POR TANIA CASCUDO
Tapia de Casariego
Cándido Fernández luce 82 estupendas primaveras que dedica a atender su jardín, velar por sus mascotas y ver crecer a su nieto. Ha abandonado la música que tantas satisfacciones le ha dado a lo largo de su vida, pero aún recuerda con emoción las grandes verbenas que amenizó el grupo tapiego «Los Vilanovas», al que perteneció durante años. Lo que no consigue es parar quieto ni un momento. Quizás ahí resida el secreto de su buena salud.
Pero los orígenes de Cándido no están en Tapia, sino en Vegadeo. Allí nació en el año 1927 en una familia de labradores. No obstante, fue a la escuela mientras pudo y tuvo la suerte de aprender música y solfeo cuando aún era un niño. "El maestro de música nos dijo un día que buscaba gente para la banda municipal y fui el primero en levantar la mano. Nos apuntamos 22 niños y nueve meses después dimos nuestra primera actuación», cuenta con orgullo.
Cándido se ocupó durante años de tocar el clarinete y disfrutó con la banda, que se disolvió cuando, tras la prestación del servicio militar, el maestro y director de la formación decidió dar un cambio de rumbo a su vida.
Con diecisiete años recién cumplidos, Cándido decidió que era el momento de aprender un oficio. Le pidió permiso a su padre para aprender la profesión de ferreiro y lo hizo con el veterano Mariachu, ferreiro veigueño. «Durante dos años le ayudé a hacer todo tipo de ferraduras, aguantando con paciencia a los caballos», explica. Descubiertos los entresijos del oficio, Cándido se instaló por su cuenta y construyó un taller a la entrada de Vegadeo. Pronto consiguió buena clientela, tanta que su maestro acabó por enfadarse.
Tras dos años de trayectoria, y ya emparejado con Conchita, tapiega de Serantes, a Cándido le tocó el momento de partir a la mili. Así que cerró su por aquel entonces próspero negocio y preparó el viaje. Por su profesión de ferreiro lo enviaron al regimiento de caballería Farnesio (Valladolid). Allí pasó dieciocho meses «ferrando» caballos y completamente liberado de los servicios militares. Ser pariente de un conocido de su superior le deparó tales privilegios. Así es que afirma entre bromas: «Pasé la mili como Dios».
Cuando finalizó el servicio militar, a este veigueño le tocó replantearse de nuevo su vida. Así es que se casó con su novia Conchita y se trasladó a la casa de ésta en Serantes. Allí comenzó a trabajar con su suegro, que tenía una fragua instalada al pie de la casa. El padre de su mujer fabricaba carros y hacía reparaciones en todo tipo de útiles del campo. Cándido le ayudó en lo que pudo, sin abandonar su profesión de ferreiro, que siguió cultivando largos años. «Iba por las casas, por eso en la zona, desde Luarca a Vegadeo, conozco a mucha gente». Cuando le llamaban, Cándido cogía su bicicleta y sus herramientas e iba a atender a sus clientes. Buen conversador y detallista en lo profesional, nunca le faltó trabajo.
Pasó el tiempo y a Cándido le ofrecieron un puesto de trabajo en Astilleros Gondán. Su suegro se había jubilado ya y el aceptó el puesto, pues suponía más ganancia y menos gasto en casa. Entró en el astillero figueirense como oficial de primera de calderería y con un ayudante a su servicio. Dos décadas después, con 56 años cumplidos, aprovechó la reconversión naval para marcharse a casa y vivir una cómoda jubilación.
Pero queda por descubrir la gran pasión de Cándido. Tras sus tímidos inicios en la banda de música veigueña, volvió a reencontrarse con la música ya de adulto. Cuando se trasladó a vivir a Serantes, la popular formación «Los Vilanovas» -formada por gente del pueblo- le propuso acceder al grupo. No se lo pensó dos veces y se apuntó al frente del tambor. «Aprendí a tocarlo de oído, como sabía música no me resultaba difícil seguir el rtimo», precisa.
Su primera actuación con el grupo fue en Vegadeo. Castropol, El Franco, Cudillero, Somiedo... no había concejo del occidente que no los reclamara. «Teníamos cierta fama», confiesa Cándido.
Durante el verano hacían largas giras, pasando días fuera de casa, y luego en invierno tocaban en salas de fiesta de la zona. Entre sus fiestas preferidas están las de Porcía y la ya desaparecida Jira del Cubo, en Navia. «Se hacía al pie de la ría y era tradición que la gente se mojara con cubos de agua», relata.
Pasaban días enteros tocando y recuerda una ocasión en la que enlazaron una fiesta tras otra y al final sumaron ocho días de trabajo. «Estábamos deshechos», apunta. Aún así lo pasaban bien y disfrutaban enormemente amenizando la vida en los pueblos.
El fallecimiento de los jefes de la banda supuso la disolución del grupo. Desde entonces, Cándido no ha vuelto a tocar. A pesar de todo, disfruta recordando aquellos años y acude a toda convocatoria musical donde le reclaman.
Personal
Cándido nació en el año 1927 en una familia de labradores de Vegadeo. Tuvo siete hermanos. Se casó con la tapiega Concepción, lo que supuso su traslado a la localidad de Serantes, donde aún reside. Con su mujer tuvo cinco hijos.
Profesional
Aprendió el oficio de ferreiro en Vegadeo, donde llegó a tener un taller propio que cerró cuando le tocó prestar servicio militar. Tras la mili comenzó a trabajar en la fragua de su suegro, lo que compatibilizó con su labor de ferreiro a domicilio.
Musical
Su gran pasión ha sido la música. Formó parte de la banda de música de Vegadeo en su adolescencia y siendo adulto ingresó en el grupo «Los Vilanovas». Recorrió con ellos buena parte de las fiestas de la comarca al frente del tambor. Tenían gaita, tambor, pandereta y platillos y llegaron a tener un repertorio de 172 piezas.