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Suroccidente

El final de 40 horas de angustia

El cuerpo de Gerardo Fernández, el minero fallecido el martes en Cerredo, fue recuperado en la madrugada del jueves l El padre de su compañera trabaja en una explotación de Tineo

 
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Gerardo Fernández y su compañera, Micoleta Butmaru.
Gerardo Fernández y su compañera, Micoleta Butmaru. pepe rodríguez

Cerredo (Degaña),

Pepe RODRÍGUEZ

La angustiosa y desesperanzada espera llegó a su fin. El cuerpo del minero de 34 años Gerardo Fernández Rubio fue rescatado por sus compañeros pasadas las cuatro de la madrugada del jueves, 40 horas después de que perdiese la vida al desplomarse sobre él toneladas de carbón en una chimenea del pozo de Cerredo, la capital de Degaña. El retén de mineros que entró a las nueve de la noche del miércoles llegó hasta Gerardo cuando ya estaba finalizando su turno; de hecho, fueron los compañeros que les dieron el relevo los encargados de aguardar los trámites necesarios y el transporte que sacó el cadáver de la mina.

Así se ponía punto y final a dos días de enorme tensión, de gran cansancio físico y moral, en los que sus compañeros se afanaron en la búsqueda y en los que hubo que sortear toda clase de dificultades. El derrabe de la capa «La Inesperada» parecía no tener fin y, a cada paso que se daba, la caída de material se hacía más intensa, por lo que los trabajos fueron lentos, penosos y extremadamente cuidadosos para evitar riesgos que condujeran a más accidentes.

Las previsiones de la tarde del miércoles ya apuntaban a que lo más probable es que el trabajo llegase a su fin durante la madrugada. «Entramos a las nueve y pensábamos que estábamos cerca, la verdad, pero no lo encontramos hasta el final del turno», apunta José Manuel Calvín, que ejerce funciones de vigilante en la explotación Coto Minero Cantábrico, donde se produjo el fatal accidente. Calvín, vecino de Fondos de Vega, describe la situación como «algo duro», antes de precisar que «nunca había presenciado un accidente mortal y es algo que no te deja dormir con tranquilidad luego, no dejas de darle vueltas, de pensar en el compañero, en el trabajo...».

Según apuntan los que participaron en las tareas de rescate, la clave de que se avanzara de forma definitiva fue la colocación de postes metálicos en vez de los de madera, que ofrecían menos consistencia frente al desprendimiento continuo de carbón y cascotes.

Pero la peor parte en esta historia se la lleva la familia de Gerardo Fernández, en concreto su hijo de 5 años y su compañera sentimental, Micoleta Butmaru, una joven rumana que trabaja en el bar Los Globos de Cangas. «Llevábamos nueve meses juntos, no me puedo creer lo que ha pasado...», musita Micoleta, entre lágrimas, «todos le queríamos mucho; por favor, pon en el periódico que toda la familia le quería». La joven conoce bien lo que significa trabajar en la minería, pues su padre, Micusor Butmaru, lleva trabajando en el sector del carbón 20 años y actualmente su labor se encuentra en la explotación La Rasa de Tineo. Micusor recuerda que «estuve el viernes charlando con él, aquí mismo, en casa de mi hija, y ahora mira lo que ha pasado. Esto es una desgracia terrible».

Gerardo Fernández Rubio había nacido en el pueblo de San Romano de Arbás y será enterrado hoy, a las cuatro de la tarde, en el cementerio de San Juliano.

Su muerte se debió a un derrabe de carbón en la capa «La Inesperada», donde estaba trabajando en una chimenea, en la mina que la empresa Coto Minero Cantábrico tiene en Cerredo y que es conocida como el plano inclinado de Cerredo. Se trata de un túnel que alcanza ya los dos kilómetros de largo, por el que pueden circular maquinaria pesada y grandes camiones de transporte. En los laterales del citado túnel se encuentran las galerías, por las cuales los mineros se desplazan para realizar los trabajos de extracción, cortando las capas, asentando galerías, montando chimeneas y realizando tareas que aseguren los pasadizos para tratar de evitar accidentes.

Lo ocurrido, a expensas de una investigación posterior, ha sido explicado por varios de los mineros presentes en la galería como «un accidente que le puede tocar a cualquiera, un punto que se viene abajo porque no aguanta la presión y ya está». Muchos aún se asombraban de la cantidad de carbón y escombro que se estaba sacando del punto en concreto del accidente, pues a cada metro que se avanzaba el desprendimiento continuaba y había que volver al punto de inicio en cada ocasión. Una angustia de cuarenta horas a la que ayer se puso final.

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