En un vistazo

El maestro de la navaja fina

Melchor Legaspi aprendió de su padre y de su abuelo el oficio de «navalleiro» y con el paso de los años consiguió superar a sus mentores para ofrecer artículos «a la carta»

 
El maestro de la navaja fina
El maestro de la navaja fina  
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POR TANIA CASCUDO Taramundi



Su abuelo transmitió a su padre un oficio que finalmente él acabó heredando. Melchor Legaspi es «navalleiro» y en su haber tiene el mérito de haber revolucionado el concepto de navaja taramundesa, convirtiéndola en objeto de regalo y admiración. De su familia aprendió a hacer las que llama «navajas normales» pero poco a poco, investigando y buscando, logró algo diferente. De la mano de los nuevos materiales y la inclusión de adornos y detalles consiguió objetos únicos que empezó a fabricar por encargo.



En su casa no dejó ni una sola de sus piezas, como le reprocha cariñosamente su mujer, y todas sus creaciones se encuentran ahora dispersas por medio mundo. Entre sus clientes más distinguidos cita al Papa Juan XXIII, a quien envió una de sus joyas bajo encargo de un cura. Cuenta Melchor, popularmente conocido como «Melchor de Cachón», que cuando empezó a hacer navajas se vendían a seis pesetas la docena, mientras la última que fabricó la vendió por 10.000 pesetas. A sus 94 años dice no echar de menos su oficio, aunque sus ojos y su mente se avivan cuando habla de sus tiempos al frente de la forja de Os Teixois.



Fue a la escuela lo que pudo y lo que la escasa economía de otros tiempos permitía y después, cuando empezaba a hacerse con el oficio, llegó la mili. Como tantos otros de su generación, le tocó prestar el servicio en tierras africanas, donde recuerda que pasó mucha hambre.



No obstante, no lo tomó como un castigo, pues corría el año 37 y las alternativas no eran mejores. «Los asturianos teníamos mala fama, nos llamaban dinamiteros, así que nos alejaron del frente para que no diéramos problemas», cuenta. Tanto lo alejaron que le dieron por destino la ciudad de Larache, justo en el límite del protectorado español de Marruecos. Allí trabajó la mayor parte del tiempo al frente de una forja en la que hacía «un poco de todo», desde emblemas y herraduras a reparación de todo tipo de elementos de hierro. «A veces rompía las camas para entretenerme en reparar los muelles», confiesa.



Legaspi recuerda el miedo aterrador que pasó los primeros días de mili, tanto que simuló que estaba enfermo. Un mes se pasó en cama, esquivando la instrucción militar, hasta que no le quedó más remedio: «Como estaba malo sólo me daban leche y pan. Mucha hambre tengo pasado».



De regreso a su casa taramundesa, tras tres años de periplo africano, no le esperaba otra cosa que trabajo. Su padre había fallecido y uno de sus cinco hermanos se hacía cargo del taller. Con veintidós años toma las riendas del negocio, ya que su hermano parte al exilio de Buenos Aires. En la primera década en el taller siguió sin más con el negocio familiar pero pronto empezó a tener inquietud por mejorar: «Decidí que aquello no era jornal, daba muy poco dinero, así que tenía que hacer algo diferente».



A partir de una idea que vio por tierras santallesas, comenzó a utilizar otros materiales en la elaboración de los mangos de las navajas. Fue entonces cuando dejó a un lado la madera que utilizaba hasta entonces y empezó a probar con materias variados como cuernos de carnero, hueso de venado y hasta de ballena. «Así empecé a perfeccionarme en navaja fina. Las primeras semanas la vendía a 1.000 pesetas, pero al cabo de dos meses ya pedía por ellas 2.000».



Además del cambio de material, también discurrió intercalar entre el mango y la hoja pequeñas piezas de metal en las que podía grabar el nombre del comprador. Según el precio que el cliente quisiera abonar Melchor elegía los materiales. Y con tan buen gusto y criterio trabajaba que no alcanzaba a llevar al día su interminable lista de encargos. «Ni siquiera antes de jubilarme conseguí terminar la lista», asegura.



Tal fue su éxito que nunca tuvo la necesidad de salir de su taller para vender una de sus navajas. Se las quitaban de las manos con tal rapidez que no fue capaz de hacerse con un muestrario que enseñar a los visitantes que se acercaban a Os Teixois. También explica que, en el poco tiempo libre que le dejaban las navajas, le gustaba probar con otras cosas: «Hice muebles, trompas y hasta un reloj de madera y una escopeta».



Por si fuera poco el trabajo de Melchor, en el año 1980 pone en marcha junto a su mujer el complejo etnográfico de Os Teixois. Este espacio, que hoy gestionan sus hijos, es uno de los principales reclamos turísticos del concejo. Tras la jubilación de Melchor, a los 65 años, el matrimonio dejó la aldea de Teixois y se trasladó a la capital del concejo donde sigue viviendo.

Sus inicios



-Con trece años aprendió a hacer su primera navaja y con treinta empezó a perfeccionar su técnica. Su firma fue siempre «JL», la misma que utilizaba su hermano y que Melchor heredó cuando le tocó tomar las riendas del negocio.



Compañera de toda la vida



-En el año 52 se casa con Trinidad Castro, vecina de O Teixo. Cuenta Melchor que la conoció cuando ella tenía 13 años y que «desde ese mismo momento no la olvidé ni un momento».



Un artesano con fama



-Los turistas acudían a su taller atraídos por la fama de las navajas de Melchor, aunque nunca dejó que le viesen trabajar. «Si estaba alguien delante hablaba más que trabajar».



Trabajador incansable



-Confiesa que tiene pasado horas interminables en el taller, perfeccionando y mejorandos sus piezas. Cuando tenía tiempo se dedicaba a hacer otras cosas como muebles o instrumentos. «Me gustaba hacer cosas raras que no hacían otros», comenta.

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