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Lo que cuenta el bosque

Una caminata por las tierras vaqueiras de El Pevidal, Buspol y La Pouga, zona suave y próspera en la que el ganado es el rey

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Hórreo tallado en El Pevidal.
Hórreo tallado en El Pevidal. 
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ALBERTO CARLOS POLLEDO ARIAS
Con bastante frecuencia, amigos y conocidos poco familiarizados con el entorno natural que quieren disfrutar de una jornada de monte sin sobresaltos, me hacen la siguiente pregunta: «¿Qué lugar me recomiendas para ir de excursión?» La respuesta siempre, sin variación, es semejante porque, en Asturias, sin pecar de chovinismo, cualquier lugar es notable para iniciar la excursión. Inicia el camino por la primera «caleya» que encuentres, lo mismo da que vaya a la derecha o al contrario y que suba o descienda porque, sin duda, va a conducirte a un paraje interesante. Eso sí, hay que agudizar los sentidos.

No demos un vistazo superficial porque el paisaje lo conforman minúsculos detalles: desde las flores que visten de novia al ciruelo a las que adornan de luces toreras las pescales, pasando por la belleza inmaculada de los espinos y los pétalos irisados del manzano. Contemplar con lentitud un castaño centenario de tronco retorcido, artrítico, fantasmagórico, desde el que nos observa un raitán curioso y descarado, o las piruetas arriesgadas de aquella pareja de ardillas, brincando de rama en rama, interpretando el ballet del amor. Qué maravilla aquel hayedo neblinoso y pingón que oculta por doquier xanas de trenzas doradas, busgosos cornudos con pezuñas de cabra o trasgos malhumorados y traviesos, incapaces de llenar un cesto de agua en el cercano arroyo. Vislumbrar a través del follaje las lejanas cumbres nevadas, la cinta plateada de los regueros, la niebla instalándose en el valle o las negruzcas nubes que anuncian temporal reposando sobre la sierra. El tremendo resplandor del rayo que desmocha un roble y la tormenta que despierta los cauces. Buitres levitando en el tornasol celeste y aguiluchos de alas encogidas cayendo en picado sobre la presa. Lirios silvestres, primaveras, amapolas, milamores, pitinos, ortigas, siempreniñas, narcisos, margaritas, nabos del diablo, matapulgas, brezo, ombligos de Venus, flor del cuco y tantas flores más que, sin pedir nada a cambio, son un regalo para la vista. Hórreos, paneras, teitos, cabañas, cuadras, galerías, fornos, capillas, aperos antiguos, palomares, tejos, chimeneas humeantes, colmenares, fuentes cantarinas y abrevaderos embarrados. Ropa tendida sobre el verde o agitada por la brisa en el tendedero. Bandadas de revoltosos gorriones, el vigoroso aleteo de las torcaces, el vuelo presuroso del arrendajo, el vistoso frac de la urraca y el luto riguroso de los cuervos. La creación a nuestro alcance en un abrir y cerrar de ojos.

Cómo no escuchar los sonidos misteriosos del bosque cuando el aire penetra, agita y fuerza sus entrañas: hace gemir al haya y temblar al abedul. El ritmo monótono del pájaro carpintero cuando en busca de alimentos tamborilea una y otra vez sobre la corteza del castaño. El vuelo acelerado del arrendajo cuando descubre nuestra presencia, ave hermosa, tan bien vestida como fatal canora. El ladrido asustado del corzo, el berrido celoso del ciervo, el reclamo amoroso de las torcaces, la siniestra melodía de las lechuzas, el silbido profundo del rebeco en alerta, el canto agudo de la pareja de águilas contra el cielo azul, el aullido lejano del lobo, la ronca amenaza de los mastines. Qué gran concierto en el mejor de los auditorios.

En esas andaba un día de finales de invierno que, no recuerdo el motivo, se me pegaron las sábanas y salí de casa cuando la mañana ya se había lavado las lagañas y las horas de luz no daban tiempo para un recorrido largo.

Pronto me vino a la memoria un rincón de nuestra geografía que siempre había vislumbrado desde la distancia y seguro que alberga en sus entrañas un paisaje y una historia entrañables. Es un cuenco precioso asentado en el concejo de Salas, a modo de dos vasos superpuestos, entre La Espina por el Norte, Soto de los Infantes (140 m.) por el Sur y la sierra de Idarga por el Oeste. Desde el segundo de estos pueblos -del que Mario Roso de Luna dice: «El espectáculo que desde la terraza se me ofrecía a la vista era imponente. Aquel laberinto de montañas enhiestas, que encerraban como en una grieta inmensa, hondísima, el tortuoso valle del clásico Soto: Los buenos quince o veinte metros a que nos hallábamos sobre el río eran mera insignificancia frente a las alturas del contorno y, sobre todo, frente al talud, casi cortado a pico y allí encima, del ciclópeo Courío»- parte la AS-226, carretera ascendente que a los pocos metros pasa junto a los restos de una torre, también descrita por Roso de Luna en el libro «El tesoro de los lagos de Somiedo» con estas palabras: «penetramos en el altozanito que forman los copiosos escombros del que fuera en tiempos castillo feudal de Mirandas-Valdecarzana y otras familias, con ellos enlazadas cual los Fuenclara, los Valdés y los Vallehermoso, y frente al lienzo del Sur, que aún conserva una de sus ventanas ajimezadas del piso alto y arranques del artesonado» y llega, en el kilómetro 4, al alto de Piedrafita, en el cruce con la calzada que se dirige a Cornellana. Un desvío a la izquierda me acerca en pocos metros al lugar de El Pinedo; a la vera de unas casas parte una pista en dirección al pueblo de Pereras (420 m.), caserío en el que me reciben los ladridos de unos sabuesos preciosos y el cacareo de unas pitas de raza asturiana (pintas, como las censuradas de Pepe el Ferreiro). Qué gran injusticia, por no llamarlo atropello, están cometiendo con el creador del Museo Etnográfico de Grandas de Salime.

Camino suave, ligeramente pendiente, el que, entre avellanos y eucaliptos, me lleva hasta la pista, construida por la forestal, de La Cabañona, por la que prosigo hacia arriba hasta alcanzar el edificio de la antigua escuela, maltratado por la burrez y la desidia, situado en la encrucijada de caminos. Los barrios de La Cruz, La Tichera y La Braña, ya con una altitud de 600 m., conforman este núcleo, en el que penetro por el camino que avanza por la parte baja de la escuela, paso junto a una fuente y por La Peña me encamino a Buspol (620 m.) balcón privilegiado sobre el valle del Narcea. Los ganaderos de esta zona en el estío llevan vacas y yeguas a los pastos de Santa María del Puerto en Somiedo, dos de sus vecinos lo trasladan a Perlunes; no en vano estamos en territorio vaqueiro y todos estos lugares eran brañas de invierno. También este antiguo solar conserva vestigios tumulares megalíticos en las Chamas de Penausén, excavados a finales de los años setenta y datados alrededor del tercer milenio antes de Cristo. Al igual que en los cercanos Courío y Carlés, en la ladera norte del pico Calabazos (719 m.) quedan señales de la canalización que trasladaba el agua a las explotaciones auríferas de Ablaneda y Godán.

Carretera arriba llego -después de pasar junto a la central que conduce la energía de los parques eólicos que proliferan más que las senderuelas y son un cáncer paisajístico- a un alto desde el que se vislumbra un panorama circular magnífico delimitado por las sierras de Bodenaya al Norte, Carrales al Sur e Idarga al Oeste, que enmarca las aldeas citadas más las de La Bouga, La Curriquera, Las Llanizas, Idarga (parroquia de Santa María Magdalena) y Cueva. Desde La Bouga, ya siempre por carretera, retomo la dirección al Pevidal y El Pinedo, punto de partida. No sin antes contemplar, una en la distancia y la otra a mi paso, las cicatrices luminosas, llamativas y horribles, de las minas, a cielo abierto, de caolín. Como siempre que las canteras entran en juego, sin vestigios de rehabilitación paisajística. A pesar de ellas vale la pena asomarse a estas tierras verdes, suaves y prósperas en las que el ganado es el rey. Tres horas de caminar, sin prisa, por caminos y carreteras casi sin circulación.

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