JORGE JARDÓN
Cada vez que tengo que aguantar a uno de esos personajes insufribles por su «pelmez» me viene a la memoria un caso que viví en las comedias en la plaza de Navia. Después de un recitador inmundo que aburrió al respetable contándole una sucesión de incoherencias y despropósitos, le tocó el turno a una bailarina que le pegaba bien a la copla. Cuando estaba apurando la despedida, alguien del público gritó desesperado: «¡No marches, que vuelve el recitador!». Y, efectivamente, como si se tratara de un reclamo, volvió el recitador y el público empezó a marchar con la banqueta para su casa, sin esperar ni tan siquiera a la rifa, que siempre consistía en una colcha horrorosa o en una botella de un coñac del más barato. La gente solía acudir a estas manifestaciones con una banqueta o un pequeño banco bajo el brazo para asegurar asiento debido a que la plaza disponía sólo de algunos escalones aislados intercalados entre sí a una gran distancia.