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Reencuentro en Tapia cincuenta años después

Los antiguos alumnos del instituto celebran el 13 de julio el cincuentenario de la sexta promoción del Bachillerato laboral

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Reencuentro en Tapia cincuenta años después
Reencuentro en Tapia cincuenta años después  
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Tapia de Casariego,


T. CASCUDO


Un reencuentro cincuenta años después. Este es el objetivo de la cita que el próximo 13 de julio tienen los antiguos alumnos del Instituto Marqués de Casariego de Tapia, de los años en los que se impartía aquí el Bachillerato Elemental Laboral por la modalidad agrícola-ganadera. La efeméride comenzó a celebrarse el año pasado, al cumplirse el 50 aniversario de la quinta promoción. Este año le toca el turno a la sexta, la que se formó en el centro tapiego entre 1957 y 1962.


La sexta promoción estaba formada por 14 alumnos y esta es la razón por la que el comité organizador abre la invitación a estudiantes de otras promociones, siempre que cursaran el Bachillerato Laboral o, lo que es lo mismo, que estudiaran en Tapia entre 1952 y finales de los años sesenta. De momento, ya cuentan con más de 100 inscritos para este singular cumpleaños.


El programa de la jornada se abrirá a las doce de la mañana del 13 de julio con una recepción en el auditorio tapiego. A la una y media se realizará un recorrido por las instalaciones del Instituto, que será, previsiblemente, uno de los momentos más emotivos del encuentro. Una hora más tarde se desplazarán a un restaurante para comer.


Aún es posible inscribirse llamando a los teléfonos 985 630 445, 630 460451 y 662 612635.


A los asistentes se les pide que lleven al encuentro cualquier foto o recuerdo de la época para compartir con el resto de compañeros. «El objetivo es rejuvenecer recordando aventuras. A veces empiezas a hablar de estas cosas y parece que sigues en pantalón corto», bromea José Antonio Méndez.


El 16 de septiembre de 1867 comenzaron a impartirse clases en el recién construido Instituto de Tapia, donado por Fernando Fernández Casariego, más conocido como Marqués de Casariego, quien, además, da nombre al centro. En 1901 se clausuró el Instituto hasta 1904, fecha en la que volvió a convertirse en centro educativo con la llegada de los padres agustinos. Lo denominaron colegio Santa Isabel y así operó hasta 1927. A continuación, tal y como recoge el libro «Historia del Instituto Marqués de Casariego 1867-2002», pasó por varios usos ajenos a la enseñanza: fue hospital, seminario menor y hasta lugar de acogida de colonias en verano.


Hasta el 20 de octubre de 1952 no se reanudaron las clases, después de casi veinticinco años de inactividad académica. Sesenta y cuatro alumnos estrenaron la primera promoción del centro como Instituto laboral. Y así funcionó durante más de una década hasta que, en el curso 1967-1968, empezó a impartirse el Bachillerato académico, que supuso la paulatina desaparición del laboral.


Los organizadores del reencuentro cuentan que el Instituto laboral abrió una puerta fundamental a los jóvenes de la comarca, antes obligados a marcharse a Cangas de Onís para estudiar. «Además, era un Bachiller laboral bastante rico, orientado a lo técnico, pero complementado con asignaturas interesantes. Aprendías mucho y salíamos del Instituto con una idea más clara de lo que salen hoy», relatan. Había clases prácticas, como mecánica, carpintería y electricidad, y los jóvenes, que entraban a los 10 años, salían «sabiendo hacer cosas».


Los ex alumnos rememoran años duros y se consideran afortunados por haber podido estudiar en el centro. Casi todos los estudiantes se desplazaban a pie o en bicicleta; por eso había una sala especialmente pensada para guardar las bicis. A las nueve era obligatorio formar en el patio y rezar unas oraciones antes de dirigirse a las aulas por estricto orden de llamada. Los cambios de clase se marcaban con el toque de campana y cuando el profesor pasaba lista había que decir aquello de «Servidor de usted». Los jóvenes se formaban bajo una férrea disciplina, en un sistema muy marcado por la religión y la política.


Guardan gratos recuerdos de algunos de sus profesores, como Juan José Carrasco, Antonio López «Milín», Socorro J. Rodríguez («Socorrito la de francés») y Pedro Floriano. También del conserje Francisco Salamanca. Otro personaje de aquella época era un militar al que llamaban «Manolo el soldado», que se encargaba del observatorio metereológico que Aviación Civil tenía en el Instituto. Entre estas vivencias se se fue formando una generación de jóvenes que hoy disfrutan como jubilados de sus recuerdos de juventud.

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