JORGE JARDÓN
He podido comprobar que un cementerio puede ser un lugar bellísimo y sosegador, en su recoleto silencio tan sólo interrumpido por el silbo del pájaro en lo alto del ciprés o por el rumor de una oración o el suspiro lastimero que se escapa casi sin darnos cuenta. Todo lo contrario de lo que ocurre con los cementerios de automóviles, que están hechos de materiales innobles y de sustancias que no se descomponen con eficacia para mezclarse con la tierra, sino que están allí sólo para mancillarla con crueldad. No es de extrañar que ni tan siquiera la lagartija se aventure a tomar el sol al amparo de un capó desvencijado ni el perezoso y calmo caracol quiera arrastrar su cuerpo por semejantes cochambres. Para mí, insisto, una de las expresiones más desafortunadas es la de cementerio de automóviles, porque creo que es una afrenta a los muertos llamar de esa manera a un lugar en donde no existe otra cosa que chatarra de desguace amontonada y sucia.