JORGE JARDÓN
Las pintadas nos resultan ya tan familiares que a pesar del mal gusto que evidencian sus autores pasamos los ojos por ellas sin inmutarnos. Son algo que desde los tiempos del colegio, ya sea en paredes, puertas o en pupitres, nos acompaña siempre. Está visto que sólo nos apresuramos a pasar la mano por ellas cuando la gracia o el insulto quedan reflejados sobre los polvorientos cristales de nuestro coche o sobre una pared de nuestra propiedad. Pero nadie mueve un dedo para acabar con ellas cuando se trata de esos paredones sin dueño, columnas o señales de tráfico frecuentados por los terroristas del «spray». Hay algunas que apuntan tener cierto sentido del humor, pero por lo general lo único que recogen son groserías que se encuentran a la vista de muchas personas, como ocurría en las paredes del local en el que se encuentra el bar del parque de Navia, que afortunadamente ha sido rehabilitado por el Ayuntamiento, anulando de esta forma las expresiones soeces.