JORGE JARDÓN
Cada día nos ponen las cosas más difíciles. O sea, que necesitaremos valernos de un intérprete que nos despiece el menú para saber lo que vamos a comer, porque estamos envueltos en la gastrochorrada. Es cierto que muchos restaurantes de la llamada «nueva cocina» se pegan unos batacazos monumentales y, por el contrario, otros muchos resisten sostenidos por la cursilería de la sociedad y por algunos críticos que viven de la gorra culinaria y no tienen reparo en ensalzar la estupidez, aunque sea a base de su credibilidad. Estamos a un paso de que nos ofrezcan lengua de cocodrilo del Nilo rellena de morcilla y menta con revuelto de caracoles de mar y de montaña. La mezcla tiene que resultar muy enriquecedora, pero yo, personalmente, considero que sería más agradecido que esos restaurantes aprendieran a preparar carne asada en lugar de un trozo de carne guisada con guisantes de bote y con pimientos de conserva que aún mantienen el frío del congelador.