari o Iván Cuevas, todos con libro publicado, podrían estar incluidos.

Desde la «Antoloxía poética del Resurdimientu» de Xosé Bolado (1989), la primera de este período, ninguna otra se había ocupado de la poesía en asturiano de finales del siglo XX en su conjunto. Las de Cilleruelo (1994), López-Vega (2002), García Martín (2005) o Piquero (2006) se centraban en los poetas de la segunda generación o en los de la segunda y tercera, mientras que los de la primera no tienen aún la suya propia. Por ello, acierta Argüelles al rescatar en su libro a poetas como Nel Amaro, Xosé Bolado, Lluis Álvarez o Xosé Manuel Valdés, ausentes de cualquier antología anterior. Lo mismo ocurre con Xilberto Llano, un nombre esencial en los años ochenta que fue quedando relegado sin otra justificación que no haber publicado libro en aquel momento, o Xosé Antonio García, cuya muerte en 1997 abrió para él un paréntesis de momentáneo olvido que parece haberse cerrado en este 2010, cuando se le dedica la Selmana de les Lletres y se edita su poesía con abundantes inéditos. Por su parte, Miguel Allende pasa a ocupar el sitio que le corresponde entre los poetas de su edad, después de publicar su primer libro con cuarenta y cuatro años. Los demás nombres (hasta completar siete mujeres y treinta y un hombres) vienen repitiéndose en las distintas antologías del período. Lo novedoso de este libro es encontrarlos a todos traducidos al castellano, muchos de ellos por primera vez. Seguramente donde mayor sorpresa vaya a causar el buen hacer poético de estos autores sea entre los propios asturianos, que aprovecharán la traducción para acercarse a ellos.

Treinta y cinco años de poesía en movimiento son muchos como para que pueda encontrarse fácilmente un nexo de unión entre autores de tan distintas edades y tendencias. Cuarenta años separan, como vimos, a Pablo Ardisana de Vanessa Gutiérrez. Quizás en todos ellos podamos encontrar, desde distintas perspectivas, una reflexión afín sobre la pasión de la tierra. Sin embargo, cuando José Luis Argüelles intenta encontrar un hilo común, más allá de la propia lengua en la que se expresan todos, tiene que acudir a una consideración extraliteraria: que el asturiano no sea oficial «es una decepción con la que conviven, más allá de las diferencias estéticas o ideológicas, la mayoría de los poetas reunidos en esta antología». No debería estar lejos el día en que esa decepción se disipe. Para entonces, la sociedad asturiana habrá cambiado la percepción que tiene de sí misma. A este respecto cuenta Lluis Álvarez que, quejándose un día al entonces jefe de la Casa Real de que el asturiano no fuese oficial, le contestó Sabino Fernández Campo: «Tú ya sabes que para nosotros es oficial». Para la literatura, para la poesía, como queda patente en esta «Toma de tierra», el asturiano también es oficial.

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