ROSER CALAF
PROFESORA DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO
El martes día 21 de septiembre se enterraba en Cadavedo Arturo Méndez Gutiérrez. Fue un funeral sencillo y emotivo; le despedían su extensa familia, una nutrida representación de amistades y todo un pueblo. Al finalizar el oficio religioso, los ojos enrojecidos y la emoción contenida eran la constante. Arturo fue ciudadano al que hombres y mujeres del pueblo le consultaban decisiones. Su orientación siempre era la que podía favorecer a quien le preguntaba y al resto de la vecindad que podría estar implicada en el asunto. En el lenguaje actual se le llamaría un mediador, en el lenguaje del pasado sería un hombre bueno. Esta naturaleza de personalidad se construye con el respeto que te vas ganando día a día, a través de tus acciones cotidianas llenas de la autoridad moral, de hacer aquello que te dicta la conciencia, aunque pueda perjudicar a los próximos.
Pese a su formación de maestro, buena parte de su vida laboral la desarrolló ejerciendo de encargado de obras públicas. Estuvo al frente de obreros que, junto al proyecto de los ingenieros, hicieron posible la primera red de autopistas de España. Acostumbrado a mandar, a tomar decisiones y a mediar en su vida laboral, convirtió su jubilación en un retiro lleno de gozo por el disfrute de vivir en su Cadavedo natal. Su salud, en los últimos años, estuvo castigada por enfermedades que a otros hubieran dejado en un sillón de la casa. Él, primero con su moto y luego con su carrito a motor, no dejó de salir de casa cuando el tiempo atmosférico lo permitía.
Tenía en su cabeza todo el mapa de lugares y personas de su pueblo, sus límites de visión no fueron un obstáculo para seguir viviendo y participando de todas aquellas reuniones en las que fue requerido. Supo crear canales de transición en su pueblo. Recuerdo cómo promovió el uso público de las instalaciones del casino de Cadavedo, Él estaba detrás del núcleo de decisiones que otorgaría esta nueva dimensión al casino. Y cuando medió en la iluminación del pueblo para que cada vecino tuviera su luz próxima, creando en algunos lugares auténticos espacios de luz. Como aquel próximo a la cruz que indica el camino hacia el cementerio y que algún vecino ingenioso llamó la «Place Vendôme» (la proximidad de casas orientadas según los distintos puntos cardinales concentraban cuatro bombillas con sus respectivos postes en un pequeño lugar). Y cuando el pueblo se dividió entre partidarios de arreglar la playa y conseguir un paseo marítimo y un aparcamiento de coches y aquellos que se manifestaban por mantener el entorno de la playa tal como la Naturaleza lo había diseñado, de nuevo trató de establecer puentes entre unos y otros.
Arturo estuvo detrás de muchas decisiones del municipio, su actuación se relacionaba con las ganas de que el pueblo prosperara y con el ánimo de conciliar al máximo a todas las personas. Por todos estos motivos he querido dejar constancia de una persona que, sin cargo político, académico o público tenga su «in memoriam». Arturo era un hombre bueno de Cadavedo. Él, su familia y amigos se merecen este recuerdo, ahora hecho público.