JORGE JARDÓN
Le ocurrió a un compañero. Tenía una tía profesora de Literatura. Iba a diario a un instituto de un pueblo de Valladolid y, según explicaba su sobrino, era buena profesora, aunque exigente y severa. Pero al lado de los clásicos, de los románticos y de los modernistas tenía otras aficiones. Así que cuando dejaba preparadas las clases del siguiente día, la profesora se transformaba. Dejaba su vestimenta austera para dar rienda suelta a sus deseos. Estuvo meses con doble vida hasta que un día salió lo que llevaba dentro. Debió de contratar sus servicios a un cliente redicho y cursi que trató de impresionarla recitando como propia una poesía cuyo verso último era: «Si hay un alma sincera, ésa es la mía». La profesora no pudo resistirlo, llamó plagista al calavera y recitó todos los endecasílabos de los «Cantos de vida y esperanza». Naturalmente, no era normal tropezar a una prostituta que conociera a Rubén mejor que a uno de sus amantes. Así que, traicionada por su pasión a la literatura, hubo de poner fin al montaje. Por lo que se ve pudo más Rubén Darío que el calavera de aquella noche loca.