POR TANIA CASCUDO
Tapia de Casariego
A Berta le tocó nacer a principios de la década de los treinta, en un momento de hambre y penurias. Le tocó también crecer en una familia de pescadores, por lo que desde bien pequeña conoció y trabajó en la vida del mar. Pero, sobre todo, Berta tuvo la oportunidad de disfrutar de una época en la que un paseo o un baile en las salas de fiestas del momento hacían olvidar el mayor de los problemas.
Con apenas diez años y muy pocas horas de escuela a sus espaldas comenzó a trabajar en la mar ayudando a transportar el pescado desde el muelle hasta las fábricas de conservas. Lo que en Tapia se conoce como «acarrexar». Por cada viaje les entregaban una ficha y cuantos más viajes completabas, más dinero te llevabas a casa. Pero Berta aclara que «ganaba una miseria, con lo pequeña que era poco podía cargar». Y eso que mal alimentada nunca estuvo, pues en su casa casi todos los años se conseguía matar un cerdo. «Aunque al final mi madre acababa regalando la mitad porque le daba pena de la gente que igual no tenía para comer», cuenta.
Después de esta etapa, ya más crecida, Berta empezó a trabajar en las fábricas conserveras, que por aquel entonces vivían su momento de esplendor. Primero trabajó en Bravo, después en Terín y finalmente en Albo. «Envasábamos pescado, hacíamos anchoa, un poco de todo... y trabajando muchas horas». En los ratos que le dejaba libre la conserva, ya que se trataba de un trabajo más o menos estacional, empezó a trabajar reparando aparejos. Esta labor se conoce en el argot marinero de la villa tapiega como «afeitar apareyos».
Relata Berta que la reparación de las redes se hacía casi a domicilio y que eran las propias familias de pescadores las que reclamaban su ayuda. También recuerda pasar largas horas en la explanada del muelle, acompañada de otras jóvenes y también de los pescadores que ponían orden en el lío de redes.
La siguiente profesión a la que se dedicó esta tapiega fue a lo que ella define como «coyer puntos», una habilidosa técnica que repara y elimina por completo las odiosas carreras de las medias. «De aquella no te podías permitir unas medias nuevas, así que tocaba arreglarlas. Es algo que requiere mucha paciencia y tardas mucho». Cuenta Berta que su padre se reía de ella porque cobraba muy poco por arreglarlas, entre una y dos pesetas: «Me decía que ese dinero ya debería cobrarlo por meter las manos en las medias, porque a saber lo limpias que estaban». Pronto mostró su buena mano en esta labor que la entretenía hasta altas horas.
Y tal vez hubiera estado más años con este oficio si no fuera porque le ofrecieron trabajar como manceba en una de las dos farmacias que operaban en la villa. Cinco años se pasó Berta en la farmacia de doña Elisa, como se conocía en la villa a la dueña del establecimiento. «Fui un poco osada porque cuando entré conocía la aspirina y poco más», confiesa.
Pero lo peor del trabajo con doña Elisa, con la que estuvo cinco años, fueron las largas horas invertidas en la botica: «Hacía noche y día en aquella farmacia, sólo descansaba un par de horas al día. Fue agotador». Posteriormente le ofrecieron trabajar en la otra botica del pueblo, en la de don Nicolás Lopez Cancio con mejores condiciones de sueldo y no dudó en aceptar la oferta. Pasó de cobrar 3.000 a 6.000 pesetas.
Con Nicolás estuvo dos años, hasta que el hombre falleció, y después incluso se hizo cargo de la farmacia un tiempo hasta que la hija del boticario concluyó la carrera de Farmacia. «Te daba a veces miedo equivocarte en la receta, pero siempre me ayudaron mucho los médicos del pueblo y, en caso de duda, siempre llamaba», apunta. En la farmacia de don Nicolás, ya dirigida por su hija, se jubiló Berta al cumplir los sesenta años. Y tantas horas pasó desempeñando este y otro trabajos que ahora sólo tiene ganas de descansar y disfrutar de su propio y merecido tiempo.
Personal
Berta Arias nació en el año 1932 en Tapia, en una familia de pescadores de seis hermanos. Recuerda con cariño los tres meses al año que su familia pasaba en A Estaca de Bares y los largos viajes en lancha que hacía cruzando medio Cantábrico. También guarda buenos momentos de su juventud tapiega, caminando de las siete a las nueve de la noche por el paseo del parque. Berta nunca se casó aunque, dice, pretendientes no le faltaron.
Profesional
Desde muy pequeña Berta trabajó duro. Primero «acarrexando» pescado a las conserveras, luego envasando pescado y hasta cosiendo redes. Agotó su vida laboral como manceba en una farmacia de la villa.