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Apuntes del natural

El riesgo de extinción del urogallo cantábrico se consuma en el centro y el oriente de la cordillera

La especie desaparece sin que sepamos por qué y sin que se haya actuado para evitarlo

 09:09  
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El macho de urogallo bautizado como «Mansín», en el pueblo de Tarna.
El macho de urogallo bautizado como «Mansín», en el pueblo de Tarna. juan plaza

LUIS MARIO ARCE
Los resultados del último censo de urogallo cantábrico (una subespecie endémica de la cordillera, catalogada «en peligro de extinción» por el Estado y por el Principado) cumplen los peores pronósticos sobre su evolución demográfica. Está en curso una «segunda vuelta», pero no cabe esperar una variación significativa de los datos: 3-6 machos en total, localizados entre Aller (1-2), Caso (0-2), Ponga (1) y Lena (1). Las visitas a los cantaderos de Peñamellera, Amieva, Sobrescobio, Laviana, Quirós, Teverga, Grado, Belmonte y Somiedo han resultado todas negativas. La mayoría de estos concejos ya dio cifras mínimas en el censo general de 2000-2001 (por debajo de seis ejemplares), con las excepciones de Ponga, Caso y Aller, el «núcleo fuerte» del Oriente, donde se localizaron 10, 11 y 11 machos, respectivamente. En los tres, la población ha caído del orden de un 90 por ciento, según el censo de este año.

Hay que precisar que no se han censado los urogallos del Suroccidente, donde sobrevive el grueso de la población asturiana (51 machos en 2000-2001, el 50 por ciento del total), y que, dentro del área centro-oriental, se ha hecho un muestreo, es decir, se ha visitado un número limitado de cantaderos (aquellos en los que se detectó presencia de aves en una inspección efectuada en 2005). Ambos criterios son discutibles, particularmente el segundo, ya que las aves pueden cambiar de cantadero de unos años a otros. Por tanto, se manejan datos parciales y sesgados, cuando el riesgo de extinción de la especie aconseja disponer de la información más precisa posible (y no sólo de presencia o de número; son muchas las incógnitas que atañen a la gestión de la especie y que no se están investigando).

Dicho esto, no cabe duda de que el urogallo cantábrico continúa perdiendo población a gran velocidad. Hace seis años, el Grupo de Trabajo del Urogallo del Ministerio de Medio Ambiente pronosticaba su extinción en dos décadas si la tendencia no mejoraba. A tenor de la caída dramática del censo en Ponga, Caso y Aller, parece haber ido a peor. Más aún, este muestreo da a entender que se ha consumado la escisión de la población de urogallo en dos subpoblaciones aisladas (anunciada por los resultados de 2000-2001), con un amplio espacio vacío entre ellas que se extiende por el nudo central de la cordillera, entre Quirós y Somiedo. Ambas circunstancias dejan a la subpoblación oriental en situación irrecuperable. Y no cabe pensar en un refuerzo por parte de las aves establecidas en la vertiente leonesa de esta parte de la cordillera, donde la población de urogallo está igualmente al límite.

Los problemas metodológicos que plantea el sistema de estima y los distintos enfoques que se pueden aplicar al análisis de los datos admiten interpretaciones más optimistas y conclusiones más abiertas. Pero en todos los casos el resultado mostrará un declive claro y rápido.

El urogallo cantábrico se extingue. ¿Qué se está haciendo para evitarlo? La única herramienta consensuada para actuar, el plan de conservación del hábitat aprobado en 2003, está guardado en un cajón. ¿Qué sabemos sobre las causas de este proceso? Casi todo son interrogantes, conjeturas e ideas prestadas de estudios en países con larga trayectoria en la investigación y en la gestión de esta especie, que también mengua en el resto de Europa, aunque a otro ritmo y a otra escala.

Hay, en todo caso, algunos hechos bien establecidos e importantes. Primero, la baja tasa de supervivencia de los pollos: 0,37 por nidada, cuando el valor para que la población se mantenga en equilibrio es de dos. Ergo esta es una causa directa del declive del urogallo. El problema se plantea a la hora de explicar ese fracaso. Aquí entran en juego las hipótesis. No obstante, se han formulado algunas bien argumentadas y cuya combinación ofrece una explicación satisfactoria: mal estado fisiológico de las hembras, un índice desproporcionado de depredación sobre huevos y pollos y unas condiciones atmosféricas adversas durante el período de eclosiones y en los primeros días de vida de los pequeños urogallos.

La influencia negativa del mal tiempo en la etapa más temprana de los pollos está ampliamente documentada en esta especie y en el conjunto de su familia, las tetraónidas. A este respecto, un estudio finlandés de los años ochenta realizado por Hissa y colaboradores determinó que los pollos de urogallo sólo soportan unos minutos temperaturas de 10-15º C durante sus primeros 7 a 11 días de vida debido a que no son capaces de termorregularse. Considerando esta desventaja, es obvio el impacto nocivo que debe tener en los pollos la tendencia de los últimos años al aumento de las lluvias copiosas y de las nevadas tardías en primavera. A su vez, el índice de depredación (tanto sobre los pollos como sobre los adultos) puede haber aumentado, bien por un incremento demográfico de los carnívoros (sobre el cual se carece de datos), bien por una presión más intensa de los cazadores debida a una mayor exposición de las aves a los mismos, que estaría vinculada a la fragmentación del hábitat. Este fenómeno aumenta la superficie de borde forestal y, tal como han demostrado diversos estudios, los bordes forestales favorecen la efectividad de los depredadores.

Sobre este particular, el grupo de especialistas participante en la elaboración de la «Estrategia para la conservación del urogallo cantábrico» concluye que «la fragmentación del hábitat como variable relacionada con la densidad de bordes forestales se revela como el factor clave en el declive del urogallo cantábrico». El hábitat está, casi siempre, en el trasfondo de los problemas de conservación de las aves. Y un hábitat fragmentado no sólo beneficia a los enemigos del urogallo; también resulta menos habitable. Las extinciones locales son tanto más frecuentes cuanto menores son y más aisladas se quedan las masas forestales ocupadas por la especie.

Un artículo publicado en 1999 por Sami Kurki y colaboradores, basado en el estudio de más de un millar de hembras con pollos, establece una correlación negativa entre el éxito reproductor y la fragmentación del hábitat y la reducción del número de árboles viejos, de modo que la proporción de hembras con pollos fue siempre inferior en bosques fragmentados. Estos autores consideran que la causa más probable es la mayor depredación de nidos por parte de los carnívoros.

Acerca de la condición física de los adultos reproductores, el invierno es una época crítica en su supervivencia debido a que, en los bosques caducifolios, apenas hay alimento en los árboles (sólo brotes de haya, muy poco nutritivos, y acebo, en general disperso) y el que ofrece el suelo está cubierto por la nieve, de modo que el urogallo debe adaptar su dieta a lo poco que encuentre y esa búsqueda lleva aparejado una mayor movilidad, con el incremento del riesgo de depredación que ello conlleva. Además, en esas circunstancias es vital el ahorro de energía, de forma que cualquier desplazamiento forzado por molestias humanas (cazadores, excursionistas) menoscaba la condición física de las aves y, por consiguiente, reduce sus opciones de sobrevivir.

La fragmentación de los bosques afecta negativamente al urogallo, pero también lo hace su estado cada vez más asilvestrado, consecuencia del despoblamiento rural y del abandono de muchas actividades tradicionales aparejado a dicho fenómeno. Puede parecer una afirmación sorprendente, pero hay que empezar por aclarar que el concepto de bosque natural es ajeno a las masas forestales de Asturias y de la mayor parte de Europa occidental; concretamente, nuestros hayedos han estado sometidos al manejo humano desde su establecimiento como bosque dominante, hace unos 4.000 años (con anterioridad, la actividad humana ocasionó la desaparición de los pinares silvestres, con los que el urogallo llegó a la península Ibérica durante el último avance glaciar). Las talas, las quemas, el pastoreo... mantuvieron una estructura forestal abierta que benefició al urogallo, necesitado de claros herbáceos y de buenas matas de arándano, de los que obtiene gran parte de su alimento (en especial los pollos), mientras que las zonas más densas las utiliza sólo como refugio. Ahora los bosques se están densificando y, según concluyen distintos estudios (por ejemplo Rubiales y colaboradores, en la cordillera, y Sachot y colaboradores, en Suiza), esta circunstancia podría estar actuando en contra del urogallo.

Limitar la fragmentación forestal, como forma de controlar la influencia excesiva de los depredadores, y favorecer una estructura vegetal abierta en los bosques son propuestos como aspectos esenciales en la conservación de la especie.

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