Cipiello (Cudillero),
Ignacio PULIDO
Es tiempo de patatas y en la braña de Cipiello (Cudillero) el que menos y el que más da el callo. Tanto grandes como pequeños trabajan sacando y recogiendo la cosecha de este tubérculo, que este año es buena.
Y es que el tiempo parece haberse detenido en lugares como las brañas vaqueiras de la citada Cipiello o la de Brañaseca. En plena era de las nuevas tecnologías y las redes sociales, los vecinos de estos núcleos rurales siguen practicando una tradición con arraigo en el campo asturiano: las labores de buena vecindad, desaparecidas en la mayoría de los pueblos del Principado desde hace décadas.
El sol aprieta estos días. El mercurio ha llegado a rondar los veintisiete grados en muchas zonas y estar a la «testera» de los rayos no es muy aconsejable. Son las tres y media de la tarde y en Cipiello, tras reposar, las labores agrícolas se han iniciado de nuevo. En una tierra de varios miles de metros cuadrados, los vecinos trabajan en comunidad sacando las patatas de sus paisanos.
Manuel Garrido tiene 82 años de edad. Nacido en las estribaciones de Busfrío, este hombre, dedicado a la tierra desde su tierna infancia, bajó a la braña de Cipiello cuando ya contaba 50 años en busca de una vida más sosegada. Desde que tiene uso de razón ha convivido con los trabajos de buena vecindad. «En las brañas siempre colaboraron todas las casas en los trabajos del campo. Tanto en la siega de la hierba como en la recogida del maíz o de la limpieza de la roza en los montes, siendo esta última una labor considerada "sagrada" y que incluso se llegaba a realizar con guadaña», rememora Garrido.
Sobre la tierra de los campos, los equinos y los bueyes han sido sustituidos por los caballos de los motores de los tractores. «Antes utilizábamos dos cabezas de ganado y fesorias. Era un trabajo muy duro. En Brañaseca aún se usan animales, dada la pendiente del terreno», subraya Garrido, que advierte de que actualmente tan sólo siembran patatas cuatro de las once casas existentes en Cipiello.
Los trabajos de siembra también se realizan en conjunto, «así se acaba más rápido», recalcan los vecinos. «Con un caballo que tira de la salladora hacemos los riegos. Cinco o seis personas siembran y otras cinco tapan con rastrillos los regueros. Se precisa mucha gente para lograr hacer esta tarde», apostillan.
Incluso los pequeños del pueblo colaboran recogiendo los tubérculos, como es el caso de Olaya Iglesias. Este verano la cosecha está siendo buena, según Garrido. «Hay muchas patatas. Esta tierra es muy fértil. Aunque venga mal el año por lo menos siempre sacamos adelante la mitad de lo cosechado. Hace décadas, cuando plantábamos maíz, llegamos a recoger ciento cincuenta riestras de panoyas», rememora.
Por hoy la labor ha concluido. Los sacos de patatas serán llevados al hórreo y es hora de tomarse un tentempié. Mañana, en lugares como Cipiello, Rondiella, Lendepeñas, Baos y Gallinero seguirá capeando el temporal un modo de entender el campo que poco a poco se ahoga en medio de la marea del éxodo rural.