JORGE JARDÓN
Ayer me encontré a un compañero, dotado de un sentido común envidiable, que me espetó de repente: ¿a ti no te han hecho ninguna proposición para ir en alguna candidatura? Le dije que no, y entonces éste me dijo: «A mí tampoco. ¿No te parece que se ha hecho con nosotros una grave desconsideración?». Tenía parte de razón. Habíamos visto cómo otros vecinos y compañeros que rayan la estulticia eran cortejados sin descanso incluso con promesas de favores encubiertos. Es verdad que jugaba en nuestra contra el hecho de no mostrarnos sensibles a aceptar con sonrisa de obediencia normas de conducta discutibles o rechazables. Al final nos consolamos conviniendo que se nos trataba con consideración ante la creencia generalizada de que los tontos en política bullen a manta de Dios, viéndonos libres de ser empujados al pelotón de los torpes. Lo peor es que el fenómeno se repite con demasiada frecuencia en nuestros días.