Sestelo (Castropol),
T. CASCUDO
Una revista y una taza de café humeante indican que la taquillera anda cerca, aunque el cine Samagán que Santiago Matallana imagina en su casona de Sestelo es aún más ficción que realidad. En 2006, Matallana, junto al arquitecto Juan Díez, adquirió en subasta la casona de Sestelo y las 5,5 hectáreas de terreno que la rodean. Un año después presentaron un ambicioso proyecto que, con fecha 2010, convertiría la casona en un complejo cultural y turístico de referencia en el Occidente. Ahora la crisis ha obligado a frenar el proyecto, pero no lo para, matiza Matallana, sino que «camina a un ritmo distinto».
Pese a que no hay fecha para convertir la casona del siglo XIX en el hotel de cuatro estrellas con 25 habitaciones que recoge el proyecto, sí que son visibles los trabajos en el entorno. De hecho, el zarzal que rodeaba al inmueble ha desaparecido y ya se adivina el trazado del espléndido jardín que el indiano Ángel Pérez ideó en los años veinte. Pérez construyó su mansión sobre el edificio de dos plantas que nació en 1859 como fábrica de papel y que tras su exilio, durante la Guerra Civil, se le incautó para convertirlo en orfanato.
Tras veinte años como orfanato, las hijas de Ángel Pérez recuperan la propiedad para abandonarla años después. En 1987 la adquirió el Banco de Tierras como sede de una escuela taller, que salvó al edificio de la ruina. Años después entran en acción Matallana y su sociedad.
Junto a la rehabilitación del jardín, los propietarios de este enclave pretenden poner en marcha una minicentral eléctrica que construyó Ángel Pérez y que en los años veinte dio luz eléctrica a la zona. El proyecto de rehabilitación está pendiente de las últimas decisiones por parte de la Confederación Hidrográfica del Cantábrico (CHC). La sociedad lleva más de dos años en trámites con la CHC y confían en volver a producir energía, para ello recuperarán una vieja turbina e instalarán una nueva.
Matallana imagina Sestelo como un lugar de creación cultural donde se puedan realizar proyectos culturales, y no sólo un espacio con tirón turístico. De hecho, señala que la parte hostelera es lo que menos le interesa. Por eso confía en que en un futuro puedan contar con el apoyo de entidades como la Universidad o el Gobierno asturiano para conseguir que Sestelo esté vivo durante todo el año. Y mientras tanto, dice Matallana, «me voy inventando mis proyectos». Lo hace con carteles que cuelga de modo simbólico en las ruinas aledañas al edificio y que desaparecerán cuando Sestelo sea una realidad.