Boal, Ana M. SERRANO
«Ya nadie quiere dedicarse a esto». Las palabras son de Julio Fernández y representan la opinión de la mayoría de los apicultores de Boal, que ven como cada año el interés por cuidar abejas y envasar el preciado líquido que producen, va a menos. En la última década, la tradición se ha convertido en afición de unos pocos y los productores que quedan en Boal, tierra de la miel por excelencia, rondan tan sólo el centenar. «De ellos sólo 20 generan suficiente miel como para comercializar», explica Fernández, uno de los mayores productores del concejo boalés.
Las causas de este desgaste hay que buscarlas en el propio mercado. El precio de la miel y la competencia son dos de los escollos con los que tienen que luchar cada año los productores. «El kilo sigue en seis euros, como hace 25 años», critica Fernández. Y a ello se añaden los productos que llegan del extranjero, a precios más bajos y que atraen más al consumidor en tiempos de crisis. «Aquí se comercializa miel de China, tirada de precio, y con eso no podemos competir», se queja este apicultor boalés.
Él, junto a otros cinco productores de la zona, fundó en 1994 una empresa envasadora y productora de miel que con el paso de los años ha sufrido el bajón del sector. Para aguantar el tirón diversifican su producción y desde hace ya un tiempo comercializan licores. «Es la única forma de mantener todo esto funcionando», explica el productor, mientras observa la planta extractora y envasadora de miel, en la que invirtieron en sus inicios 180.000 euros. «Eran otros tiempos», dice Julio Fernández. «Tuvimos un boom muy grande de demanda, pero ahora el campo y todo lo que le rodea va a menos, y la miel, también», añade.
Sus 130 colmenas pueden producir al año unos 4.000 kilos de miel si las condiciones meteorológicas acompañan. Con las ganancias que genera esa producción, «no puedes vivir». Así que, «casi todos los productores tenemos que tener un trabajo más y eso tampoco anima mucho a los jóvenes para que se dediquen a esto». Eso sí, como buen amigo de las abejas, asegura que el oficio de apicultor también genera expectativas. Aunque los precios no han subido y la competencia en los mercados es cada vez mayor, Julio Fernández asegura que no dejará las colmenas, de cuyo cuidado se ocupa su hijo. «Si nosotros no trabajamos por mantener vivas nuestras tradiciones, no lo va a hacer nadie», dice mientras invita a participar a los jóvenes de la comarca en los talleres de apicultura que de vez en cuando se organizan en Boal: «Por eso tendríamos que empezar».