Robaín (San Tirso de Abres)
«Menuda vida que pasamos». Lo dice Francisco Bello, más conocido como Paco de Robaín, al recordar la dureza de la trayectoria vital que le ha tocado protagonizar. Paco nació en 1930, hace nada menos que setenta y nueve primaveras, una época en la que «no quedaba otra que trabajar». Y fue lo que hizo, a pesar de que le hubiera gustado estudiar y formarse. «Houbera sido traumatólogo, eso era lo que me reinaba a mín», explica.
Sin embargo, fue albeite, palabra en desuso referida a los curanderos que se ocupaban de resolver las lesiones de los animales y por extensión de sus propios vecinos. «Entre los animales y nosotros hay poca diferencia», bromea, «aunque los animales no se quejaban y las personas vaya como gritaban». El saber del albeite no está en los libros y se transmitía antaño de generación en generación aunque, confiesa, su saber se irá consigo. Sus hijos no heredaron su conocimiento óseo porque, dice, los tiempos son bien diferentes: «Ahora hay médicos y especialistas, ya no es importante saber arreglar los huesos».
Su abuelo y después su madre le enseñaron buena parte de lo que sabe. El resto lo aprendió con su ingenio y con la práctica. A veces lo llamaban para ayudar al sepulturero a exhumar algún cadáver del cementerio del pueblo y cuenta que aquello le servía para aprender y conocer más de cerca los huesos que luego reparaba con maestría. «Eso me valió mucho porque me daba la oportunidad de analizar y fijarme en los huesos, en sus uniones y en cosas que de otra forma no podía ver».
Cuando no era más que un chaval comenzó a reparar lesiones, primero en el ganado y después en los humanos. Dice que la clave está en «poner en su sitio el hueso, encajarlo tomando como modelo el del otro brazo o pierna». Un hueso suelda a las 48 horas, «bien o mal», dice Paco. Por eso es importante darse prisa y colocarlo antes de que eso ocurra. Otro de sus consejos es optar por el entablillado del hueso antes que recurrir al escayolado. Lo explica así: «La escayola debilita los tendones y luego es peor porque la rehabilitación es más lenta».
Dice Bello que antaño era fundamental calentar la zona con agua y sal porque ayudaba a que los tendones no se enfriaran y por tanto evitaba el dolor. Era la anestesia que imperaba en los pueblos hace más de medio siglo. Un ternero herniado, un burro con el cuello partido al que le fabricó una jaula especial en la que permaneció un mes hasta que se curó, un cabrito con la pierna rota... las lesiones eran muchas y frecuentes y Paco nunca se negó a nada cuando le pedían ayuda. Además, al igual que su abuelo, no cobraba nada. Aunque, dice, «la gente siempre te lo agradecía trayéndote regalos». Obsequios que en la mayor parte de las ocasiones eran culinarios.
Dice orgulloso que algún veterinario se quedó alucinado con sus inventos y que los hijos de un traumatólogo que veraneaba cerca del pueblo preferían sus remedios a la ciencia de su padre, pues «decían que lo de su padre iba muy lento». Por detalles así ya vale el esfuerzo. Especialmente, cuenta Paco, cuando se encuentra con gente a la que reparó alguna lesión y le agradecen el trabajo porque «dicen que quedaron perfectos».
Paco Bello compatibilizó su pasión por los misterios óseos con su trabajo en el campo como ganadero y agricultor. Tras la prestación del servicio militar en Valladolid -meses que recuerda con cariño pues fueron algo así como sus únicas vacaciones- regresó a la casa familiar de Robaín donde se casó con una vecina, Adelaida. «Iba a cortejarla en zuecos de madera, pero la tenía loca por mí», bromea Paco. Pero antes de casarse pasaron nueve largos años de noviazgo.
Juntos sacaron adelante la familia en una época en la que el trabajo del campo aún era rentable. Paco hace gala de esa enorme sabiduría que tienen los mayores, la que se aprende en la vida y con los años, para reflexionar sobre los tiempos que corren: «El mundo tira para adelante pero a la vez da vueltas y va a volver a haber mucha miseria». Las listas del paro y la situación de crisis parecen ratificar su augurio.
Y es que a Francisco le tocó trabajar de muy niño porque «en casa había mucha miseria». Tanta que el jornal diario se pagaba a tan sólo seis pesetas. «Pero lo peor es que un litro de aceite costaba cien pesetas y un kilo de trigo mil pesetas, así que calcula cuánto había que trabajar para comprarlos».
Junto a su mujer recuerda también anécdotas de la vida santirseña como aquellos años del esplendor de la pesca del salmón que hoy, por otro lado, vive momentos difíciles. Aunque a Paco nunca le atrajo demasiado la pesca, se acuerda de bajar al río a ver a Francisco Franco, que cada año pasaba una quincena en el municipio. «Lo veíamos desde el otro lado del río porque había una vigilancia tremenda y no te dejaban acercarte, pero él nos saludaba desde lejos», cuenta el matrimonio.
Dicen que cuando el caudillo visitaba tierras santirseñas se sabía perfectamente porque «una semana antes se llenaba esto de seguridad, había vigilancia por todas partes». Y después, durante su estancia, más de lo mismo. Ni siquiera se acercaba al pueblo ya que, relatan, le colocaban tiendas de campaña junto al río y allí pasaba los días.
Pero Paco no se acobarda y seguro de su sabiduría en materia de huesos dice que si a Franco se le hubiera roto algo y le hubieran pedido ayuda se hubiese atrevido sin dudarlo un segundo.
Infancia
Apenas fue a la escuela porque toda ayuda era necesaria en casa. Desde muy niño comenzó a trabajar como jornalero en el campo por salarios diarios de seis pesetas. Nació en una familia humilde de cinco hermanos.
Matrimonio
Se casó con Adelaida, una vecina de un pueblo cercano, tras nueve años de noviazgo. Juntos tuvieron dos hijos y sacaron adelante la casa familar de Robaín. Cuentan que se ganaban la vida sembrando trigo y maíz y atendiendo a cinco o seis vacas. «Sacabas al mes 5.000 o 6.000 pesetas que ya daban para arreglar la casa».
Albeite
Su verdadera pasión fueron los huesos que desde bien joven supo arreglar con maestría. Su abuelo le enseñó las primeras pautas y luego sólo, con la única ayuda de su ingenio, perfeccionó la técnica.