Luarca, Ana M. SERRANO
Un hombre sencillo, tolerante y con una afición: la bioquímica. Así era Severo Ochoa según una de sus discípulas y compañera de trabajo, la también científica Margarita Salas. Un científico con ilusión por lo que hacía, riguroso, que compartía los secretos de sus descubrimientos con los demás, y que cuando le hablaron de la posibilidad de recibir otro Premio Nobel derrochó humildad. «Tengo uno y es bastante», dijo a quienes se lo propusieron, según Margarita Salas.
Salas, que también es valdesana e investigadora (como Severo Ochoa lo fue) clausuró ayer la Semana de la Ciencia de Luarca con una charla muy especial en el instituto luarqués, que no estuvo llena de conceptos científicos, sino de «sentimiento». En ella recordó sus vivencias con el bioquímico luarqués y trató de distinguir una vez más, y precisamente en Luarca, a un investigador español, asturiano y luarqués que «que ha sido referente para los estudiantes de ciencias de 3 o 4 generaciones».
Margarita Salas conoció al Premio Nobel luarqués en 1958 en una cena familiar a la que acudió el bioquímico y que tuvo lugar en Gijón. Y casi decidió su futuro al lado de Severo Ochoa, después una conferencia que éste pronunció y que Margarita Salas había escuchado con atención. «Entonces yo estudiaba tercero de Químicas, y me dijo que cuando llegara a Nueva York me enviaría un libro de biología. Lo cumplió». La investigadora valdesana hizo el doctorado en Madrid y se marchó a Nueva York con su marido, Eladio Viñuela. Ambos trabajaron durante tres años en los laboratorios en los que Severo Ochoa era jefe de departamento y allí Margarita Salas empezó a conocer a un «muy buen hombre».
«A mí y a Eladio nos puso en grupos distintos», recordó Margarita. «Y nos dijo: así aprendéis inglés. Yo pienso que lo que quería era que cada uno pudiera desarrollar su profesión». Y así fue. Salas sentó en Estados Unidos una base para ser profesional de la investigación. Allí se sintió respetada: «Aunque ahora parezca increíble, en España, en aquella época, todavía se pensaba que una mujer no podía dedicarse a investigar; pero Severo Ochoa me dio una oportunidad».
De aquellos tres años en el laboratorio del Premio Nobel guarda recuerdos «imborrables». Ochoa tenía especial interés por discutir con sus compañeros de trabajo cada una de las cosas que pasaban en el laboratorio. «Recuerdo los desayunos hablando de bioquímica y también que siempre pasaba a recogernos a las doce del mediodía, a la hora del almuerzo». Aquellos años en Estados Unidos pasaron rápido. Margarita Salas se quedó con tres palabras, inspiradas en el bioquímico: rigor, dedicación y entusiasmo. «Él estudió de laboratorio en laboratorio, quiso aprender al máximo de todos y sólo empujado por su mujer, Carmen de Albornoz, empezó a trabajar de forma independiente, por sí mismo, sin la sombra de otros científicos». Entonces, tenía 39 años.
En 1974 hubo un punto de inflexión en la trayectoria científica de Ochoa. Ese año dejó el departamento de bioquímica donde trabajaba en Nueva York y se dedicó sólo a la enseñanza. Las vistas estaban puestas en retornar a España, pero en el país no había dónde investigar: ni medios ni apenas investigadores. Y en 1975 nació el Centro de Biología Molecular. «Consiguió ayuda económica incluso de Estados Unidos».
En 1985 volvió definitivamente a España y concentró en Madrid, en el centro de biología del que fue impulsor, su trabajo. Y creó escuela. «Para este centro ha sido un ejemplo, un estímulo». Al bioquímico, también amante de la música clásica y de los restaurantes de buena comida, siempre la apasionó descubrir y conocer, por eso Margarita Salas lo recordó ayer como una persona «que siempre estaba dispuesta a atender a los que se acercaban a él». Por esa generosidad y por ser un símbolo para Valdés, su municipio no quiere olvidar su figura. Y la jornada de ayer, en el marco de la Semana de la Ciencia, se dedicó al Nobel.
Después de la ponencia sobre la vida de Severo Ochoa y como cada año, una comitiva encabezada por Margarita Salas, el alcalde de Valdés, Juan Fernández Pereiro, miembros de la familia de Ochoa y estudiantes del instituto de Luarca rindieron homenaje al Nobel con una ofrenda floral en su tumba, en el cementerio de Luarca. «Una vez alguien le preguntó a Severo cómo quería que se le recordara y él dijo: como un hombre tolerante y bueno. Y así le recordamos, como lo que era».
Patricia López y Alba Fernández recogieron ayer las becas «Carmen y Severo Ochoa» por lograr el mejor expediente al finalizar sus estudios en el centro, con un 9,9 y un 9,8 de nota media respectivamente. Las alumnas (en la foto) recibieron el diploma acreditativo de manos de la investigadora Margarita Salas en el salón de actos del instituto de Enseñanza Secundaria de Luarca, informa A. M. S.