Tapia de Casariego
«Nací en La Habana y crucé el océano con tan sólo cinco meses». Así empieza la historia de este profesor con raíces cubanas y boalesas que durante treinta años educó a generaciones de tapiegos en el Instituto de la villa. La mayoría guarda un grato recuerdo de él y aún hoy lo definen como un maestro excepcional.
El padre de José Antonio Rodríguez, conocido entre sus ex alumnos y vecinos como don Pepe, cruzó el gran charco y se enamoró de una chica boalesa a la que llevó a su patria. Pero cuenta el maestro que a su madre el clima cubano no le hizo bien y cayó enferma, motivo por el que el médico le recomendó regresar urgentemente a Asturias, donde la pareja se estableció.
Así que Pepe pasó su infancia en un pueblo del concejo de Boal llamado Carballal de Rozadas, de donde era su madre. Fue a la escuela lo que pudo y en cuanto fue posible sus padres lo enviaron a estudiar a Madrid. «Tenía pocas opciones, ya que no tenía el bachillerato, así que lo único que podía estudiar era algo en las escuelas técnicas». Se decidió por convertirse en perito agrícola.
Como había muchos alumnos y pocas plazas las pruebas de acceso eran complejas. A Pepe le costó dos años superarlas y dice que esto fue más difícil que la propia carrera, que duraba otros tres años. Por aquel entonces, en los años cuarenta, se estaba produciendo la revolución agraria, por lo que hacían falta peritos y todo el mundo quería su oportunidad, según relata el maestro.
El protagonista de esta historia recuerda sus años madrileños con añoranza, ya que «era joven y soltero». Y en eso estaba, disfrutando de la vida en la capital, cuando por casualidad se le abrieron las puertas de la docencia. Un conocido suyo le pidió como favor que viajara al instituto de Tapia a cubrir su plaza a un mes del fin de curso. «Me animó tanto que acepté, pero con la docencia yo no contaba». Dice que antaño los profesores cobraban muy poco, pero don Pepe hizo buenas migas con el director del centro, un valenciano al que planteó sus ideas para mejorar la finca agraria que el centro tenía en El Cabillón. Y así sin quererlo, pasó a engrosar la plantilla del centro tapiego.
Hay que aclarar que por aquel entonces el centro era un instituto laboral masculino cuyo objetivo principal era preparar a los jóvenes para convertirse en agricultores. «Pero se les daba una formación tan buena y tan completa en todo tipo de ámbitos que todos se acabaron marchando a otros sectores», puntualiza.
Don Pepe se ocupó de dar clase de agricultura, primero clases teóricas en las aulas y después las correspondientes prácticas en la finca. «Aquel espacio era de lo mejor de España y nos propusimos mejorarlo, roturando el monte y acondicionándolo». Don Pepe dice que siempre fue «un vocacional del campo», por lo que pasaba buena parte de sus horas libres trabajando en El Cabillón en compañía del capataz de la finca, al que piropea por su capacidad de trabajo.
También llegaron a comprar veinte vacas, tanto rubias asturianas como holadensas, y con ellas pusieron en marcha una explotación ganadera en toda regla. «Este espacio sirvió para ejemplarizar mucho porque el agricultor veía cosas nuevas que podía aplicar en sus propiedades y le sirvió para que se modernizara».
En la finca se hacían prácticas de casi todo: de siembra, de arado, de roturación, de poda, de injerto... Fue un centro modelo que finalmente acabaron cargándose los sucesivos cambios de gobierno y de directrices educativas. «Nos quedó pendiente el proyecto para hacer allí una especie de jardín botánico con diferentes especies y con aves acuáticas. Empezamos a hacerlo, pero se quedó a medias porque el gobierno decidió eliminar las prácticas y aquello sin gente se vino a menos», relata. Fue entonces cuando el Instituto laboral pasó a ser instituto de enseñanzas medias y don Pepe se convirtió en profesor de Ciencias Naturales, la asignatura que mejor encajaba con su perfil académico. No obstante, asegura que el proceso de cambio no le resultó traumático porque «siempre intenté buscarme la vida para estar enterado y al día de los temas».
Cuando podía, don Pepe iba a dormir a su casa boalesa y, si no, hacía noche en Tapia. Recuerda el frío que tiene pasado en su moto salvando la distancia desde casa al instituto. «Una vez llegó a helar 28 días seguidos, el primero esperó al último», rememora.
Respecto al alumnado, y pese a no tener vocación de docente, don Pepe se las arregló para lidiar con ellos como pudo. «Había de todo, desde los que querían aprender a los que iban para pasar el rato y molestaban», apunta. También dice que tuvo alumnos brillantes, con una extraordinaria capacidad, a los que premió con la preciada matrícula de honor. «En el aprobado nunca reparé, pero en la nota alta había que medir bien», apostilla.
Casi al final de su trayectoria académica consiguió don Pepe sacar la oposición y convertirse en catedrático. «Durante los años que impartí clase no salieron oposiciones y casi al final se retomaron y pude sacarla». Dice que en sus años como docente la mayor parte de los profesores se pasaban la vida como interinos por eso convertirse en catedrático fue todo un logro.
Y ahora, ya jubilado, don Pepe entretiene sus días cuidando de su nieta y atendiendo algunas fincas en las que sigue experimentando y haciendo «pequeños ensayos». «Esa es mi vocación», dice con firmeza.
Personal
Nació en La Habana en 1925 pero pasó su infancia en un pueblo del concejo de Boal. Se casó con Carmina, a la que conoció cuando daba clase en un pueblo del concejo boalés. Su mujer consiguió plaza de maestra en Tapia, donde ambos trabajaron y vivieron la mayor parte de su vida. Con ella tuvo dos hijos y una nieta. Actualmente viven a caballo entre Oviedo y Tapia.
Profesional
Estudió en Madrid la carrera de perito agrícola y por casualidad entró en el Instituto de Tapia como profesor de agricultura. Con el tiempo evolucionó a profesor de Ciencias Naturales y consiguió sacar la oposición. Ahora tiene varias fincas en Vegadeo y Boal donde se dedica a realizar pequeños ensayos y a disfrutar con la agricultura.