Cerredo (Degaña),
Pepe RODRÍGUEZ
«Piensas en ir a casa a descansar antes de que te vuelva a tocar bajar pero, realmente, en casa no haces nada y cuesta dormir, así que nos quedamos por aquí y estamos todos juntos la mayor parte del tiempo». Los compañeros de Gerardo Fernández, sepultado el martes por un derrabe de carbón en el plano inclinado de Cerredo, tienen pocas ganas de hablar. Lo único que desean es poner fin a la desesperanzadora tarea de rescatar el cuerpo. Pasadas ya 36 horas desde el derrumbe que acabó con su vida, sus compañeros no han parado de sacar carbón y escombro de la chimenea donde se encuentra el joven cangués, pero el desprendimiento de carbón parece no tener fin.
En la madrugada del martes al miércoles se decidió cambiar los postes de madera, que se estaban usando hasta entonces, por otros de metal, pues los primeros no eran suficientes para soportar toda la carga de la zona y estaban dificultando enormemente el progreso del trabajo. Según las estimaciones de los propios mineros que se afanan en este triste esfuerzo, el cuerpo de Gerardo no debe estar a más de cinco o seis metros de donde se está trabajando.
Los turnos, de seis horas, llevan a diez hombres a la mina de cada vez y las esperanzas, a última hora de ayer, especulaban con un rescate del cadáver de madrugada, en el mejor de los casos. En cada turno de trabajo no se avanza mucho más de un metro o dos, y eso si hay suerte, pues hay ocasiones en que el proceso conlleva un nuevo derrabe y, por lo tanto, el volver al punto de partida. Se hacen todos los esfuerzos necesarios, por supuesto, por preservar la seguridad de quienes están en la mina en cada momento.
Las sensaciones son de desesperanza, de cumplir con la obligación de sacar a su compañero de debajo del escombro: «Sabes que está ahí y tienes que darlo todo para sacarlo. Es una situación desesperanzada, pero tensa, hay nervios y ansias, todo el mundo quiere colaborar y acabar cuanto antes», señala un compañero del fallecido, que prefiere mantener el anonimato.
El fatal accidente ocurrió al mediodía del martes cuando Gerardo Fernández Rubio, de 34 años de edad y padre de un crío de 4 años, estaba trabajando en una chimenea de la primera galería del plano inclinado de Cerredo, perteneciente a la empresa Coto Minero Cantábrico. La capa en la que se encontraba se llama «La inesperada» y se vino abajo en un derrumbe que le atrapó y de la que ya han sido retiradas alrededor de un millar de toneladas de carbón. La galería donde se encontraba está a ochocientos metros de la entrada del túnel.
Fernández Rubio llevaba unos quince días trabajando en esta mina, pues antes lo hacía en la popular mina canguesa «El Patatero» que, al igual que la de Cerredo, pertenece al empresario leonés Victorino Alonso.