JORGE JARDÓN
No recordaba un día de Reyes más triste en mi vida como el de este año. No sé si sería la lluvia y el frío del día, pero en toda la jornada no he visto un solo niño en la calle, lo que no es en absoluto normal si se tiene en cuenta que son ellos los protagonistas de la jornada. Hemos dado pasos atrás con los años o con los regalos, que son para las casas, porque requieren enchufes para su funcionamiento. Habremos mejorado la técnica de las cosas que pedimos, pero se ha perdido la ilusión y la alegría por el exceso de regalos. Cuando yo era pequeño, Reyes era una fiesta imborrable. El parque se llenaba de niños luciendo una bicicleta, un triciclo recién estrenado o simplemente un camión de madera tirado con una cuerda, y las niñas acudían en pleno con su muñeca recién acicalada en un vistoso cochecito. Y, la verdad, resultaba ingenuo, pero nadie nos puede hacer olvidar y revivir unos momentos que se nos han ido.