Tapia de Casariego,
Ana M. SERRANO
Para su nieta, Elvira Bobo, el de anteayer fue un capítulo más de «la intensa vida de cine» de Julia Rosa García. Con 92 años, oriunda de Grado y residente en Tapia de Casariego, recibió un cálido homenaje llegado de Madrid, de aquella ciudad lejana a la que tuvo que viajar para casarse, para hacer su vida en los tiempos difíciles de la posguerra, para crecer económica y personalmente. Tiempo había para retornar a la «tierrina», donde ahora reside y adonde los asturianos de la capital se desplazaron para convertirla en protagonista de Tapia de Casariego por una tarde.
El Centro Asturiano de Madrid quiso premiar la intensa entrega de este mujer a la vida con la I «Panera de plata», una distinción que ha puesto en marcha este año y que pretende reconocer la trayectoria de aquellos asturianos que por una u otra razón coincidieron en Madrid.
Julia Rosa García, viuda del escritor y periodista asturiano Juan Antonio Cabezas; «Julina» para la familia, «Mamina» para sus vecinos, «Santina» para su marido, atesora todos los méritos para recibir el galardón. Tuvo que interrumpir sus estudios de Bachillerato por el inicio de la Guerra Civil, se casó con Juan Antonio Cabezas cuando sobre éste todavía pesaba una condena de muerte (y lo hizo en la cárcel); educó a cinco hijos y supo respaldar sin descanso la labor literaria de su esposo: «Fue correctora, secretaria, crítica y lectora de tantas novelas», recordaba su familia.
Julia, que se instaló en Tapia hace ya cinco años, vive aquí con su hija, «feliz» -«y ese es el secreto de mi longevidad», dice-. Y en Tapia, en su querida villa, recibió con las gaitas, con la presencia de sus vecinos y con emotivos discursos la «Panera de plata». «Guardas en tu interior el saber estar, la templanza y la tolerancia», le dijo, emocionada, su hija Julia Cabezas. Para la protagonista, para la «dama entrañable», la «vecina muy querida en Tapia», la «mujer valiente», la «novia que se casa en la cárcel», no hubo más que aplausos. En la Casa de Cultura de Tapia, repleta de público, volvió a sentir el calor de sus allegados y a tomar conciencia de lo que con esfuerzo y vitalidad hizo y sigue haciendo en su vida.
Ella contuvo las lágrimas cuando recibió el reconocimiento. Y derrochó, un día mas, valentía.