Oviedo,
Lorena VALDÉS
«¡Qué jóvenes éramos!». Los trabajadores que construyeron el salto de agua de Belmonte de Miranda no pudieron evitar ayer cierta nostalgia al celebrar con una comida en un sidrería ovetense el quincuagésimo aniversario del inicio de esta obra para el aprovechamiento hidráulico integral de la cuenca de los ríos Pigüeña y Somiedo. «El proyecto era muy complejo, ya que se construyó un túnel de 25 kilómetros para unir el embalse de Covacho con la central de Selviella (Belmonte). Fue una obra de ingeniería excelente para la época», recordaron en el grupo.
Las obras del salto comenzaron en el año 1958 y se prolongaron durante cuatro años. «Éramos 1.200 obreros, trabajábamos las 24 horas del día, en tres turnos, porque a Hidroeléctrica del Cantábrico le interesaba que terminásemos cuanto antes para empezar a producir energía. De hecho, por cada metro cuadrado que se avanzaba, la empresa ofrecía un incentivo a los trabajadores. La maquinaria era muy limitada, con voladuras de perforación de sólo 3,20 metros, y lo que primaba era el esfuerzo físico de las cuadrillas. En un día se llegó a perforar 6,70 metros, todo un récord», explicó Constantino Carreño, que trabajaba en el departamento de topografía.
Los compañeros aprovecharon ayer los descansos entre plato y plato para repasar fotografías antiguas de su paso por Belmonte de Miranda. «¡Vaya cómo hemos cambiado!», «¡hemos engordado un poco!», bromearon sin apartar la vista de las instantáneas. Aunque las jornadas de trabajo eran largas, también había tiempo para la diversión, tal como reflejan algunas fotografías en la que los trabajadores aparecen en cenas y algunas otras celebraciones. «No teníamos el estrés que hay ahora en la mayoría de las empresas, en las que ya no hay tiempo ni para hablar, nosotros aprovechábamos cualquier momento para reunirnos y disfrutar de "comilonas" en las que no faltaba el jabalí que tan bien preparan en la zona», recordó Rafael Fernández.
Los sueldos en el salto de agua permitían más de un capricho. «Un barrenista cobraba unas 15.000 o 16.000 pesetas, una barbaridad para finales de los años cincuenta. Íbamos a Cornellana los fines de semana a la discoteca, en taxi. Nos cobraba 200 pesetas y esperaba por nosotros hasta las tres de la mañana, que volvíamos para la residencia de Belmonte en la que vivíamos. Los cubalibres costaban 8 pesetas, así que, imagínate cómo acabábamos. Esto, que no lo escuchen nuestras mujeres, ¿eh?», confesaron entre risas. «Por aquel entonces éramos muy jóvenes y estábamos todavía solteros».
No todo son recuerdos alegres. Rafael Fernández asegura que uno de los momentos más difíciles vividos en la obra del salto de agua de Belmonte fue la muerte de seis obreros en el azud de Santiago la víspera de la Nochebuena de1959. «Estaban perforando el túnel, no controlaron la explosión de dinamita y no se pudo hacer nada por ellos. Fue una Navidad para olvidar», recordaron emocionados. El mal trago se pasó con una divertida anécdota.
«Belmonte es zona de salmones y con frecuencia entraban en la central, así que no necesitábamos pescarlos. Algunos días teníamos cena sin necesidad de ir al río. En varias ocasiones vimos a Franco. Le gustaba pescar en el Narcea y cuando pasaba por la obra nos saludaba», contaron los trabajadores, que hoy disfrutan de su jubilación.
A la conversación se sumó el nonagenario José Álvarez, «Busdongo», chófer de los técnicos de la obra. «Era un conductor de primera, casi como Fernando Alonso», afirman sus compañeros. «Fuera bromas. Yo lo que quiero es que de hoy en un año nos volvamos a reunir, que ya falta mucha gente en esta mesa», señala él. Ahí queda eso.