JORGE JARDÓN
Cuando se habla de la ingenuidad y el papanatismo de los pueblos me acuerdo siempre de lo que ocurría con una especie de santón de Navia que consiguió entrar como administrador de los bienes de un destacado propietario de Oviedo. Como ocurre tantas veces, cogió un protagonismo prestado y trascendió entre sus vecinos que era un hombre influyente, capaz de lograr sus recomendaciones. A él recurrían montones de padres con regalos de la aldea para que sus hijos consiguieran un buen destino en la mili o lograran una colocación en algún lugar. «Ya hablé con el señor, ahora hay que tener confianza y esperar», decía el falso agente, al tiempo que iba llenando su casa de regalos. Cuando se descubrió tamaño engaño ante el fracaso de las expectativas, el cínico embustero tuvo que acabar confesando que él no había engañado a nadie, ya que todas las recomendaciones las había llevado ante el Señor, pero en la iglesia.