JORGE JARDÓN
Hace años, cuando me enteré de que un organismo internacional quería mejorar la calidad de vida de las gallinas, me produjo un incontenible ataque de risa, pero reconozco que hice mal. Es verdad que no pasaban hambre ni frío, que es algo que para sí quisieran muchos, pero, claro, metidas en jaulas, protestaban porque no podían corretear en libertad ni tener aventuras sentimentales con apuestos gallos. A mí, desde luego, me parece encomiable que alguien se preocupe por la calidad de vida de todo bicho viviente. Y es más: tengo la esperanza, aunque sea en un próximo congreso, que se pongan a estudiar la calidad de vida de un servidor de ustedes, pues aunque supongo que habrá vidas peores, no es menos cierto que la mía podría mejorar una barbaridad. Y no se trata de lamentos como los que manifestaba Segismundo en «La vida es sueño», en los que se resignaba al comprobar que otros recogían sus sobras y estaban peor que él.