POR IGNACIO PULIDO
Navelgas (Tineo),
Ignacio PULIDO
El olor a manzana recién mayada y a castañas asadas inundará las quintanas de Navelgas de Arriba el segundo sábado de noviembre. Cubiertas por la oscuridad de la noche e iluminadas por el tenue fulgor de unas antorchas, sus singulares calles volverán a ser escenario del «Festival del esfoyón y del amagosto», que fue declarado fiesta de interés turístico regional en 2007. Los vecinos del pueblo tinetense revivirán una vez más ancestrales tradiciones hoy día ahogadas por el éxodo rural y relegadas a un plano meramente testimonial. Este reportaje cierra la serie de «Folixas con sello» que LA NUEVA ESPAÑA ha publicado durante los últimos meses.
Hace catorce años, la asociación cultural «El Arbedeiro» se propuso, con la ayuda del Ayuntamiento de Tineo y de otros colectivos del pueblo, rememorar durante una noche las actividades tradicionales que se realizaban en el concejo para que las nuevas generaciones pudiesen conocerlas. Surgía de este modo el «Festival del esfoyón y del amagosto», durante el que se recrea una «esfoyaza», un evento que tenía lugar entre los meses de octubre y noviembre y en el que los miembros de diferentes casas se reunían en torno al calor de la lumbre para deshojar las panoyas de maíz cosechadas.
El festival comienza con los últimos rayos del sol. La noche se precipita poco a poco mientras centenares de visitantes son recibidos por los lugareños, que visten ropas de antaño. El ambiente no sólo bebe de la tradición, sino que incluso adquiere un halo de misticismo. No en vano, la celebración es también conocida como la «Noche Mágica». Y es que la oscuridad y la luz de las antorchas generan un espacio intimista que invita a la leyenda.
Al borde de un camino, miles de castañas son amagostadas en un tamboril caldeado con ascuas. El humo del carbón se entremezcla con el desprendido por las sartenes de la asociación de mujeres del Cuarto de los Valles que, afanosamente, se empeñan por cocinar en sus fogones toda suerte de delicias. Frixuelos, rosquillas, empanada, rapas o tocino frito con tortas de maíz hacen la boca agua a todos los presentes, que acompañan la pitanza con algún que otro trago de sidra dulce recién salida del duerno o con «garutsa»: anís de guindas casero, orujo y bebidas que son servidas a pie de rúa o en un chigre en cuya barra se dan cita los parroquianos encogidos por el frío de la noche otoñal.
Protegidos de la rasca por los recios muros de una cuadra, varias personas deshojan el maíz mientras los más viejos cuentan historias y anécdotas acontecidas hace décadas. Sobre el suelo, centenares de «panoyas» esperan su turno y en el corredor de una panera anexa se cuelgan las riestras confeccionadas con tres bilmas o pajas de centeno. La labor de los afanados vecinos sólo se detiene para entregar la «Panoya de oro», una distinción que «El Arbedeiro» otorga todos los años a personalidades implicadas en el desarrollo de la fiesta o de la comarca del Cuarto de los Valles.
No obstante, la celebración no sólo se limita a la esfoyaza propiamente dicha. En el resto de sótanos, cuadras y paneras se pueden encontrar «filanderas», carpinteros e incluso una vieja escuela en la que no faltan pupitres, tinteros, enciclopedias, mapas ni pizarra.
El crepúsculo prosigue, amenizado por los sones de antiguos cantares populares que fueron testigos de los cortejos de mozas y mozas cuando las discotecas ni siquiera eran un espejismo en el horizonte. Pero no todo son músicas tradicionales las que suenan en Navelgas; a escasos metros del chigre las parejas también bailan agarradas pasodobles interpretados con un acordeón.
El día 14 de noviembre, Navelgas, de nuevo, disputará un pulso con el tiempo, ese tiempo que parece detenerse durante unas horas en sus calles gracias al encanto de la «magia».
Nombre
Festival del Esfoyón y del Amagosto de Navelgas.
Fecha de celebración
El 14 de noviembre.
Reconocimiento oficial
De interés turístico desde 2007.