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Recuerdos en conserva

Trinidad Lastra mantiene intacta a sus 95 años la memoria de su paso por las fábricas de Puerto de Vega, donde trabajó de los 14 a los 63 años

 
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Trina, la segunda por la derecha, sentada, con otras trabajadoras de la conservera de Las Tuerbas.
Trina, la segunda por la derecha, sentada, con otras trabajadoras de la conservera de Las Tuerbas.  reproducción de tania cascudo
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Puerto de Vega (Navia)

A Trinidad Lastra ya no le gusta el mar. En sus frecuentes paseos por el centro de Puerto de Vega evita en lo posible acercarse al Cantábrico. Calmo a veces pero fiero otras muchas, a Trina, como la conocen todos en la villa naviega, el mar le mostró hace años su peor cara al llevarse consigo a uno de sus hijos. Pero a Trina no le gusta hablar de ello porque, dice, «hay cosas de las que es mejor no acordarse».

Nació el día de San Juan de 1914, por lo que luce 95 estupendas primaveras. «Lo peor son los pies», se queja esta mujer que puede presumir de una excelente memoria y lucidez. A las puertas de su casa recibe la atención de sus vecinas que no paran de regalarle piropos. «Trina es la joya del barrio», dicen.

Su más tierna infancia la pasó en Caborno, el barrio pesquero por excelencia. Por eso, como no podía ser de otro modo, esta hija y nieta de pescadores trabajó toda su vida vinculada al mar. Fue a la escuela hasta los catorce años y aún recuerda a su maestra, Manuela, una mujer impedida a la que sus alumnas ayudaban a subirse al transporte para ir a la escuela. Tras el colegio, y siendo aún una niña, empezó su vida laboral, que se prolongó, sin descansos ni vacaciones, durante más de cincuenta años. «Aquello sí que era trabajar», recuerda.

Empezó a trabajar en la fábrica de conservas Las Tuerbas, donde se dedicaba a la salazón. «Entrábamos a las nueve de la mañana y salíamos a la siete, aunque había veces que no nos daba tiempo a acabar y terminábamos a las 4 de la mañana». En «el chamizo de Las Tuerbas», dice Trina, pasó unos cuatro o cinco años, con buenos y malos momentos. Las jornadas eran duras, pero también es cierto que hubo buenos momentos con sus compañeras y siempre que podían no se perdían las fiestas de los pueblos cercanos o el baile de los domingos en La Jerónima.

Trina se casó con Narciso Méndez, también marinero y vecino de toda la vida, y con él tuvo ocho hijos, el mismo número que sus padres. Los ocho nacieron casi de forma consecutiva así que, con algunos meses de descanso, se puede decir que Trina se pasó ocho años embarazada. «La verdad es que tuve mucha suerte y nunca me dieron lata los embarazos». Tal es así que Trina trabajaba hasta el último momento. «Un día venía de vender pescado y al llegar a casa me puse de parto. Un vecino que acaba de verme pasar no lo creía», cuenta entre risas.

Como el trabajo en la conserva dependía de si había pesca o no, había que buscarse trabajos complementarios con los que llevar dinero a casa. Así que cuando no iba a la conserva Trina, como otras muchas mujeres de Puerto de Vega, se buscaba otras ocupaciones, como por ejemplo acarrear pescado desde los barcos a la fábrica. Hacía viajes entre la lancha y la conservera con barreños de 20 kilos de peso en la cabeza «y a veces llevábamos el de la cabeza y entre dos acarreábamos otro con los brazos».

Pero el viaje más duro y largo no era hasta la fábrica sino hasta las villas cercanas como Navia, a las que se desplazaba para vender pescado. «Íbamos hasta la plaza a vender el pescado que traían las lanchas y cuando no acabábamos el barreño en Navia dábamos un paseo por los pueblos de alrededor hasta llegar sin nada a casa». Pasaban el día entero dedicadas a esta labor.

Con este son tres los trabajos conocidos de Trina, pero aún puede hablarse de algunos más. Su familia tenía unas pequeñas tierras de labranza, en las que también pasó algún que otro día cuando el mar blindaba su entrada en días de temporal. Y si no tocaba el campo, tocaba ayudar a los marineros a recoger algas, «ouca» como se conoce en la zona. «La recogíamos del mar, la amontonábamos y luego la vendíamos a los aldeanos que la usaban como abono», explica.

En su vida Trina pisó tres conserveras distintas: Las Tuerbas, La Venecia y La Arenesca. Conoce a la perfección el proceso para la conserva del bonito, el bocarte y el chicharro, los tres pescados que tradicionalmente trabajaron las fábricas naviegas. «Desde los catorce a los sesenta y tres años estuve trabajando si parar», apunta. Y lo consiguió gracias a que su madre le cuidaba a los ocho hijos mientras ella se ganaba el jornal. Por eso explica que fueron tiempos duros, de extrema pobreza. Cuando su marido llegaba de faenar y antes de que vendiera el pescado ya había invertido Trina las ganancias en la tienda del pueblo. Y es que antaño los comerciantes vendían productos a cambio de peces que aún no se habían ni pescado. Así sobrevivían las gentes del mar.

Dice orgullosa que, pese a las penurias, sus hijos «siempre anduvieron limpios y nunca descalzos, porque cuando las alpargatas se gastaban, aprovechaba la suela y les renovaba la tela». Porque claro, antes y después de la faena diaria siempre había que sacar tiempo para las cosas de la casa.

Trina pasó todo lo inimaginable y, aún así, sobrevivió. Todavía hoy dice que si le piden volver a la fábrica lo haría encantada. Eso sí, con la única condición de trabajar sentada.

Infancia

Trina nació el día de San Juan de 1914 en el barrio de Caborno. Junto a sus ocho hermanas trabajó desde niña en las fábricas conserveras y en la venta ambulante de pescado.

Matrimonio

Se casó con Narciso Méndez y con él tuvo ocho hijos. «Fíjate si cambiaron los tiempos que tuve ocho hijos y ahora no tengo más que nueve nietos». Durante la Guerra Civil se quedó sola con tres niños mientras su marido combatía en el batallón Garibaldi.

Jubilación

Ahora disfruta de su tiempo libro, cosiendo y haciendo ganchillo, algo que le encanta.

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