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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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Puerto de Vega (Navia),
Ana M. SERRANO
Vestido blanco, pañuelo al cuello, una pequeña taza para beber y al ruedo. Así se presentaron ayer los centenares de personas que abarrotaron el campo de la jira de Puerto de Vega. La romería, que despidió los festejos de Nuestra Señora de La Atalaya, congregó también a un buen número de carros y carritos de compra llenos de provisiones para una tarde de diversión y locura.
La familia de uno de los fundadores del festejo, Celestino Gion, llegó al prao con un carrito remolcado por una bicicleta, haciendo honores a su fundador. El lema: «Tamos remontando la crisis». «Allí llevamos de todo, embutido, sidra y muchas ganas de pasarlo bien», comentó María Victoria Gión, una de las nietas. Y este año si algo no faltó fueron las tazas, donde tradicionalmente se bebe el calimocho. «Con la gripe A no nos atrevemos a compartir tanto vaso», explicaron en la familia de Celestino Gion.
En 1918 los habitantes de Puerto de Vega decidieron celebrar la jira, «de imprevisto». Dicen los más veteranos que querían divertirse después de las costeras. Y vestidos de blanco, como manda el protocolo de la Marina de guerra en ocasiones de gala, tomaron uno de los praos del pueblo, el más cercano a la playa de Frexulfe. «Y desde entonces, generación tras generación, aquí estamos todos cada 10 de septiembre», resumió María Victoria Gión.
El día de fiesta empieza pronto. La charanga parte de Puerto de Vega al mediodía. Con las bandas de música y con los romeros llega al campo de la fiesta una hora después. En ese trayecto, el gentío, vestido de blanco, empieza a celebrar el último día de fiesta bebiendo vino con cola y pintando dibujos o escribiendo dedicatorias los impolutos trajes blancos. Cuando llegan al prao, parece «un asalto» y en cierto sentido, lo es. El campo donde se celebra la romería es de titularidad privada, «pero su dueño deja hacer la fiesta desde hace muchos años, se solidariza», comenta Teresa García, de Puerto de Vega. Ella es una de las asiduas a la fiesta. No se a pierde la jornada porque «es un buen día para vivirlo en familia con una comida de campo y buen homenaje para la gente de la mar».
Y entre empanadas, tortillas, sidra, vino y mucha alegría, la charanga, después de un día de campo, partió al anochecer rumbo a Puerto de Vega. Y allí una multitud, como reza la tradición, hizo pasillo a los romeros. «Es el momento más emotivo», relató Pepín Farras, el encargado de abrir paso a la charanga con dos banderas en mano: la de Asturias y la de Puerto de Vega.
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