POR TANIA CASCUDO
Vegadeo
Dentro de unas semanas empezará el trabajo en casa de José Benito Martínez. Tocará recoger los cientos de kilos de kiwis que produce su particular plantación, en pleno centro de Vegadeo. Este taramundés afincado en Vegadeo se siente orgulloso de lo que ha logrado tras tres años de dedicación y paciencia: un emparrado de kiwis.
Cuenta Martínez que probó el primer kiwi de su vida en Vegadeo. Asegura que no le gustaron demasiado, pero les dio una segunda oportunidad. Ahí fue cuando empezó a interesarse por este fruto, se compró una planta y un libro de poda para iniciarse en un mundo que hoy conoce a la perfección. Tal es así que su huerto veigueño recibe numerosas visitas y la gente sale alucinada porque «no es habitual ver una planta así». Con ese «así» se refiere a la altísima producción y a la originalidad de su plantación.
Pero lo que tienen en común José Benito y sus kiwis es que ambos son emigrantes. La historia de este veigueño de adopción es cuando menos particular. Nació en Taramundi en el año 1926 y bromea diciendo que tiene «cuarenta y un años dos veces». En aquellos tiempos había poca comida y dinero, por lo que pronto marchó de casa para ganarse la vida. Con dieciocho años entró como minero en el pozo San Mamés en Sotrondio. «Si se quería ganar dinero había que ir al trabajo duro y la juventud quiere dinero», argumenta.
Su época en la mina la recuerda como feliz a pesar de la dureza del trabajo: «Pasé allí nueve años e hice muy buenos amigos». Decidió cambiar de aires por temor a caer enfermo. «Veía a los compañeros de silicosis y pensé que tenía que irme antes de enfermar», apunta.
Entonces, ni corto ni perezoso, José Benito cogió sus bártulos y emprendió rumbo a Alemania. No sabía alemán ni conocía a nadie en aquel país, pero tenía mucho espíritu aventurero y muchas ganas de trabajar: «Estaba empezando la emigración a Europa y me habían dado buenas referencias de Alemania, así que marché con 30.000 pesetas que había ahorrado».
En el año 60 José Benito se sube a un tren que le lleva hasta Francfort. Una vez en tierra, se fue a una oficina de empleo pero, claro, el idioma era un obstáculo importante. «No me entendían ni una sola palabra; además, en eso los alemanes ayudan poco: si no hablas como ellos se esfuerzan poco en entenderte», se queja.
El problema fue que en la frontera la policía le señaló en el pasaporte como turista, algo que no servía para trabajar y quedarse en Alemania. Le indicaron que tenían que anularle eso y además necesitaba una entrada consentida de la policía y una carta de una empresa que le aceptara como obrero. Decidió entonces cruzar a Bélgica para ver al cónsul y que le ayudara, pero otra vez le dijeron lo mismo.
Cansado y frustrado se sentó en un parque, donde por casualidad se encontró con dos españoles que le abrieron el camino a Alemania. «Me dijeron que había un cura que pasaba a la gente y conseguía colocarla. Dicho y hecho: hablé con él y a las dos de la mañana salimos para Alemania, cruzando por una frontera clandestina». Con las 8.000 pesetas que le cobró el cura consiguió por fin establecerse en territorio alemán, donde comenzó a trabajar en una mina.
En la mina duró unos tres meses y la abandonó para trabajar en una fábrica de plomos. En uno de sus viajes a casa, José Benito se casó con Fernanda Cancio y se la llevó consigo a Alemania. Cuentan que su vida alemana era feliz y cómoda, pero que habían empezado una obra de unos pisos en Vegadeo y querían regresar a casa.
José Benito le dijo a su jefe que se marchaba y éste intentó convencerle ofreciéndole un trabajo mejor como portero. «Fue un error no quedarme allí de corbata, ganando el mismo sueldo». Pero lo hecho, hecho está. José Benito, su mujer y sus dos hijas hicieron las maletas y se marcharon a su tierra natal. «Aunque tenemos ganas de volver no hemos regresado a Alemania desde entonces», comenta.
Personal
José Benito dice que tiene cuarenta y un años dos veces, lo que no le impide estar en buena forma para atender la espléndida plantación de kiwis que tiene en su jardín. Está casado y tiene dos hijas.
Profesional
Tras abandonar su hogar en un pueblo de Taramundi, se lanzó a la aventura. Trabajó durante nueve años en el pozo de San Mamés en Sotrondio, hasta que decidió emigrar a Alemania. La provincia alemana de Hagen se convirtió en su casa durante casi dos décadas.